Me desperté antes que él. El apartamento estaba en silencio, como si el fin de semana se resistiera a terminar.
Cassian seguía dormido a mi lado, con el ceño apenas fruncido y el cuerpo en una posición tensa, como si ni en sueños lograra soltarse del todo. Me quedé mirándolo unos minutos, tratando de leer en su rostro lo que no había dicho la noche anterior.
Cuando abrió los ojos, me sonrió, pero fue una sonrisa apagada. Casi automática.
—Buenos días —murmuró.
—Buenos días —le respondí, en voz baja.
Se sentó en la cama, pasó una mano por su rostro y luego se levantó sin decir nada más. Caminó hacia la cocina y puso a funcionar la cafetera, todo en silencio. No había sarcasmo, ni comentarios mordaces sobre el lunes. Solo movimientos medidos, lentos, como si le costara estar presente.
—¿Dormiste bien? —pregunté desde la puerta del cuarto, observándolo.
Cassian asintió sin mirarme.
—Sí.
Tomamos café juntos, pero el silencio se impuso. Él hojeaba el periódico desde su tablet, pero no pasaba de la primera página. Apenas tomaba su taza. Se notaba en otro lugar, encerrado en sus pensamientos.
—¿Estás bien? —insistí.
Esta vez no respondió. Solo dejó la taza sobre la barra, se levantó y caminó hacia el baño.
Escuché cómo cerraba la puerta y, segundos después, el sonido del agua de la ducha llenó el apartamento.
Me quedé allí, sola en la cocina, con las dos tazas de café entre nosotros, sintiendo que algo se le estaba desbordando por dentro… y que no sabía cómo alcanzarlo.
Cassian salió del baño sin decir nada. Se vistió rápido, con movimientos precisos y silenciosos. Cuando pasó junto a mí para tomar las llaves y su reloj, me besó la frente como siempre… pero fue un gesto automático. Ausente.
—Nos vemos esta noche —dijo, sin mirarme a los ojos.
Asentí. No lo detuve. Pero me dolió que ni siquiera me esperara. Tampoco me lo encontré en el trabajo. Su secretaria me dijo que se había encerrado desde temprano y le ordenó que nadie lo molestara.
Esa noche volvió tarde. Me dijo que la reunión se había alargado. Traía la misma expresión neutra del café de la mañana. Cenamos en el sofá. Vimos algo en la televisión. No me abrazó.
El martes fue igual. Y miércoles también.
Se despertaba antes que yo, se iba sin hacer ruido, regresaba al anochecer con una bolsa de comida para compartir, y luego volvía a hundirse en ese silencio suave que pesaba más que cualquier discusión.
No me ignoraba. No era cruel. No decía nada hiriente. Pero estaba lejos. Lejos de mí. De todo.
Yo lo observaba sin saber qué hacer. Sabía que no era conmigo. No exactamente. Era algo más profundo. Algo que no me dejaba tocar. Una tristeza que él no me confiaba.
Y aunque no decía nada, en sus gestos, la forma en que evitaba sostenerme la mirada, cómo se encerraba en el despacho más de la cuenta, cómo fingía que todo estaba bien, entendía que no lo estaba.
Esa noche, desde la cama, escuché cómo se duchaba en silencio por segunda vez ese día. Tardó mucho. Cuando salió, pensé que diría algo. Que se sentaría conmigo, que me diría qué sentía.
Pero solo se recostó, de espaldas, y apagó la lámpara sin pronunciar palabra.
El día siguiente, lo esperé despierta, aunque sabía que iba a volver tarde. La televisión estaba encendida sin sonido, y la taza de té que preparé para los dos se había enfriado.
Cuando escuché la llave girar en la cerradura, apagué la pantalla y me incorporé. Cassian entró en silencio, dejó las cosas en el aparador y colgó su abrigo con movimientos lentos. Tenía los hombros caídos, la mirada cansada. No parecía molesto. Solo… agotado.
—¿Cenaste? —pregunté en voz baja.
Asintió sin entusiasmo.

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