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La esposa invisible romance Capítulo 51

Desperté con la sensación de seguir flotando. La luz entraba suavemente por las cortinas entreabiertas del ático, y durante unos segundos, no recordé dónde estaba. O mejor dicho, no me hizo falta recordarlo. Sabía que estaba en casa.

Cassian seguía dormido a mi lado, una de sus manos sobre mi cintura, su respiración pausada, tranquila, ajena al caos que usualmente lo rodeaba. Lo observé en silencio, memorizando la curva de su mandíbula relajada, el leve ceño que todavía fruncía incluso al dormir, como si en sus sueños también discutiera con alguien.

Acaricié su brazo con la yema de los dedos, sin intención de despertarlo. Solo quería quedarme ahí, un poco más, en ese estado suspendido donde nada dolía y todo parecía posible.

Pero él abrió los ojos, como si hubiera sentido mi mirada.

—¿Llevas mucho tiempo despierta? —preguntó, con voz ronca.

Negué suavemente, sin moverme demasiado.

—Lo justo para convencerme de que no lo soñé.

Cassian sonrió, lento, todavía entre el sueño y la vigilia.

—No lo soñaste. Aunque si quieres, puedo repetirlo para que estés segura.

Me reí en voz baja, y él me acercó con un gesto perezoso. Sus labios rozaron mi clavícula, y por un momento, el tiempo pareció detenerse de nuevo.

Después, nos quedamos en silencio. Pero no uno incómodo. Era ese tipo de silencio donde no hace falta decir nada porque todo está dicho.

Cuando me levanté a preparar café, él apareció a los pocos minutos, aún descalzo, con una camiseta vieja que nunca le había visto antes. Se apoyó en la barra de la cocina y me miró como si todavía no terminara de entender cómo había llegado a ese momento.

Le tendí su taza, sonriendo.

Cassian dio un sorbo, pensativo. Luego dejó la taza sobre la barra y se acercó.

—¿Te sentiste bien compartiendo a tus amigos conmigo?

Me reí —Pero si tú los conoces mejor que yo.

—No de esa manera. Yo soy su jefe. Tú eres su amiga.

Cassian se apoyó en el borde de la barra, cerca, pero sin invadirme. Sus dedos jugueteaban con el asa de la taza. Había algo en su mirada que no era duda, pero sí una forma de cuidado. Como si no supiera todavía cuánto podía quedarse sin incomodar.

—Me pregunté si te sentiste expuesta —añadió—. Si te incomodó vernos ahí, tan… relajados. Tan distintos.

Lo observé con atención, intentando entender qué parte de todo eso lo inquietaba tanto.

—No me sentí expuesta —dije—. Me sentí… acompañada. Como si por fin el mundo no estuviera dividido entre “tú” y “yo”.

Cassian bajó la mirada, y por un segundo pensé que iba a decir algo que cambiaría el tono de la conversación. Pero en lugar de eso, estiró la mano y me rozó la mejilla con el dorso de los dedos.

—Nunca fui bueno en esto. En dejar entrar gente a mi vida. A mi espacio.

—Ya lo sé.

—Pero tú… —Hizo una pausa, como si las palabras no le salieran del todo—. Tú entraste igual. Sin golpear. Sin permiso. Solo estabas ahí, y de pronto todo lo demás dejó de ser tan importante.

No supe qué contestar. Me limité a dejar que sus palabras flotaran en la cocina, entre el aroma del café y la tibieza de la mañana.

—Anoche me sentí distinto —dijo, al fin—. No por lo que hicimos. Sino por cómo lo hicimos. Por cómo te vi mirarme después.

Asentí, conteniendo la emoción que amenazaba con subirme a los ojos.

—Yo también me sentí distinta. Como si, por una vez, no tuviera que estar explicándome. Como si… todo lo complicado se quedara fuera de esa cama.

Cassian me rodeó con los brazos desde atrás y apoyó la barbilla en mi hombro. Sentí su respiración cálida en mi cuello.

—¿Podemos quedarnos así un rato más? —murmuró.

—¿En la cocina?

—En esto. En lo que sea que sea esto.

Sonreí, cerrando los ojos por un segundo.

—Sí. Podemos.

Nos quedamos abrazados un instante más, hasta que el café se enfrió y el sol terminó de colarse entre las cortinas.

Y aunque el mundo no se detuvo afuera, dentro de ese ático, entre la taza a medio tomar, su camiseta vieja y mis pies descalzos sobre las baldosas frías, todo parecía lo suficientemente en paz como para no necesitar más.

—¿Estás segura de que no puedo inventar una excusa elegante? —le pregunté a Cassian mientras lo miraba desde el sofá, con la bata aún atada flojamente y la taza de café a medio terminar.

Él estaba abotonándose la camisa, lento, con ese aire de "sé exactamente lo que estoy haciendo" que lo acompañaba hasta para cerrar un botón.

—¿Desde cuándo te cuesta decir que no? —me preguntó, sin mirarme—. Además, es Alana. Le dijiste que querías acercarte a ella.

—Sí, pero no tan… intensamente. Me mandó un mensaje a las ocho diciendo: “Día de chicas, hoy, plan definitivo, sin opción de escape, te paso a buscar a las diez”.

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