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La esposa invisible romance Capítulo 40

El vapor llenaba el baño. El agua corría, tibia, relajante, mientras yo me enjuagaba el cabello y Cassian me rodeaba por detrás, sin intención de lavarse realmente.

—¿Sabías que esta ducha no es lo suficientemente grande para dos personas si una de ellas insiste en estar pegada como una lapa? —pregunté, sonriendo mientras me giraba un poco.

—Lo sé —respondió con la voz aún rasposa, acariciándome el vientre con ambas manos—. Pero me rehúso a perder el contacto físico contigo antes del desayuno.

Reí. Él hundió la cabeza en el hueco de mi cuello y besó la piel húmeda, justo bajo la oreja.

—Además —añadió, bajando las manos lentamente por mis costados—, técnicamente tú eres el desayuno.

—Vas a dejarme sin energía —murmuré, riendo, apoyando la espalda en su pecho.

—Entonces tendré que darte fruta. O pan tostado. ¿Te gustan los huevos revueltos? Porque si me das cinco minutos…

—Cassian.

—¿Sí?

—No hace falta cocinar. Solo quédate así un poco más.

Él no respondió. Solo me sostuvo. En silencio. El agua resbalando por nuestros cuerpos. Su respiración tranquila en mi oído.

Y ahí, bajo la lluvia tibia, con sus brazos alrededor de mí, no pensé en papeles, ni en citas, ni en divorcios pendientes. Solo en lo bien que se sentía la vida cuando alguien te amaba así: sin ruido, sin prisa, sin juicio.

—¿Sabes qué más hacía en las mañanas, además del café? —preguntó al rato, cuando el agua empezaba a enfriarse.

—¿Qué?

—Te miraba dormir. A veces ni me movía. Me quedaba ahí, medio erecto, completamente frustrado, solo observándote respirar.

Me giré para mirarlo, divertida.

—Eso suena un poco... intenso.

—¿Ah, sí? —dijo, alzando una ceja—. Espera que te cuente cómo me mordía el puño para no tocarte.

Solté una carcajada.

—¡Cassian!

—Te juro que no sabía si quería café o llorar.

—¿Y ahora?

Él me acarició la mejilla con el dorso de la mano, serio de pronto.

—Ahora quiero quedarme. Desayunar contigo. Repetir lo de anoche mil veces. Y convencerte de que no estás sola en esto. Que todo lo difícil que venga… no lo vas a enfrentar sin mí.

Lo besé. Con lentitud. Con gratitud. Con todo lo que no podía decir con palabras.

Y salimos de la ducha riendo, envueltos en toallas, con el corazón más liviano y la promesa tácita de que, al menos en ese cuarto de hotel, el mundo podía esperar.

Cassian se sentó en el borde de la cama, ya vestido, secándose el cabello con una toalla. Yo me abrochaba la blusa frente al espejo cuando me habló:

—¿Qué quieres hacer hoy? —preguntó, con ese tono suyo que sonaba a libertad. A “elige tú, yo voy donde vayas tú”—. El vuelo sale esta noche. Tenemos el día entero.

Lo miré por el reflejo. Sabía lo que quería. No era algo agradable. No era un paseo ni una cita. Pero era necesario.

—Quiero despedirme de mi familia —dije en voz baja.

Cassian se quedó quieto. Dejó caer la toalla sobre sus rodillas.

—¿Estás segura?

—Sí. No quiero irme de esta ciudad sin cerrar esa puerta.

Él asintió lentamente. Se puso de pie. Buscó las llaves del auto alquilado.

—Te acompaño.

—Cassian…

Me acerqué. Le tomé la mano.

—Quiero que vengas, sí. Pero… necesito entrar sola. Quiero hacerlo sola.

Él frunció el ceño.

—¿No te parece que es un poco… arriesgado?

—No me van a matar —intenté bromear. Fallé.

—No, pero pueden herirte. Más de lo que ya lo hicieron.

—Lo sé. Pero si estás ahí dentro, puede que no pueda sostenerme.

Nos miramos. Hubo un momento de duda en sus ojos, de puro instinto protector. Pero al final, asintió.

—Me quedo en el auto. Pero si algo pasa… si no sales en quince minutos, entro. Y me da igual cuántas porcelanas tenga que romper tu madre.

Le sonreí con ternura, por dentro y por fuera.

—Gracias.

La casa se alzaba igual que siempre. Inmensa. Fría. Demasiado blanca.

Toqué el timbre y esperé con las manos húmedas. El corazón, en la garganta.

Fue Rosa, la sirvienta, quien abrió. Me miró como se mira a un fantasma, con una mezcla de lástima y miedo.

—Señorita Olivia…

—Hola, Rosa. ¿Está mi madre?

—Sí… pero no sé si…

—Solo quiero hablar con ella. Un minuto.

Ella asintió, aunque su expresión decía esto no va a terminar bien. Me hizo pasar. El salón seguía impecable, como si nadie viviera realmente ahí. Como si solo fuera una escenografía.

Esperé de pie. Los tacones de mi madre sonaron antes de verla. Y cuando apareció en la puerta, el silencio se quebró como vidrio estrellado.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a despedirme —respondí, firme, aunque por dentro todo en mí temblaba.

—Te dije que no volvieras.

—Lo sé. Pero igual vine.

No me dio tiempo a más.

La cachetada fue seca. Crujiente. Me giró el rostro.

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