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La esposa invisible romance Capítulo 46

El miércoles amaneció con el cielo completamente despejado, pero no fue un presagio de nada. En la oficina, el clima era otro: presión, correos urgentes, análisis de último minuto. Danvers esperaba nuestra propuesta revisada antes del mediodía y todo el equipo estaba al límite.

Yo había llegado temprano, como siempre, con mi café en mano y la cabeza llena de cifras. Revisé una y otra vez los escenarios del modelo operativo que habíamos trabajado el día anterior. Juliette me pidió que preparara una versión con los datos comparativos entre el modelo actual y la propuesta optimizada, para incluirla en el apéndice final.

Era una tarea minuciosa, pero no especialmente compleja. Aun así, entre los ajustes de último minuto, las prisas y las revisiones de diseño, algo se me pasó: una celda vinculada mal en la tabla de impacto financiero. Un detalle minúsculo. Un pequeño error… que alteraba por completo la proyección del EBITDA en uno de los escenarios.

Lo descubrimos en medio de la presentación.

Cassian estaba de pie, proyectando el documento al equipo y preparando los puntos principales que él mismo compartiría con Danvers en menos de una hora. Cuando llegó a la sección de impactos financieros, se detuvo en seco.

—Un momento —dijo, entrecerrando los ojos—. Esto no puede estar bien.

Mi estómago se encogió.

Se acercó más a la pantalla. Comparó con los documentos previos. Y entonces lo notó.

—¿Quién preparó esta sección?

Silencio.

Tragué saliva.

—Yo —dije con voz firme, aunque sentí que el aire se me iba.

Cassian giró hacia mí.

—¿Revisaste las fórmulas? ¿Verificaste los enlaces entre hojas?

—Sí… creí que todo estaba vinculado correctamente. Debió pasar cuando cambiamos el orden de las pestañas...

—¿Creíste? —repitió, alzando la voz—. ¿Estás diciendo que “creíste” que los datos estaban bien? Este informe va al CEO de Danvers, Olivia. ¡Esto no es una práctica de universidad!

El tono fue como un látigo. Firme. Público.

Sentí cómo las miradas se clavaban en mí, una a una. Nadie dijo nada. Nadie se movió. El silencio dolía más que las palabras.

Juliette me miró desde la otra esquina de la sala, pero no intervino.

—Lo arreglo ahora —respondí, recogiendo mis papeles sin mirarlo.

—Hazlo —dijo él, aún sin bajar la voz—. Y hazlo bien.

Salí de la sala con las mejillas encendidas. No lloré. No aún. Me metí en una sala pequeña de reuniones y abrí la laptop con manos temblorosas. Revisé la tabla. Efectivamente: el error era mío. Una celda. Una maldita celda.

Respiré hondo, lo corregí todo y envié la nueva versión a Juliette y a Cassian en menos de veinte minutos. No agregué ningún comentario. Solo el archivo. Limpio, sin errores.

Minutos después, Juliette respondió: “Recibido. Gracias.”

La mañana pasó en automático. Ni Cassian ni yo nos cruzamos hasta después del almuerzo. Cuando lo vi salir de una reunión, se detuvo un momento al verme junto a la cafetera.

Se acercó, mirándome con una mezcla de cansancio y algo más difícil de descifrar. Culpa, tal vez.

—¿Podemos hablar? —preguntó en voz baja.

Asentí. Lo seguí hasta su oficina. Cerró la puerta y se quedó de pie, mirándome sin decir nada por unos segundos.

—No debí gritarte —dijo al fin.

Me crucé de brazos.

—No.

—Estaba molesto. No solo por el error, sino por lo que podría haber significado. Pero no fue justo hacerlo frente a todos. Fue desproporcionado. Y fue… cruel.

—Fue innecesario —respondí, sin suavizarlo—. Podrías haberme llamado aparte. Podrías haber esperado. Pero elegiste hacerlo ahí, delante de todo el equipo. Y yo no soy solo tu asistente. Soy tu pareja. La persona que se sienta frente a ti cada noche en casa.

Bajó la mirada. El peso de mis palabras lo tocó.

—Lo sé. Y estoy tratando de encontrar ese equilibrio. Pero no lo estoy logrando muy bien, ¿no?

—Cassian, si no puedes separar lo profesional de lo personal, esta relación no va a sobrevivir. No puedo ser la que carga con todo mientras tú decides cuándo eres el jefe y cuándo eres el hombre con el que comparto la vida.

Se acercó y me tomó las manos, despacio, como si tuviera miedo de que lo rechazara.

—No quiero perderte por esto. Te lo juro.

—Entonces no me pongas en la posición de tener que elegir.

Nos quedamos en silencio un momento. Luego asentí, suavemente.

—Ahora tengo que volver al trabajo.

Me dejó ir. Y por primera vez desde que llegué a la consultora, sentí que todo pendía de un hilo muy fino.

Cuando terminé de revisar los últimos entregables del día, mis ojos ardían por el cansancio y el nudo en el estómago seguía ahí, como un recordatorio constante de la mañana. No habíamos vuelto a cruzar palabra, y aunque parte de mí esperaba que Cassian apareciera en cualquier momento para suavizar lo ocurrido… no lo hizo. Su silencio, esta vez, dolía más que sus palabras.

Faltando diez minutos para las siete, Alex apareció por detrás de mi escritorio, con una sonrisa torcida y dos cafés en mano.

—Tú necesitas algo más fuerte que esto, pero… empecemos por lo básico —dijo tendiéndome café.

Tomé la taza sin preguntar.

—Gracias.

—Alana está esperando abajo. Dice que hoy no te vas directo a casa —me guiñó un ojo.

—No estoy de humor para…

—Exacto. Por eso mismo vamos.

Suspiré.

Juliette se unió a nosotros mientras guardaba su laptop en el bolso. Vestía su habitual blazer perfectamente estructurado, aunque por primera vez le noté el gesto suave de alguien que comprendía sin preguntar.

—No lo hizo bien —dijo sin rodeos, refiriéndose a Cassian—. Y sí, se nota que lo sabe. Pero no vamos a dejar que ese momento defina tu semana. Vamos.

No discutí.

Bajamos juntos y caminamos hasta un bar discreto a pocas calles de la oficina. Uno de esos lugares con iluminación cálida, música suave y mesas pequeñas que invitan a olvidar por un rato quién eres de nueve a seis.

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