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La esposa invisible romance Capítulo 66

Volvimos a Italia y llegamos a Civita di Bagnoregio una tarde en la que el cielo parecía derretirse sobre las colinas. Era uno de esos lugares que uno ni siquiera sabe que existen hasta que alguien te lleva de la mano y te dice: "Confía."

El pueblo parecía suspendido en el tiempo, encaramado sobre una colina de piedra y rodeado de niebla como si flotara. No había autos. No había ruido. Solo el sonido de nuestras pisadas en el puente estrecho que lo conectaba con el mundo.

—Esto es como estar dentro de una pintura —dije, sin soltar su mano.

—Ojalá podamos quedarnos atrapados en ella —contestó, sonriendo de medio lado.

Nos alojamos en una casa pequeña, de paredes de piedra y ventanas que daban a un valle interminable. Había hiedra trepando por todas partes y una cocina diminuta donde él improvisó una cena con vino y pasta, sin camisa, cantando bajito en italiano lo poco que sabía.

—¿Sabes qué quiero? —me dijo esa noche mientras nos sentábamos afuera, en una banquita bajo las estrellas.

—¿Otra copa de vino?

—Quiero despertar un día contigo en un lugar como este. Verte descalza, despeinada, con mi camisa. Sin prisas. Sin vuelos ni juntas ni teléfonos. Solo tú. Solo esto.

Me apoyé en su hombro, cerrando los ojos.

—Entonces vamos guardando pedacitos de este momento para cuando haga falta.

—¿Como un mapa para volver?

—Como una promesa.

Y esa promesa se selló más tarde, en la cama diminuta de sábanas ásperas, donde lo sentí mirarme como si todo en él se desarmara solo para volver a armarse conmigo. Me tocó como quien encuentra la calma. Me amó como quien ya no tiene que demostrar nada. Solo estar. Solo sentir.

La madrugada nos encontró desnudos, riendo bajito entre besos, mientras el viento se colaba por la rendija de la ventana.

—¿Y mañana? —pregunté, jugando con su cabello.

—Mañana nos perdemos en las calles otra vez. Y si nos cansamos de estar perdidos… nos casamos en secreto con dos italianos como testigos.

—¿Uno de ellos será el señor de la trattoria que nos guiñó el ojo?

—Definitivamente.

Y reí. Porque con él, hasta las ideas locas se sentían como hogar.

Lisboa fue como un suspiro cálido después de un día frío. Llegamos en la tarde, cuando el sol teñía la ciudad de naranja y los tranvías parecían deslizarse por las calles como recuerdos felices.

Cassian me ayudó a bajar del taxi, y por un momento me quedé quieta, contemplando el caos perfecto del paisaje: cuestas infinitas, ropa colgando de los balcones, azulejos como poesía en las paredes.

—Esto parece un lugar que no te pide permiso para enamorarte —dije.

—Entonces cuida el corazón —murmuró, rozándome la espalda con los dedos—. Que ya lo tengo ocupado.

Nos alojamos en un hotel antiguo, de esos que chirrían cuando caminas pero que huelen a historia. Nuestra habitación daba a un mirador, y desde ahí podía verse el Tajo abrazando la ciudad. Esa primera noche salimos a cenar bacalao y pastel de nata, nos perdimos en una fado cantado en vivo en una taberna, y él me abrazó cuando la cantante rompió en llanto entre versos.

—¿Sabes qué quiero hacer mañana? —me dijo mientras subíamos la colina de vuelta al hotel.

—¿Dormir hasta tarde?

—Despertarte con café, llevarte en moto por toda la ciudad, y besarte en cada mirador que encontremos.

—Suena a secuestro emocional —dije, riendo.

—Firmaste el contrato en cuanto dijiste que sí.

Y cumplió. A la mañana siguiente, apareció con una Vespa alquilada y un casco extra. Reí tanto mientras subíamos y bajábamos colinas que terminé llorando. Me llevó a Alfama, donde bailamos al ritmo de un acordeón callejero, y luego a un acantilado, donde el viento soplaba tan fuerte que tuve que sujetarme a él para no volar.

—No me sueltes —le dije.

—Nunca —respondió, sin dudar.

Esa noche, de vuelta en la habitación, me senté en el alféizar de la ventana, los pies descalzos sobre la madera fría, mirando las luces titilar en la distancia. Cassian se acercó por detrás y me rodeó con los brazos. Apoyó la barbilla en mi hombro y suspiró.

—Quiero que recordemos esto cuando estemos viejos —murmuró—. Cuando la rutina pese más que el deseo, cuando los silencios se vuelvan largos.

—¿Y qué vamos a recordar?

—Que alguna vez fuimos dos locos en viajando, sin miedo a quererse.

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