Alana se quedó mirándome un momento más, como si evaluara cada gesto, cada sombra en mi cara.
—No voy a decir nada —dijo al fin, seria por primera vez en toda la conversación—. A nadie. Lo que pasó hoy... se queda conmigo.
La miré, agradecida.
—Gracias —dije, y lo sentía de verdad—. Pero igual voy a contárselo a Cassian. Le prometí que si Günter volvía a aparecer, no se lo ocultaría.
Alana asintió con lentitud.
—Entonces, hazlo. Pero con suavidad. Y que sepa que no pasó nada más. Porque no pasó, ¿no?
—No —respondí enseguida—. Solo cruzamos unas palabras. Y se fue. Eso fue todo.
Ella me sostuvo la mirada un segundo más, como para asegurarse de que era verdad. Luego asintió, conforme, y terminó su capuchino de un sorbo.
—Bueno. Pues buena suerte diciéndole. Aunque si de pronto hay otro horno encendido por accidente, tú no me conoces.
Me reí, pero a la vez me quedé pensativa.
Regresamos a la oficina apenas unos minutos tarde. Alana fue directo a su escritorio y yo subí en silencio al piso de dirección. Toqué la puerta de Cassian, que estaba entreabierta. Él levantó la mirada desde la pantalla.
—¿Todo bien? —preguntó.
—¿Podemos hablar un minuto? —dije, entrando.
Él asintió y se recostó en el respaldo, como si ya intuyera que no iba a gustarle lo que venía.
—Hace un rato… —empecé, cerrando la puerta tras de mí—. Cuando salí a almorzar con Alana, nos encontramos con Günter. En la cafetería.
Cassian no respondió de inmediato. Sus ojos se oscurecieron levemente.
—¿Y qué pasó?
—Nada —dije enseguida—. Solo me saludó. Pidió hablar. Dijo lo mismo de siempre. Y se fue. Alana estaba ahí. Lo vio todo.
Cassian se inclinó hacia adelante, los codos sobre el escritorio.
—¿Y por qué lo escuchaste?
—No lo sé. Creo que para no incomodar a Alana.
Él asintió. Pero algo en su rostro se había endurecido.
—¿Y lo vas a ver otra vez?
—No. No quiero verlo. No tengo intención de hablar con él. Solo apareció. No lo busqué.
—Pero apareció —repitió él—. Aparece en tu cafetería. En tus almuerzos. ¿Y tú solo lo dejas hablarte?
—No es lo que piensas.
Cassian se levantó, dio una vuelta corta detrás del escritorio. Como si el movimiento pudiera aplacarle algo que hervía dentro.
—No es solo por él —dijo al fin, con voz baja—. Es lo que representa. Todo lo que ese tipo trajo contigo. Todo lo que me costó no pensar cuando estoy contigo. Y ahora otra vez… está cerca.
—No está cerca de mí —dije con suavidad—. Está cerca físicamente, sí, pero no de mí. No de lo que soy ahora. No de lo que soy contigo.
Cassian se volvió hacia mí, con la mirada más dolida que molesta.
—¿Y si eso no basta?
—¿Para qué?
—Para sentirme seguro.
Me quedé quieta. El corazón me dolía de una forma nueva. Como si él no estuviera dudando de mí… sino de sí mismo. De su capacidad para manejar este tipo de dolor.
—Entonces, dímelo —susurré—. Dime si no puedes con esto. Pero no me castigues por lo que no puedo controlar.
Él cerró los ojos un segundo. Los volvió a abrir.
—No te estoy castigando. Solo… estoy tratando de no volverme loco.
No supe qué responder. Porque en ese momento, aunque entendía su reacción, también sabía que ya no podía hacer más de lo que había hecho.
—Lo siento —dije, antes de girar hacia la puerta—. Te lo conté porque te prometí que lo haría. Pero no pienso dejar de vivir con miedo a toparme con alguien que ya no es parte de mi vida. No puedo.
Y salí, dejando atrás el aire tenso de su oficina. No cerré la puerta del todo. Pero tampoco miré atrás.
Cuando mi horario laboral se terminó, salí de la oficina sin decir más. Necesitaba aire, y también compañía que no me obligara a explicar lo que todavía no sabía cómo poner en palabras. Juliette me había invitado a tomar algo con Alana y Alex, y acepté sin dudar.
El bar no estaba muy lleno esa noche. La luz era tenue, y la música lo suficientemente baja para poder hablar sin levantar la voz. Me senté entre ellas, intentando dejar atrás el peso que aún tenía en el pecho.
Nos reímos con ganas, dejando que las preocupaciones del día se disolvieran entre las risas y las bromas. Juliette contaba una anécdota exagerada de su último viaje, mientras Alex no paraba de hacer comentarios sarcásticos que nos hacían reír aún más. Alana se relamía con una mezcla de diversión y curiosidad, y yo sentía por primera vez en horas que podía respirar sin que el peso me aplastara.
—Olivia, ¿te acuerdas cuando intentaste bailar salsa y casi nos tiras a todos? —bromeó Juliette, dándome un codazo.
—¡Eso fue en la primera salida! —respondí entre carcajadas—. No me recuerden esa humillación.
Alex levantó la copa y propuso un brindis improvisado.
—Por las derrotas en la pista de baile y las victorias en la vida —dijo, y todas chocamos las copas.
El ambiente era cálido y liviano, justo lo que necesitaba.
Entonces, noté un movimiento en el umbral del bar. Cassian apareció, apoyado contra el marco de la puerta, con una expresión que no lograba descifrar. Me quedé helada un segundo.
—¿Puedo sentarme con ustedes? —preguntó, con voz firme, pero sin reproches.
Alana y Juliette intercambiaron miradas sorprendidas, pero asintieron sin saber de qué se trataba realmente.
—Claro —dijo Alana, abriendo un poco el espacio en la mesa.
Cassian se sentó a mi lado, tan cerca que pude sentir el calor de su cuerpo, y la tensión se volvió palpable.
Intenté no mirarlo demasiado, enfocándome en la conversación para mantener la normalidad. Reí de nuevo con un chiste de Alex, y eso pareció molestarle. Pude ver cómo sus ojos se estrechaban, la mandíbula apretándose ligeramente.
La incomodidad creció en el aire, pero no dije nada. No quería darle el poder de arruinar este momento que me estaba ayudando a respirar.
Juliette me lanzó una mirada cómplice, y yo solo pude sonreír con un dejo de tristeza.
Cassian, sin embargo, no parecía dispuesto a ignorar lo que flotaba entre nosotros.
—¿Todo bien? —preguntó, con un tono que intentaba ser casual pero no lo lograba.
Volví a reír para cubrir el silencio.

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