Entrar Via

La esposa invisible romance Capítulo 57

Nos quedamos en silencio un momento más, con la frente apoyada, respirando el mismo aire como si eso pudiera calmarnos.

Y entonces, en voz muy baja, casi rota, él preguntó:

—¿Y por mí… qué sientes?

Sentí que se me encogía el estómago.

No era una pregunta para la que tuviera una respuesta simple. No con todo lo que había pasado. No con la manera en que el pasado seguía respirándome en la nuca.

Le tomé la mano. La apreté con fuerza.

—Cassian… no quiero mentirte.

Lo vi cerrar los ojos, como preparándose para un golpe. Pero no lo solté.

—No sé si te amo —le dije, sin rodeos—. Todavía no. No estoy lista para usar esa palabra de nuevo. La usé tan mal antes… la desgasté. Me la arranqué a mí misma para dársela a alguien que no la merecía.

Él asintió, tragando saliva. No dijo nada.

—Pero sí sé que te quiero —añadí, sin soltar su mano—. Mucho. Que pienso en ti cuando me pasa algo bueno, y también cuando todo se cae a pedazos. Que me importas más de lo que me permito admitir la mayoría de los días. Y eso es real, Cassian. Lo que siento por ti es real. Aunque todavía esté aprendiendo a nombrarlo.

Él abrió los ojos. Y en lugar de apartarse, me envolvió en un abrazo.

—Gracias por no mentirme —murmuró, con la voz ahogada—. Aunque duela un poco, prefiero esto. Prefiero la verdad, aunque sea incierta.

Nos abrazamos así, sin más palabras. Con todo el miedo y la ternura acumulados en el pecho.

No sabíamos si lo nuestro iba a durar para siempre.

Pero por primera vez, sentíamos que estábamos empezando bien.

A la mañana siguiente, me desperté con el olor a café recién hecho.

La luz se filtraba por las cortinas, cálida y suave. Me levanté sin hacer ruido, aún con la sensación de que la noche anterior había dejado cicatrices, pero también una especie de tregua.

Caminé descalza hasta la cocina.

Cassian estaba allí, de espaldas, con una taza en una mano y la cafetera humeando en la otra. Llevaba una camiseta gris arrugada y el cabello alborotado, como si apenas hubiera dormido.

Me quedé un segundo observándolo. El mismo hombre que anoche me había preguntado si todavía amaba a otro. Que me había escuchado decir que no sabía amar todavía, pero que lo quería. Y aun así, ahí estaba. Haciendo café para los dos.

Me acerqué despacio y lo abracé por la espalda, rodeándolo con los brazos. Apoyé la mejilla contra sus omóplatos. Él se quedó quieto un instante, y después dejó la taza sobre la encimera y llevó sus manos hasta las mías, entrelazándolas.

—Buenos días —murmuré.

—¿Seguro? —bromeó, sin moverse.

—No prometo que será un gran día. Pero… sí, es un buen comienzo.

Cassian giró apenas el rostro hacia mí.

—¿Café con leche?

Asentí contra su espalda. Él soltó una risita leve, sin sarcasmo. La risa de alguien que ha llorado mucho y de pronto se acuerda de cómo se reía antes.

Me soltó solo para servirme.

Y entonces lo supe:

No todo estaba bien todavía. Pero estábamos juntos. Y eso, por ahora, era todo lo que necesitábamos.

Desayunamos juntos en la barra de la cocina. Nada lujoso. Tostadas, fruta cortada, café. Lo observé mientras comía, como si fuera otra versión suya, más despojada del hombre que se ponía trajes caros y exigía precisión en todo. Cassian, en domingo, era más blando. No menos intenso, pero sí más accesible.

—¿Qué quieres hacer hoy? —le pregunté.

Él alzó una ceja.

—No tengo agenda. Literalmente. Ni una sola alarma en el teléfono.

—¿Caminamos un rato? ¿Salimos de este ático antes de que me fusione con el sillón?

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa invisible