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La esposa invisible romance Capítulo 53

La sala de reuniones estaba en silencio, salvo por el zumbido del proyector y el leve tecleo de Juliette tomando notas en su laptop. Cassian encabezaba la reunión con su habitual tono firme y analítico, señalando con el láser algunos gráficos en la pantalla.

—Y como pueden ver —dijo él, señalando un punto en la curva de crecimiento trimestral—, si el ritmo se mantiene así, podríamos alcanzar el objetivo proyectado para fin de año.

—Claro, Chef, pero ¿no deberíamos considerar también el impacto de la reestructuración del área comercial? —interrumpió Alana con total naturalidad, como si acabara de llamarlo “jefe” o “señor Longford”.

Un silencio cayó en la sala.

Cassian parpadeó. Juliette se atragantó con el café. Alex giró la cabeza con lentitud felina. Yo, por mi parte, clavé la vista en sus papeles con una tos falsa que no logró disimular mi risa.

—¿Perdón? —dijo Cassian, alzando una ceja.

—¿Qué? —respondió Alana, haciéndose la inocente—. Chef. ¿No es así como lo llaman en ciertos círculos exclusivos de... cocina doméstica?

Ya no pude contener la carcajada. Tuve que cubrirse la cara con la mano.

Cassian cerró los ojos por un segundo, como quien ruega paciencia al universo.

—¿Vamos a hacer esto cada reunión? —preguntó, resignado.

—Solo en las reuniones con aroma a romero y aceite de oliva —dijo Alana, guiñándole un ojo.

Juliette ya lloraba de la risa. Alex se rindió y aplaudió, como si aquello fuera parte de una obra teatral.

Cassian se volvió hacia mi, sin ocultar la sonrisa.

—No puedo creer que esto me esté pasando en mi propia junta.

—Deberías haber pensado en eso antes de cocinar en bóxers —murmuré, divertida.

Cassian suspiró y volvió a su presentación.

—Muy bien, equipo de trabajo, volvamos a los márgenes operativos, por favor. Y por amor a todo lo que es profesional... basta de apodos culinarios.

—Como diga, Chef —respondió Alana con una reverencia invisible.

Y así siguió la reunión, con estrategias, presupuestos y risas mal disimuladas, bajo la sombra permanente de una sartén, un torso desnudo y el apodo que definitivamente iba a quedarse para siempre.

Cuando la reunión terminó, salimos uno por uno de la sala, como si hubiéramos sobrevivido a una batalla campal entre hojas de cálculo y risas contenidas. Juliette aún sollozaba de vez en cuando, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano mientras hablaba con Alex sobre los entregables de fin de trimestre.

—¿Lo ves? —me dijo Alana en voz baja, caminando a mi lado—. Te dije que si lo llamaba Chef frente a todo el mundo, su alma de CEO implosionaría.

—Sí, pero no me dijiste que ibas a hacerlo justo en medio del gráfico de crecimiento proyectado —respondí, aún sonriendo.

—El timing lo es todo —sentenció ella con orgullo.

Cassian nos alcanzó unos pasos más adelante. Ya sin el puntero láser, pero con la misma compostura ejecutiva y un toque de ironía en la mirada.

—Espero que estén satisfechas con su comedia corporativa —dijo, ajustándose el reloj—. Acaban de debilitar mi autoridad frente a Alex, y eso no es poca cosa.

—Alex todavía te teme —le aseguró Alana—. Pero ahora también te respeta como Chef. Es una promoción simbólica, si lo piensas bien.

Cassian me miró, buscando complicidad.

—Yo no me meto —dije, levantando las manos—. Solo soy una humilde asistente junior. Estoy aquí por los márgenes operativos y el café.

—Ajá —replicó, con una sonrisa ladeada—. Muy diplomática, Olivia. Muy convincente.

Cuando nos detuvimos frente al ascensor, hubo un momento de pausa. No incómodo, solo... suspendido. Como si todos estuviéramos recalibrando lo que era normal después del espectáculo.

—¿Qué sigue para ti? —preguntó Cassian, con ese tono de quien ya conoce la respuesta pero igual quiere oírla de ti.

—Revisión de casos con Juliett a las cuatro —respondí, mirando la agenda en mi celular—. Y después, acompañarte a la cena con los inversionistas brasileños. Si todavía quieres que vaya.

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