Entrar Via

La esposa invisible romance Capítulo 30

Cassian llegó a las seis y cuarto en punto. Llevaba camisa blanca, abierta en el cuello, y el abrigo oscuro colgado del brazo.

El pelo algo revuelto, el gesto algo más relajado que por la mañana. Y esa forma suya de entrar como si no necesitara permiso. No por arrogancia. Por costumbre. Como si estar allí, conmigo, ya fuese un lugar al que él también pertenecía.

—¿Lista? —preguntó, y alzó una ceja mientras me miraba de arriba abajo.

Yo llevaba un vestido negro sencillo, con medias tupidas y botines.

Nada llamativo. Pero cuando sus ojos se detuvieron en los míos, supe que bastaba.

—Más que lista —respondí.

Él se acercó con una sonrisa y, sin decir nada más, me ofreció su brazo.

—¿Y ahora sí? —pregunté mientras bajábamos las escaleras.

—¿Ahora qué?

—¿Esto es una cita?

Cassian fingió pensar un segundo.

—Digamos que esta vez es oficial. No hay excusas. No hay platos que lavar ni sofás de por medio.

—Perfecto —dije, mordiéndome el labio.

El restaurante era pequeño, elegante sin ostentación. Luces bajas, música francesa suave de fondo, y un ventanal que dejaba ver cómo la ciudad empezaba a encenderse como si respirara en luces.

Nos sentamos cerca de la ventana y el pidió vino tinto y me dejó elegir el plato. Todo era tan fácil con él, tan libre de tensión, de expectativa.

Mientras esperábamos la comida, hablamos de nosotros. Pero de los "nosotros" que todavía no conocíamos.

—¿Siempre quisiste trabajar en estrategia? —le pregunté.

—No. En realidad quería ser pianista. O chef. O escritor de novelas malas. Pero descubrí que tengo una mente matemática… y un corazón terco. Así que entré en la consultora y me prometí que, si un día lograba que funcionara, usaría lo que ganara para ayudar a personas que lo necesitaban. Personas como tú.

—¿Personas rotas?

Él negó.

—Personas en pausa. Personas que no sabían que podían elegir. Y tú… tú elegiste. Eso lo cambió todo.

Bajé la mirada, no por vergüenza, sino porque aún no sabía cómo sostener tanto bien junto.

—¿Y tú? —preguntó de pronto—. Si no hubieras estado atada a todo aquello, ¿qué te habría gustado ser?

Tardé en responder. No porque no lo supiera.

Sino porque era la primera vez que alguien me lo preguntaba sin esperar una respuesta útil.

—Editora de libros. Esos libros de autoras desconocidas. Pequeñas joyas escondidas.

—¿Y por qué no ahora?

—Tal vez… ya no es tan imposible.

Después de cenar, caminamos por las calles heladas. Cassian me ofreció su abrigo y, aunque al principio dije que no, al final acepté. No por frío. Por ternura.

Pasamos por una plaza casi vacía. Un músico callejero tocaba jazz con un saxo.

Nos detuvimos.

—¿Bailas? —preguntó él.

—¿Aquí?

—¿Por qué no?

Cassian me tomó de la cintura y empezó a moverse despacio, sin ritmo claro, sin estilo.

Solo… bailando conmigo.

Yo me reí al principio, pero luego cerré los ojos y me dejé llevar.

El viento era frío. Su mano era cálida. Y me sentí como si el tiempo me estuviera devolviendo algo que me debía.

Cuando volvimos al apartamento, yo no quería que la noche terminara.

Ni él. Lo sabía por la forma en que al cerrar la puerta, no se soltó de mi mano.

Fuimos a la cocina. Tomamos agua. Hablamos un poco más. Pero el cansancio se asomaba en sus ojos. Y también el deseo de no irse.

—¿Vuelves al sofá? —pregunté con una sonrisa.

—¿Tú qué crees?

—Creo que el sofá te echará de menos.

Él se rió.

—Y yo a ti, si no me invitas a dormir contigo otra vez.

No respondí. Solo tomé su mano y lo guié al dormitorio.

Esa noche no hablamos mucho. Solo nos metimos en la cama. Esta vez, sin la timidez de la noche anterior. Él me abrazó desde atrás. Yo busqué sus dedos bajo la sábana. Y cuando apagué la luz, le susurré:

—Cassian.

—¿Sí?

—Gracias por llevarme a una cita… que no parecía una actuación.

La noche avanzaba despacio. La ciudad dormía afuera, pero en el interior del apartamento, las luces estaban apagadas y el silencio se sentía cálido, casi sagrado.

Cassian y yo estábamos acostados, uno junto al otro, con los corazones latiendo tan cerca que el mundo parecía reducido a ese espacio entre nuestras respiraciones.

No podía dormir. No por incomodidad. Por algo que había quedado en el aire desde que me trajo de vuelta. Algo que no me había atrevido a preguntar hasta ahora.

—Cassian —dije en voz baja, rompiendo la quietud.

—Hmm —respondió, apenas consciente.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Siempre.

Me giré un poco para mirarlo. Él abrió los ojos y se acomodó en la almohada, centrando su atención en mí.

Estaba serio. No tenso. Solo alerta, como si algo en mí le dijera que esta vez la pregunta era diferente.

—¿Por qué me ayudaste?

Su rostro se mantuvo neutro por un instante. Pero sus ojos… sus ojos se oscurecieron con algo que no supe nombrar de inmediato.

Dolor. Memoria. Ausencia, no lo sé.

Suspiró.

No como quien se prepara para hablar, sino como quien se permite sentir antes de hacerlo.

—No fue porque me lo pidieras —dijo, por fin—. Ni porque fueras especial, aunque lo eras.

Fue porque me recordaste a alguien.

—¿A quién?

—A mi hermana.

Me quedé en silencio. Cassian nunca hablaba de su familia. Nunca había mencionado hermanos. Y sin embargo, en ese momento, su voz tenía una gravedad nueva.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa invisible