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La esposa invisible romance Capítulo 61

Cassian no habló en todo el camino de regreso. Manejaba con la mandíbula tensa y la mirada perdida, como si aún escuchara la voz de su madre repitiendo aquella frase. “Ella no habría querido que hicieras eso.” Yo tampoco dije nada. No porque no supiera qué decir, sino porque sabía que no necesitaba palabras. A veces, lo único que alguien necesita es que no lo interrumpas mientras intenta no romperse.

Cuando llegamos al apartamento, no subimos enseguida. Nos quedamos en el coche, en silencio. Él con los ojos clavados en el parabrisas, yo con las manos entrelazadas en el regazo. Finalmente, fue él quien rompió la quietud.

—No entiende que me destruyó más verlos seguir como si nada.

—¿Quién? —pregunté.

—Mi madre. Mi padre. El resto. Todos ellos. —Tragó saliva con dificultad—. A veces creo que les dolió más que Cassandra se saliera del guion que el hecho de que ya no esté.

Lo miré. Tenía las pupilas dilatadas, el gesto de un niño que no termina de entender por qué los adultos hacen daño sin querer —o queriendo—.

—¿Sabes lo que más me jode? —siguió—. Que tenían razón sobre muchas cosas. Cassandra era impulsiva, imprudente. A veces cruel. Pero también era brillante, y viva. Y por eso mismo no encajaba en su mundo. En el mío tampoco.

—¿Y tú? —pregunté en voz baja—. ¿Encajas en el suyo?

Me miró, por fin. Y negó despacio.

—Nunca lo hice. Solo supe fingir mejor.

Salimos del coche y subimos al apartamento en silencio. Esta vez, no cocinamos. Pedimos algo y comimos en el sofá, con las piernas entrelazadas y una vieja película sonando de fondo. Cassian no volvió a mencionar a su madre ni a su hermana. Pero cerca del final, cuando la música del filme se volvió nostálgica y la pantalla se tiñó de tonos dorados, me dijo, como si la idea le hubiera estado dando vueltas desde hacía horas:

—No quiero repetir sus errores.

—¿Los de tus padres?

Asintió.

—No quiero que el dolor nos haga mentirnos. O alejarnos. O fingir que no nos necesitamos.

Le tomé la mano.

—Entonces no lo hagamos.

Fue tan simple como eso. Una promesa sin adornos.

Esa noche hicimos el amor con la lentitud de quien quiere quedarse. Como si cada caricia fuese un intento de borrar lo dicho por otros. De escribir una historia nueva sobre la piel del otro. Cassian me susurró cosas que no pedían respuesta: recuerdos, dudas, una canción que su hermana cantaba en voz baja cuando creía que nadie la escuchaba.

Cuando desperté a la mañana siguiente, él seguía dormido, el rostro más tranquilo de lo que lo había visto en semanas. Me levanté con cuidado, intenté no despertarlo. Mientras preparaba café, recordé algo que había dicho en la tumba de Cassandra. “Quiero vivir de una manera que ella hubiese entendido.”

Y pensé que eso, al final, era lo que estábamos haciendo.

No intentar curar la herida como si no hubiese existido. Sino vivir con ella. Nombrarla. Compartirla.

Los hijos de los que quedan no siempre aprenden a amar bien. Pero pueden aprender a amar distinto.

Y eso, quizás, también sea una forma de empezar de nuevo.

—Buenos días.

—¿Lo son? —pregunté, con voz ronca.

—Lo intentarán —respondió.

Desayunamos juntos por costumbre más que por hambre. El apartamento estaba tranquilo, como si también necesitara una tregua. Cassian vestía su traje habitual, con los puños de la camisa aún desabotonados y el cabello ligeramente húmedo. Cuando me vio arreglándome frente al espejo, se apoyó en el marco de la puerta, sin decir nada.

—¿Qué? —pregunté, atrapando su reflejo.

—Nada. Solo me gusta ver cómo se acomoda todo lo roto en ti, sin que dejes de ser tú.

No supe si dar las gracias o abrazarlo. Así que hice ambas cosas.

Ya en la oficina, la rutina volvió a instalarnos en la realidad: correos, informes, reuniones. El aire acondicionado demasiado alto y las pantallas demasiado brillantes. Cassian no actuaba distinto frente a los demás, pero en los pequeños gestos —una mirada, una pausa— se notaba que algo se había reacomodado en él. Tal vez no paz, pero sí presencia.

A la hora del almuerzo, Alana vino a buscarme a mi escritorio.

—Tengo una idea brillante. Almuerzo, pero con gossip. ¿Vienes o no vienes?

—¿Tiene que ver con alguien de la oficina?

—Tal vez —canturreó—. Pero más que nada quiero saber si el chef en calzoncillos sigue comportándose como el hombre perfecto.

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