Entrar Via

La esposa invisible romance Capítulo 60

No hablamos mucho en el camino de regreso. No hacía falta. Cassian tenía la mirada fija en el horizonte, una mano sobre mi muslo, como si necesitara asegurarse de que seguía allí. Yo lo dejé conducir en silencio, con el corazón aún encogido por lo que habíamos compartido esa mañana.

Cuando llegamos al apartamento, no quiso subir enseguida. Me pidió que lo acompañara a dar una vuelta. Caminamos por las calles más tranquilas de Back Bay, entre árboles que empezaban a vestirse de verano. El aire era suave, y por primera vez en semanas, sentí que algo dentro de él se había acomodado, como si al nombrar su herida, le hubiese quitado parte del poder que tenía sobre él.

—No me había dado cuenta de cuánto me dolía todavía —dijo en algún momento, con la vista perdida en un escaparate cerrado—. O tal vez sí, pero no quería aceptarlo. Pensé que si me mantenía ocupado, si seguía adelante, se iría solo.

Me detuve y lo miré.

—Pero no se va solo.

Él negó con la cabeza.

—No. Se esconde. Y desde ahí, te empieza a pudrir por dentro.

Nos sentamos en una banca al borde del río. Cassian cerró los ojos un momento, respiró hondo. Luego me miró.

—¿Sabes por qué le pusieron mi nombre?

Negué.

—Fue idea de mi madre —dijo, y por primera vez noté ternura al hablar de ella—. Yo tenía cuatro años. No entendía mucho. Solo recuerdo que pregunté si ahora éramos iguales. Y mi madre me contestó: “No. Ahora eres responsable de ella.”

—¿Y lo fuiste? —pregunté con cuidado.

Cassian sonrió sin alegría.

—Lo intenté. Aunque muchas veces, ella fue más responsable de mí que yo de ella. Era más valiente. Más libre. No tenía miedo de desobedecer. Yo sí. Yo nací para complacer. Ella, para desafiar.

Apoyé la cabeza en su hombro. Él me envolvió con su brazo y se quedó así, quieto.

—Tengo miedo de olvidar su voz —murmuró—. A veces la sueño, pero cuando despierto no recuerdo lo que decía. Solo la sensación de que estaba. Y eso me mata. Porque si la olvido, ¿quién más la va a recordar?

Me incorporé apenas para mirarlo a los ojos.

—Yo no la conocí, Cassian. Pero si tú me la cuentas, si me hablas de ella... yo puedo recordarla también. Aunque no sea lo mismo, aunque duela. Puedo ayudarte a que no se apague.

Él me miró largo rato. Después, asintió, despacio.

—Te habrías llevado bien con ella —dijo, con una sonrisa triste—. Habrías sido la única capaz de callarla. Y eso ya es mucho decir.

Reí bajito, sin romper la suavidad del momento.

Volvimos al apartamento cuando el sol empezaba a bajar. Había una calma nueva entre nosotros. Algo que no era alivio del todo, pero sí un pacto silencioso: el de mirar de frente lo que dolía. De no esconderlo más.

Esa noche, cocinamos juntos. Nada especial: pasta, ensalada, una copa de vino. Pero todo supo distinto. Porque ya no estábamos adivinándonos desde los bordes, sino compartiendo lo que había en el centro.

Mientras lavaba los platos, él se acercó por detrás y me abrazó por la cintura.

—Hay algo más que quiero hacer mañana —murmuró—. ¿Puedo pedirte que vengas conmigo?

—Claro —respondí, sin dudar—. ¿Qué es?

Él apoyó la barbilla en mi hombro.

—Quiero ir a ver a mi madre. No sé qué va a pasar. Pero… necesito intentarlo.

Me quedé quieta unos segundos.

—Voy contigo.

No hubo más que decir.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa invisible