Me aferré a Cassian en aquel abrazo, el teléfono aún en mi mano, las lágrimas rodando silenciosas.
—Mi madre… —empecé, sin poder articular más—. No lo tomó bien.
Cassian apretó mis hombros con suavidad, sus dedos rozando mi piel como si quisiera transmitir calma.
—¿Qué dijo?
—Que estoy loca, que destruí mi vida, que no merezco casarme contigo… —mi voz se quebró—. Que no me va a felicitar ni apoyar.
Él me levantó el rostro con cuidado para que lo mirara.
—Olivia, ella tiene miedo. No sabe cómo manejarlo, pero eso no significa que no pueda cambiar.
—¿Y si no cambia? —pregunté, temerosa—. ¿Y si siempre va a ser así?
Cassian me besó la frente con ternura.
—Entonces tendremos que construir nuestra familia con quienes sí nos quieren, contigo y conmigo.
—¿Crees que eso es suficiente?
—Para mí, lo es. Porque tú eres suficiente.
Sentí que, por primera vez en días, podía respirar sin que el peso me aplastara. Porque, aunque el mundo se cayera afuera, con él, estaba en casa.
—¿Sabes qué? —dijo Cassian con una sonrisa suave, esa que lograba despejar cualquier sombra en mi mente—. Vamos a darle tiempo. La gente a veces reacciona mal al principio, pero cuando ve que somos felices, que esto no es un capricho, que somos reales, cambiará.
Asentí, intentando creer en sus palabras, aunque la duda seguía anidada en mi pecho.
—Me duele —confesé—. Que mi propia madre no pueda estar feliz por mí.
—Lo sé —respondió Cassian, apretando mi mano—. Pero tú no estás sola. Tienes a quienes te aman de verdad, y yo seré siempre el primero en esa lista.
Nos quedamos un rato en silencio, escuchando el murmullo lejano de la ciudad desde la ventana del departamento. El reloj marcaba las horas que pasaban, pero en ese espacio, el tiempo parecía detenerse.
—¿Quieres que hable con ella? —ofreció él, con esa calma que solo él sabía tener—. No para convencerla, sino para mostrarle que estamos juntos en esto.
—No sé si estoy lista —respondí, pensando en todas las palabras duras—. Pero tal vez, algún día.
Cassian asintió, respetando mi silencio.
—Lo importante es que tú estás aquí, y que yo también.
Me abrazó de nuevo, más fuerte esta vez, y sentí que todo el miedo se disipaba, al menos por un momento.
—Vamos a construir nuestro camino —susurró, y esa promesa fue el comienzo de algo nuevo, algo nuestro.
Cassian había notado mi tristeza sin que yo tuviera que decir una palabra. Aquella tarde en la oficina, cuando pensaba que podía disimularlo, sus ojos encontraron los míos con una preocupación silenciosa que me estremeció.
—Olivia —me dijo con voz baja, casi como un secreto—, ¿quieres hacer algo loco?
Lo miré, sin poder evitar que una chispa de curiosidad se colara entre la tristeza.
—¿Qué tienes en mente? —pregunté, casi sin aliento.
—Vamos a salir de aquí. A Europa. Tú y yo, sin distracciones, sin nada que nos ate.
Mi corazón se aceleró, y una mezcla de emoción y alivio se instaló en mi pecho. Sentí que, por primera vez en días, alguien me tendía la mano para salir del agujero.
—¿Ahora? —pregunté, sorprendida.
—Ahora —respondió Cassian con una sonrisa que me hizo olvidar por un instante todo lo que dolía—. Tengo unos días libres. Quiero que volvamos a encontrarnos, que vuelvas a sonreír.
No pude evitar sonreír, aunque sabía que lo necesitaba más que nada.
—Me encantaría —le dije, sintiendo que un peso se aligeraba.
Él tomó mi mano con suavidad, apretándola como un ancla segura.
—Entonces prepárate. Esta noche hacemos las maletas. Europa nos espera.
Y así, en ese instante, supe que no estaba sola. Que con él podía empezar a sanar.
Hicimos las maletas en silencio, pero no era un silencio incómodo. Era de esos silencios suaves que ocurren cuando dos personas se entienden sin decirlo todo. Yo iba de un lado a otro del apartamento, eligiendo ropa sin pensar demasiado, mientras Cassian preparaba los pasaportes, confirmaba las reservas y revisaba cada detalle como si estuviera planeando una operación secreta.
—¿A dónde vamos primero? —pregunté mientras guardaba mi abrigo favorito en la maleta.
Él se apoyó en el marco de la puerta con una sonrisa ladina.
—París. Quiero verte con la Torre Eiffel detrás, que te enamores del Sena y de los croissants. Y después… lo que quieras. Italia, España, Grecia. El mundo es tuyo, Olivia.
Me reí mientras cerraba el cierre de la maleta.
—Solo si tú vienes conmigo.
Cassian se acercó y me rodeó con los brazos desde atrás, apoyando la barbilla en mi hombro.
—No pienso separarme de ti ni un segundo.
Salimos al aeropuerto de madrugada. El cielo estaba aún oscuro, pero había una energía nueva entre nosotros. Como si algo se hubiera roto para dejar espacio a algo mejor.
Dormí gran parte del vuelo con la cabeza apoyada en su hombro. Cuando desperté, sus dedos aún jugaban con mi mano entrelazada con la suya, como si no pudiera dejar de tocarme ni mientras dormía.
Y entonces, París.
No sé si fue el aire, o las luces, o simplemente el hecho de estar lejos de todo, pero sentí que podía volver a respirar. Caminamos por calles empedradas tomados de la mano, nos besamos en esquinas antiguas como si el mundo nos perteneciera, y comimos tanto pan y queso que terminé riéndome de mí misma.
La noche de nuestra llegada, Cassian me llevó a cenar a un restaurante diminuto, con velas sobre las mesas y música suave de fondo. Me miraba como si fuera la única persona en la habitación.
—¿Sabes lo que pensé cuando te vi por primera vez? —me preguntó, inclinándose hacia mí.
—¿Qué pensaste? —susurré, atrapada en su mirada.
—Que ibas a cambiarlo todo. Y lo hiciste.
No dije nada. Solo tomé su mano sobre la mesa y la apreté fuerte, como si quisiera grabarme ese momento en la piel.
Esa noche, hicimos el amor en un hotel pequeño, con sábanas blancas y ventanas abiertas al sonido de la ciudad. No hubo promesas, ni planes. Solo cuerpos buscándose con hambre, con ternura, con el deseo de olvidar el pasado y crear algo nuevo.
Cassian me besó como si estuviéramos empezando de cero. Y tal vez, en cierta forma, lo estábamos.

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