La noche se volvió espesa y lenta, como el último trago de un buen vino. Juliette fue la primera en decir que se tenía que ir. Alex se ofreció a acompañarla. Alana se estiró como un gato satisfecho y murmuró que pediría un taxi, lanzándome una mirada cargada de intenciones que Cassian, por suerte, ignoró.
—¿Nos vamos? —me preguntó él, mientras tomaba mi abrigo del respaldo de la silla.
Asentí. Afuera, el aire tenía ese frescor que despeja la cabeza, pero no alcanzaba a disipar el nudo en mi pecho. Caminamos en silencio, y él no soltó mi mano ni una vez.
Ya en casa, cerramos la puerta detrás de nosotros y nos quedamos un momento quietos, como si ninguno supiera qué decir primero. Fue Cassian quien rompió el silencio.
—¿De verdad no me tienes guardado como con un apodo especial? —preguntó con una media sonrisa, mientras dejaba las llaves sobre la mesa de entrada.
Me encogí de hombros, traviesa.
—¿Y si sí?
—Dame tu teléfono —dijo con tono sospechosamente sereno.
—¿Para qué?
—Para comprobarlo. Vamos. Confiesa.
Se lo tendí con una sonrisa divertida, y lo observé mientras abría mis contactos. Sus cejas se arquearon apenas al encontrar su nombre.
—“Mi Cassian” —leyó en voz alta, pausado, como si saboreara cada palabra—. Y con tres corazones.
Levantó la mirada hacia mí. Tenía los ojos más brillantes de lo habitual.
—Eso me parece suficiente.
Me acerqué, aún sonriendo.
—¿Y yo? ¿Cómo me tienes tú?
Sacó su teléfono y me lo mostró sin vacilar. No necesitó decirlo en voz alta. En la pantalla se leía claramente: Mi futura esposa.
Mi sonrisa se quebró por dentro. Lo miré, conmovida.
—¿Desde cuándo?
—Desde que lo supe.
Se inclinó, me besó la frente, y caminó hacia la cocina. Yo lo seguí sin pensarlo.
Ahí fue cuando todo empezó a deshacerse. Cuando me rodeó por detrás, colocó sus manos en mi cintura y apoyó su barbilla en mi hombro. Yo tenía una copa en la mano, pero temblaba un poco, como si la calidez de su cuerpo hubiera desplazado todo el aire.
—No quiero perderte —murmuró contra mi cuello, mientras besaba justo donde sabía que me derretía.
—No vas a perderme —susurré, cerrando los ojos.
—A veces siento que ya estoy demasiado adentro de ti. Que si esto se rompe, no voy a poder salir entero.
—Entonces no lo rompamos.
Me giré hacia él y lo abracé, y su respuesta fue levantarme en brazos con esa facilidad que siempre me tomaba por sorpresa, y llevarme hasta el sofá como si no pudiera esperar ni un segundo más.
Me recostó con cuidado, y se quedó encima de mí, observándome como si mi cuerpo fuera mapa, historia y destino.
—¿Estás segura de que no quieres casarte conmigo? —preguntó cerca de mi oído, mientras su mano se deslizaba por debajo de mi blusa, lenta, ardiente.
Mi respiración se volvió inestable.
—¿Así me vas a convencer? —dije, riendo bajito, atrapada entre el deseo y la ternura.
—No. Solo voy a recordarte por qué somos nosotros.
Su boca encontró la mía y el tiempo se detuvo. Me desvistió con calma, con reverencia. Tocándome como quien recita un poema con las manos. Y yo lo dejé. Me abrí entera. Porque con él, nunca me sentí expuesta. Solo amada.
Cuando entró en mí, lo hizo como si me reconociera. Como si cada parte de mí le resultara familiar. Como si lo único que existiera fuera ese instante, nuestros cuerpos entrelazados, su voz en mi oído, sus dedos entre los míos.
—Olivia… —murmuró, y mi nombre fue una oración.
—Cassian… —le respondí, jadeando, sintiendo cómo el amor y el deseo podían ser la misma cosa cuando se vivían con verdad.
Me sostuvo como si pudiera romperme. Yo lo abracé como si no quisiera soltarlo nunca.
—Quiero que seas mi esposa —dijo, con voz grave, mientras embestía lento, hondo—. No porque el mundo lo diga. Porque yo lo necesito. Porque te amo como a nada.
Las lágrimas me encontraron. No por tristeza. Sino por esa certeza dulce y feroz de saberme elegida.
—Estoy aquí —susurré—. Siempre estuve.
—Entonces cásate conmigo.
—Dímelo otra vez.
—Cásate conmigo, Olivia.
Lo besé con todo lo que tenía, y lo sentí sonreír contra mi boca cuando respondí:
—Sí. Me quiero casar contigo.
Y en ese instante, entre el deseo, las promesas y el amor sin máscaras, supe que ya no había vuelta atrás.
Cassian era mi casa. Y yo, la suya.
A la mañana siguiente, desperté con la sensación de que algo dentro de mí había cambiado. No solo por lo que habíamos compartido la noche anterior, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo de lo que vendría.
Cassian no estaba en la cama. Me estiré, aún envuelta en el calor de las sábanas, y escuché ruidos suaves desde la cocina. Me levanté despacio, con una de sus camisas puesta, y caminé hacia allá.
Lo encontré de espaldas, revolviendo algo en una sartén. Estaba despeinado, sin camiseta, y el sol de la mañana recortaba su figura como si el día entero se hubiera levantado solo para admirarlo.
—¿Cocinando otra vez, chef Longford? —bromeé, apoyándome en el marco de la puerta.
Se giró. Y sonrió de esa manera suya que siempre me desarma.
—Tenía que darte un desayuno especial. Por lo de anoche.
Me acerqué, lo rodeé por detrás y apoyé la frente en su espalda.
—¿Y qué parte de anoche exactamente quieres celebrar?
Él dejó la espátula sobre la encimera, se volvió y me tomó de las manos.
—Todas. Pero sobre todo una.
Fruncí el ceño, divertida.
—¿Cuál?
Cassian no respondió de inmediato. En cambio, metió una mano en el bolsillo de su pantalón de pijama y sacó una pequeña cajita de terciopelo negro.
El aire se detuvo en mis pulmones.
—Cassian…
La abrió con delicadeza. Dentro, un anillo delicado, elegante, con un diamante que no brillaba tanto como la forma en que él me miraba.
—No porque lo necesite un contrato. Ni una fiesta. Ni el mundo. Sino porque anoche me dijiste que sí. Y si todavía lo sientes, quiero que lo lleves.
Me cubrí la boca, temblando.
—¿Cómo…? ¿Desde cuándo lo tienes?
—Desde hace meses. Me moría por dártelo, pero sabía que necesitabas llegar sola. Sin presiones. Sin fantasmas. Solo tú. Y aquí estás.
Lo tomé de las manos, temblorosa, y asentí. No podía hablar. No hacía falta.
Cassian deslizó el anillo en mi dedo, y luego me besó la mano, como si acabara de sellar un juramento antiguo y sagrado.
—Ahora sí —susurró—. Oficialmente eres mi futura esposa.
Me reí entre lágrimas, y lo abracé con tanta fuerza que los dos terminamos riendo, apoyados contra la isla de la cocina, entre el olor del café recién hecho y el sonido del aceite chisporroteando en la sartén.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa invisible