Entrar Via

La esposa invisible romance Capítulo 56

Cuando Alana se fue, Cassian volvió con el ceño fruncido, la mandíbula apretada y los ojos llenos de una furia contenida que me hizo retroceder.

—¿Por qué no me dijiste que Günter estuvo en la cafetería? —me espetó, su voz cortante y cargada de reproche—. ¿Querías ocultarlo?

Me mantuve firme, aunque el nudo en el pecho crecía.

—No fue nada, Cassian. Solo me saludó. No fue relevante, por eso no te lo conté.

—¿No fue relevante? —repitió, incrédulo—. ¡Es Günter! ¿Y tú decides que no importa y me lo escondes?

—No quise abrir esa puerta —le respondí, tratando de mantener la calma—. No quería revivir algo que ya dejé atrás.

—¿Entonces qué soy yo para ti? ¿Un simple espectador al que le ocultas todo? —me lanzó, con la voz elevándose—. ¡Esto no es confianza, Olivia!

El silencio se hizo denso, cortante.

—No todo lo que me pasa tiene que ser asunto tuyo —le dije, sin poder evitar que mi voz se quebrara.

—Pero soy tu pareja, Olivia. ¡Tu compañero! Y merezco que confíes en mí —me replicó con el rostro rojo por la rabia.

No respondí. Él me lanzó una última mirada cargada de decepción y frustración, giró sobre sus talones y se dirigió al baño.

Escuché el agua correr mientras Cassian se duchaba. Luego, un silencio frío. Se vistió rápido, sin una palabra más, dejó las llaves sobre la mesa y salió sin mirar atrás.

Me quedé sola en el ático, con la sensación de que algo se había roto sin remedio.

La puerta del ático se cerró con un suave clic que retumbó en el silencio. Me había quedado sentada en el sofá, con las luces tenues, fingiendo leer un libro que no podía concentrarme en seguir. Cuando lo vi entrar, sentí que el aire se tensaba de nuevo.

No dijo nada al principio. Se quitó el abrigo con movimientos lentos, casi medidos. No parecía enojado. No como antes. Pero esa calma no me tranquilizó. A veces, la rabia más peligrosa era la que venía después del estallido.

Caminó hacia la cocina, sirvió un vaso de agua. Bebió. Me observó por encima del borde del vaso.

—¿Te vio incómoda? —preguntó, sin rodeos.

Fruncí el ceño, confundida.

—¿Quién?

—Günter —dijo su nombre como si le supiera amargo—. ¿Te notó incómoda cuando te habló?

Me tomó un segundo responder.

—Sí. Claro que sí. Lo mantuve a distancia.

Cassian se apoyó en la isla de la cocina, el vaso todavía entre sus dedos. Bajó la mirada, apretando la mandíbula.

—¿Y aun así se acercó?

Asentí en silencio. Él rió sin humor, negando con la cabeza.

—Nunca ha sabido cuándo detenerse.

No supe si hablaba de Günter… o de sí mismo.

—No me gusta lo que me hace sentir —admitió, sin mirarme aún—. No me gusta perder el control. Pensar en él cerca de ti, en que tú puedas... no sé… dudar por un segundo de lo nuestro.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa invisible