Cuando aterrizamos en Boston, la incertidumbre pesaba en el aire como una sombra. Apenas dejamos las maletas en el departamento, Cassian tomó la iniciativa: sacó su teléfono y buscó las pruebas de embarazo más confiables que pudiera encontrar. No iba a dejar que la ansiedad nos consumiera sin saber nada.
—Vamos a hacer esto ahora —dijo con una determinación que me hizo sentir segura, aunque yo me debatía entre el miedo y la esperanza.
Compramos varias pruebas diferentes: digitales, tradicionales, rápidas. Volvimos al apartamento y, casi sin decir palabra, comenzamos el ritual incómodo de esperar el resultado.
Una, dos, tres pruebas… todas negativas.
Respiré aliviada, como si el peso se desvaneciera. Por fin, algo de calma.
Pero Cassian no compartía mi alivio. Me miró con el ceño fruncido, una mezcla de frustración y decepción en sus ojos.
—¿De verdad estás aliviada? —me espetó, con la voz cargada de decepción—. ¿No quieres que tengamos un hijo?
Me quedé helada. Nunca había visto esa cara en él, y menos por algo así.
—No es eso —traté de explicarme—. Solo... no estaba preparada para que fuera ahora. No sabía qué pensar.
—¿Y eso significa que te alegras de no ser madre? —sus ojos brillaban con frustración—. ¿Qué te salvaste de algo que tal vez yo si quiero?
—Cassian, no me pongas palabras en la boca —dije, sintiendo cómo la rabia se encendía en mi interior—. Yo también tengo miedo. No es fácil para mí.
Él apretó los puños, respirando con fuerza.
—Pues parece que para ti no es tan importante —replicó, con dureza—. Que preferirías que esto nunca pasara a arriesgarlo todo por nosotros.
—Eso no es verdad —grité, incapaz de contener la angustia—. Te amo, pero no puedo fingir que no me asusta. Y no voy a disculparme por eso.
Cassian me lanzó una mirada dura, casi desconcertante.
—Entonces dime qué quieres, Olivia. ¿Quieres esto conmigo o no? Porque necesito saberlo.
La habitación se llenó de un silencio cortante. Yo no tenía respuesta inmediata. Solo sabía que me dolía más que nunca, porque el hombre que amaba parecía querer arrancarme algo que todavía no estaba lista para dar.
—¿Y qué más quieres de mí? —le grité, con el corazón en un puño—. Estoy aquí contigo, vivo contigo, vamos a casarnos… ¡Te amo! Pero todo lo que haces es presionarme y eso me está ahogando.
Cassian me miró sorprendido, como si no esperara esa explosión.
—¿Dónde está ese Cassian comprensivo que me daba tiempo al tiempo? —continué, la voz temblando de frustración—. ¿El que la primera vez que hicimos el amor me dijo que se cuidaría porque sabía que yo no estaba lista?
El silencio volvió a caer pesado entre nosotros, pero esta vez sus ojos no tenían ira, sino dolor y culpa.
—No quiero perderte —dijo bajito—. Solo que a veces me cuesta ser paciente.
—Yo también tengo miedo —susurré. Pero necesito que confíes en mí, que respetes mi tiempo. Porque el amor no debería ser así.
Cassian se apartó ligeramente. Sus ojos seguían clavados en los míos, pero ahora tenían una sombra distinta. Algo más oscuro. Más vulnerable.
—¿Y si lo que pasa no tiene solo que ver con los hijos? —dijo de pronto, con voz baja, como si le doliera decirlo—. ¿Y si también es por Günter?
Me quedé inmóvil. Sentí un golpe seco en el estómago.
—¿Qué estás diciendo?
—Lo ves. Cómo te mira. Lo noto. Está rondándote, Olivia. Y tú... —su mandíbula se tensó—. A veces pienso que todavía lo amas. Que si él se convierte en ese hombre que tú soñaste, vas a irte con él.
Sentí cómo algo dentro de mí se quebraba con violencia.
—¿Me estás acusando de eso? —mi voz tembló, pero no de miedo, sino de rabia contenida—. ¿Estás diciendo que yo... que yo te dejaría por él?
—No lo sé —murmuró, y eso fue peor. El no saber. El dudar.
Me eché hacia atrás, temblando. La furia me invadió sin pedir permiso.
—¡¿Qué más tengo que hacer para que confíes en mí, Cassian?! —grité—. ¡Estoy aquí! ¡Te elegí a ti! ¡Vivo contigo, duermo contigo, planeo mi vida contigo! ¡Te dije que sí cuando me pediste casarme contigo! ¿¡Qué más quieres!?
—No quiero que lo vuelvas a ver nunca más.
—Yo no lo busco, Cassian. No acepto verlo tampoco. ¿Qué quieres que haga? ¿Qué salga corriendo cada vez que se me acerque?
—De ser posible —dijo serio.
—¿Estas bromeando? —grité furiosa.
—No puedo hablar contigo así —dijo él al fin, con la voz rota.
—Entonces no hables —le respondí, temblando—. Porque si vas a elegir dudar, mejor guarda silencio.
Me di la vuelta, con el corazón hecho un nudo. No hubo disculpas. No hubo reconciliación. Solo pasos alejándose en direcciones opuestas, con todo lo que no dijimos retumbando en las paredes del apartamento
Y yo… no sabía si podríamos volver de esto.
Esa noche no volví a casa.
No podía. El aire se me hacía espeso solo de imaginar estar bajo el mismo techo que Cassian, fingiendo que sus palabras no me habían atravesado como cuchillas. Tomé mi bolso, el pasaporte todavía dentro, y bajé las escaleras del edificio con las mejillas empapadas. No sabía a dónde iba. Solo sabía que no podía quedarme.
Llamé a Alana desde el taxi, la voz hecha cenizas.
—¿Puedo ir a tu casa?
Ella no preguntó nada. Solo dijo:
—Claro que sí, Oli. Vente ya.
Cuando llegué, me abrazó como si supiera exactamente en qué parte se me estaba rompiendo el pecho. Me senté en su sofá, todavía con la maleta al lado, y por fin respiré. El silencio de su apartamento era distinto: no tenía expectativas, ni reproches, ni nombres que me pesaran.
—¿Qué pasó? —me preguntó, sentándose a mi lado, dándome una manta, como si supiera que el frío venía de adentro.
Le conté todo a Alana y me rompí repitiendo todo.
—Dice que se siente inseguro. Que tiene miedo de perderme.
—Pero no es justo que te lo cargue a ti. ¡Tú no le has dado motivos, Olivia! —su voz era dura, pero sus ojos estaban llenos de preocupación—. ¿Y tú qué le dijiste?
—Le grité. Le dije que lo amaba, que estaba con él, que qué más quería. Le recordé que la primera vez que hicimos el amor me prometió que él se cuidaría porque sabía que yo no estaba lista… ¿Y ahora me lanza esto? Me sentí... traicionada.
Alana se quedó callada unos segundos, como procesando todo.
—Oli… él te ama. No digo que lo perdones ahora. Solo… quédate aquí. El tiempo calma. Y si no calma, al menos aclara.
Asentí, con la cabeza hundida en su hombro. Ella me abrazó con fuerza, como si eso pudiera impedir que el mundo me tragara por dentro.
Esa noche dormí en el sofá de Alana, con su manta, su olor a lavanda, y la certeza de que había alguien que no dudaba de mí. Ni un segundo.
Y Cassian… Cassian no llamó. Y eso dolió incluso más.
La mañana siguiente, me presenté en la oficina con el corazón hecho trizas y los ojos hinchados detrás de unas gafas oscuras. Nadie hizo preguntas. Solo me miraban con esa mezcla de curiosidad silenciosa y respeto que se les reserva a las mujeres que caminan como si algo dentro de ellas se hubiese quebrado para siempre.
Cassian ya estaba allí cuando llegué.
Lo vi desde el ascensor. De pie junto a la mesa de juntas, con la camisa remangada y el rostro severo, dándole instrucciones a dos consultores. Cuando la puerta se abrió, su mirada pasó sobre mí como si yo fuera una más. Como si anoche no hubiéramos gritado verdades que dolían. Como si yo no me hubiera ido con el alma en ruinas.
No dijo nada.
Ni un gesto. Ni un parpadeo. Ni una maldita palabra. Y eso me dolió más que cualquier reproche.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa invisible