El viernes por la tarde, Alana irrumpió en mi oficina con su energía habitual y una carpeta llena de papeles que claramente no pensaba revisar.
—Necesito cafeína o cometeré un crimen laboral —declaró—. Y tú necesitas aire. Tu cara grita “¡rescatadme, mortales!”.
—¿Tan obvia soy?
—Como un cartel de neón —respondió—. Vamos. Te invito un flat white y un croissant si prometes no hablar de contratos en la primera media hora.
Acepté. Me hacía bien salir, aunque fuera por un rato. Caminamos dos cuadras hasta una de esas cafeterías nuevas con sillas de terciopelo, plantas colgantes y playlists cuidadosamente tristes. Alana eligió la mesa junto a la ventana porque "la luz natural mejora el sabor del café".
Nos sentamos, pedimos, y cuando llegó mi capuchino, Alana me observó en silencio, con ese gesto que usaba cuando algo se le escapaba.
—¿Estás bien? —preguntó finalmente—. Y no me digas que sí con esa cara de estatua florentina.
—Estoy… procesando cosas. No es nada grave. Solo… piezas que se recolocan.
—¿Cassian?
—No esta vez —respondí con una sonrisa leve—. En realidad, estoy bien con él. Mejor que nunca.
—Entonces el problema no es el presente. Es el archivo.
Me reí. Esa era Alana. A veces sentía que podría destripar mi psique con la misma precisión con la que ajustaba fórmulas en Excel.
—Algo así —dije, bajando la mirada hacia mi taza—. A veces el pasado toca la puerta, y una no sabe si debe abrir o fingir que no está.
—Yo siempre finjo. Salvo que el pasado tenga abdominales —bromeó, y ambas reímos.
Estábamos en ese momento de relax, casi ridículo, cuando sonó la campana de de la puerta. Alguien entró, pero ni siquiera me fijé en quien.
—Wow —dijo en voz baja, inclinándose hacia mí sin disimulo—. El del abrigo. Nivel "villano elegante de película cara". ¿Boston siempre fue así de generosa y yo no lo noté?
Giré apenas la cabeza. Y lo vi. Era Günter.
El corazón me dio un salto tan fuerte que por un segundo creí que se me notaría en la piel. Llevaba el mismo aire distante, contenido. Pero sus ojos me encontraron casi al instante. Y ahí estaba: esa chispa breve, casi imperceptible, de reconocimiento.
—Hola, Olivia —dijo, con una sonrisa cortés, como si simplemente nos hubiéramos cruzado en un cóctel diplomático y no cargáramos la historia que cargábamos.
Alana me miró, luego a él, y después volvió a mirarme, curiosa.
—Hola —respondí, con esfuerzo—. No esperaba verte por aquí.
—Yo tampoco. Solo vine por café —dijo, levantando ligeramente el vaso de cartón que acababa de recibir—. Me alegra verte bien.
Asentí. No había nada más que decir sin decir demasiado.
—Bueno… que disfrutes tu tarde —agregó, y con una última mirada, se giró y salió del local.
Alana esperó unos segundos. Luego me clavó los ojos como si yo acabara de revelarle un misterio de la realeza.
—¿Amigo tuyo?
—No exactamente —dije, tomando un sorbo de café para disimular el temblor en mis manos.
—¿Ex algo?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa invisible