El aire afuera era más frío de lo que recordaba. O tal vez era él. Günter caminó a mi lado con las manos en los bolsillos del abrigo, en silencio al principio. Yo no dije nada. No se lo iba a facilitar.
—No te imaginaba aquí —dijo finalmente, mirando hacia la calle como si le hablara al tráfico, no a mí.
—No me imaginabas en Boston, en una cafetería o con alguien más que tú.
Giró la cabeza para mirarme. No le gustó el tono. Bien.
—No estoy buscando discutir, Olivia.
—¿Y qué estás buscando?
—Verte. Entender.
—¿Entender qué?
Se detuvo. Yo también. Estábamos frente a un escaparate con flores secas y lámparas colgantes. Reflejos dorados en el cristal.
—Entender por qué te fuiste así —dijo, al fin. —Cuando lo estábamos arreglando todo, cuando estábamos bien.
Me reí. No fue una risa amable.
—¿Así? ¿Después de lo que hiciste?
—No estoy aquí para justificar nada.
—Entonces deberías irte.
—Pero estoy aquí —dijo, con un tono más bajo, más verdadero, casi cansado—. Porque no puedo evitar pensar en nosotros. En lo que arruiné.
—No existe un nosotros—corregí.
Günter bajó la vista. Sus ojos ya no eran los del hombre que dictaba mi agenda, mis movimientos, mis silencios. Eran los de alguien que estaba empezando a ver lo que había destruido.
—Te ves distinta —dijo, tras un momento—. Más… libre.
—Lo soy.
—¿Es por él?
No dije su nombre. No le di esa satisfacción.
—Es por mí.
Me miró entonces con una expresión que no le había visto nunca. Algo entre arrepentimiento y respeto. Como si, por primera vez, me viera sin el marco que él mismo había puesto.
—¿Hay algo que pueda hacer para…? No sé. Para compensarlo. Para cerrar bien.
—No viniste por eso, Günter. Viniste porque perdiste el control. Porque ya no puedes decir que soy tu esposa, ni tu propiedad, ni siquiera tu víctima.
Él no lo negó.
—Solo quería que supieras que lo siento —murmuró.
—Lo sabré el día que no vuelvas a buscarme.
Se quedó quieto, las palabras atascadas. Y por primera vez, lo dejé atrás. Crucé la calle sin mirar atrás. Volví a la cafetería donde Alana me esperaba con dos capuchinos y una montaña de preguntas.
Pero esa era otra historia.
Por ahora, me bastaba con haber dicho lo que tenía que decir. Sin gritos. Sin lágrimas. Solo verdad.
—¿Y bien? —preguntó Alana en cuanto crucé la puerta de la cafetería. Me estaba esperando con los codos sobre la mesa y los ojos encendidos como si hubiera visto una escena de crimen.
Me senté sin quitarme el abrigo. Aún sentía el frío de sus palabras encima.
—¿Te quedaste con los dos capuchinos? —dije, por no decir otra cosa.
—Me pareció lo justo. Uno por cada secreto que me estás ocultando.
Le lancé una mirada, pero ella ya me empujaba una taza por la mesa.
—Empieza —ordenó con una sonrisa, aunque en su voz había una dulzura protectora que me hizo bajar la guardia.
—Su nombre es Günter —dije—. Es… alguien del pasado.
—¿Del pasado nivel “me rompió el corazón”? ¿O nivel “estuvo en prisión y no quieres que lo sepa”?

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