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La esposa invisible romance Capítulo 59

Ese lunes, Cassian se levantó temprano, pero no se encerró en el baño como los otros días. Se vistió sin prisa y, mientras se abotonaba la camisa frente al espejo, me miró a través del reflejo.

—Voy a ver a mi abuelo —dijo, con la voz más firme de lo que esperaba.

Lo observé, sorprendida, pero no quise cargar ese momento con demasiadas palabras. Asentí.

—¿Quieres que te acompañe?

Él dudó un segundo, luego negó suavemente con la cabeza.

—Quiero ir solo… pero gracias.

Lo vi salir del apartamento con pasos tranquilos, casi silenciosos, pero distintos. Ya no arrastraba los pies como si le pesara el mundo. No del todo.

Pasaron unas horas. No me llamó, pero no me inquieté. Me limité a esperarlo. Cuando regresó, al final de la tarde, traía en la cara algo que no le había visto en días: una sombra de alivio.

—¿Cómo está? —pregunté al recibirlo.

Cassian dejó las llaves, se quitó el abrigo y vino directo hacia mí. Me abrazó por la cintura, con fuerza, escondiendo el rostro en mi cuello.

—Viejo, testarudo y lúcido como siempre —murmuró, con una sonrisa pequeña—. Me hizo ver las cosas sin siquiera intentarlo.

No pedí detalles. Solo lo abracé de vuelta, en silencio.

Durante la cena, me habló un poco más. No mucho, pero lo suficiente: que su abuelo le recordó que todo pasa, que hay temporadas grises, y que lo importante no es entenderlas, sino atravesarlas.

Esa noche, después de cenar y recoger todo, nos quedamos en el sofá. No había televisión. No música. Solo la luz tenue del rincón y el sonido lejano de la ciudad, amortiguado por los ventanales.

Cassian tenía la cabeza recostada en mi pierna, los ojos cerrados, las manos entrelazadas sobre el pecho. Lo sentía más presente, más en paz… pero también más vulnerable. Como si estuviera a punto de abrir una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada.

—Hablar con mi abuelo me hizo bien —dijo finalmente, sin abrir los ojos—. No me dijo nada extraordinario. Solo me escuchó. Y en algún momento, sin que lo buscáramos, lo entendí.

Pasé mis dedos con suavidad por su cabello, sin interrumpirlo.

—Entendí qué me pasa cada año por estas fechas. Por qué se me va el ánimo sin que lo note, por qué todo pierde color… —Su voz se quebró apenas—. Es mi cuerpo el que lo recuerda. Aunque yo intente olvidarlo.

Se incorporó lentamente, hasta quedar sentado a mi lado, la espalda encorvada y los codos apoyados en las rodillas. Se frotó las manos como si tratara de entrar en calor.

—Mi hermana —dijo, sin rodeos—. Mañana es el aniversario de su muerte.

Me quedé quieta, conteniendo el aire.

—Nadie la encontró a tiempo —continuó—. Nadie supo lo suficiente, nadie escuchó lo suficiente. Ni siquiera yo. Vivíamos en ciudades distintas. Nos escribíamos, hablábamos de vez en cuando, y ella siempre decía que todo estaba bien. Que él era temperamental, sí, pero que la amaba. Que era un poco controlador, pero que estaba mejorando.

Tragó saliva. No me miraba. La voz le salía baja, pero firme.

—La mató a golpes. Fue tan brutal que no la reconocieron al principio. Yo la vi en la morgue. Fui yo quien la identificó. Y todavía me despierto algunas noches con su cara en la cabeza, con ese último mensaje que me dejó sin responder. “Cass, creo que esta vez es en serio. ¿Puedes llamarme?”

Hizo una pausa larga.

—La vi horas después de que lo mandara. Estaba en una reunión. Lo dejé pasar. Pensé que era otra de sus peleas. Pensé que hablaríamos al día siguiente.

Se frotó los ojos con los dedos. No lloraba, pero estaba al borde. Todo su cuerpo era tensión.

—Cada año, cuando se acerca esta fecha, algo en mí se apaga. Sin darme cuenta. No pienso en ella. No lo hago conscientemente. Pero mi cuerpo sí lo recuerda. Mi corazón también. Y me hundo sin saber por qué, hasta que alguien, como hoy mi abuelo, me lo recuerda.

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