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La esposa invisible romance Capítulo 68

Cuando volví a mi escritorio después de aquella reunión, sentí que el mundo se había salido de eje. No solo por la presencia de Günter, que me había sacudido más de lo que quería admitir, sino por la forma en la que Cassian me ignoró. No fue desdén. Fue borrarme. Y eso… eso era mucho peor.

Alana me encontró en la cocina de la oficina diez minutos después. Yo tenía los nudillos blancos de apretar la taza de café. No sabía si iba a llorar, gritar o estallar en pedazos. Ella lo notó al instante.

—¿Qué pasó? —susurró, mirándome de reojo.

—Él estaba en la reunión —le dije, sin mirarla.

—¿Él… Günter?

Asentí. Las palabras se me habían atragantado en la garganta.

—Y Cassian… —tragué saliva— me sacó del proyecto. Frente a todos. Como si fuera una pasante sin criterio.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque sí. Porque estaba él. Porque me odia. Porque no sé. —La taza tembló entre mis dedos—. ¿Te parece poco?

Alana maldijo por lo bajo y me quitó el café antes de que lo volcara sobre los informes.

—¿Y qué vas a hacer?

—No lo sé —murmuré—. Pero esto ya no es solo una pelea de pareja. Esto… esto es otra cosa. Es profesional. Es personal. Es él queriendo aplastarme.

—¿Vas a renunciar?

—No lo sé —repetí, con los ojos ardiéndome—. Lo que sí sé es que no pienso quedarme sentada mientras me rebaja delante de todos.

Esa noche, me duché en el departamento de Alana con la sensación de llevar el día pegado al cuerpo. Quería sacarme de encima el olor del café, de los papeles, del perfume de Cassian en la sala de reuniones. Pero por más que me frotara, seguía sintiéndolo en la piel.

Cuando salí, Alana tenía un vino abierto y dos copas servidas. La suya a medio tomar. La mía, intacta.

—No sé si estoy lista para hablar —le dije, envolviéndome en su bata, con el pelo empapado.

—Entonces no hablemos —respondió, sentándose a mi lado—. Solo toma. Te va a soltar un poco el pecho.

Tomé un sorbo. Luego otro. Y en algún momento, las palabras empezaron a salir.

—Creo que ya no sé quién es Cassian.

—¿Por qué lo dices?

—Porque cuando todo era difícil… cuando yo estaba casada y él me amaba en secreto, fue paciente. Fue cuidadoso. Era fuego, sí, pero también era ternura. Ahora solo siento… exigencia. Celos. Control. Silencios que pesan más que los gritos.

—¿Y tú sigues amándolo?

—Más que nunca —respondí sin dudar—. Y creo que por eso duele más.

Alana me abrazó sin decir nada. Porque no había nada que dijera más que esa rabia silente en mis ojos.

Al día siguiente, llegué a la oficina antes que nadie. Necesitaba estar en control, aunque fuera de mi propio horario. Puse música instrumental en mis auriculares, abrí los documentos de Krämer y trabajé sin descanso durante horas. Cuando Juliette me vio, sonrió brevemente, pero no dijo nada.

Cassian llegó después del almuerzo. Llevaba puesta esa camisa blanca que yo le había regalado, y por primera vez, me pregunté si la había elegido a propósito. Si me estaba provocando. Si me estaba castigando.

No me habló.

Hasta que sí lo hizo.

Me llamó a su oficina a última hora del día. La puerta estaba abierta. Su tono fue seco.

—Olivia, ¿puedes venir un momento?

Cerré mi laptop con calma, aunque por dentro tenía los latidos como martillazos. Crucé el pasillo, sintiendo cada paso como si caminara sobre cristales. Entré. Él no me miró. Solo señaló una carpeta.

—Quiero que tomes esto. Krämer insiste en que tú estés en las próximas reuniones. Pero necesito que dejes claro que con Ryker no hay relación personal. Solo así seguirás ahí. ¿Entendido?

—¿En serio me estás pidiendo eso? —pregunté, sintiendo cómo la voz se me agrietaba.

—Estoy tratando de protegerte.

—No. Estás tratando de marcar territorio como si yo fuera tuya.

—¿No lo eres?

La pregunta se estrelló entre nosotros como un relámpago.

—No si me tratas así —susurré.

El silencio se alargó. Él se apoyó contra el escritorio, bajó la mirada un segundo y luego me dijo, más bajo:

—No puedo seguir así, Olivia. Viéndote reír con otros. Viéndolo a él… mirarte como si todavía te conociera.

—¿Y qué propones, Cassian? ¿Qué me encierre en un cubículo? ¿Qué finja que no tengo pasado?

—No. Pero no puedo trabajar contigo si cada reunión me recuerda que estuviste con el.

Me quedé helada.

—Entonces dilo de una vez —repliqué, con voz temblorosa—. Di que no confías en mí. Di que esto terminó.

Él me miró. Por fin, me miró de verdad.

—Yo no quiero terminar contigo, Olivia.

—Entonces aprende a confiar. Porque si no… sí, vamos a terminar.

Y me fui.

Sin mirar atrás.

Esa noche no fui a casa de Alana.

Tampoco volví al departamento.

Fui a un hotel.

Reservé una habitación sin pensarlo, con una tarjeta que aún no había usado desde que era soltera. Y mientras me quitaba los zapatos frente a la cama enorme y vacía, me di cuenta de algo.

Por primera vez desde que llegué a Boston, estaba completamente sola.

Y quizás… necesitaba eso.

Porque si seguía perdiéndome por amor, iba a terminar sin saber quién era.

Y esta vez, no estaba dispuesta a perderme a mí misma.

No dormí.

El colchón del hotel era suave, silencioso, impersonal. Todo estaba perfectamente acomodado: las almohadas mullidas, las cortinas cerradas, la temperatura exacta.

Pero dentro de mí, era un caos.

No dejaba de repasar la conversación en su oficina.

“¿No lo eres?”

Esa pregunta seguía rebotando en mi cabeza como un eco cruel. No porque no supiera la respuesta. Sino porque me dolía que él la necesitara. Que la dudara.

Y lo peor era que, a pesar de todo, seguía amándolo con una intensidad absurda.

Había algo humillante en tener que explicar que uno no pertenece a nadie.

Y sin embargo, me sentía arrancada de él. Como si hubiese perdido un brazo. Como si el aire me pesara el doble sin sus brazos rodeándome por las noches.

Me levanté a las cinco de la mañana. No porque quisiera, sino porque no aguantaba un minuto más con la cabeza sobre la almohada.

Me duché. Me vestí con el primer conjunto sobrio que encontré. Y sin pensarlo demasiado, caminé hasta la cafetería de siempre. La que Cassian odiaba porque decía que el café era flojo, pero que a mí me encantaba porque tenía ventanas enormes y una paz que no se vendía en ningún lado.

Me senté sola, con un libro abierto que no leí, y un café que se me enfrió entre las manos.

Y entonces vi a Günter.

Cruzó la calle con esa calma medida que siempre había tenido. Como si el mundo girara en torno a sus pasos. Como si aún supiera que había sido parte de mi historia.

Y cuando me vio, sonrió.

—¿Puedo? —preguntó, señalando la silla frente a mí.

Pensé en decirle que no. Que se fuera. Que me dejara sola.

Pero no lo hice.

Tal vez por cansancio. Tal vez por orgullo.

O tal vez porque una parte de mí necesitaba mirar de frente aquello que tanto había tratado de enterrar.

—Haz lo que quieras —murmuré.

Se sentó. Pidió un espresso. No dijo nada al principio. Solo me observó.

—No pareces feliz —dijo, al fin.

Reí sin humor.

—Qué observador.

—¿Él te hizo esto?

No respondí. No era su asunto. No más.

Pero él insistió.

—Vi cómo te miraba ayer. Y cómo no te miraba. Eso… eso no es amor.

—¿Y tú qué sabes del amor, Günter? —pregunté, mirándolo por fin.

Su expresión cambió. Hubo un segundo de verdad. De esa que duele.

—Sé que una vez lo sentí por ti. Que una parte de mí todavía no entiende cómo lo arruiné. Y que, aunque llegué demasiado tarde… a veces todavía te sueño.

—Eso ya no importa.

—Quizás no. Pero me duele verte rota.

—No estoy rota —mentí.

Guardó silencio. Luego dejó dinero sobre la mesa, aunque su café apenas lo había probado.

—Si alguna vez quieres hablar… realmente hablar —dijo—, sabes dónde encontrarme.

Y se fue.

Volví al hotel con la mente en blanco.

No por Günter. Sino porque él había visto lo que yo me negaba a aceptar.

No era solo tristeza.

Era desilusión.

Era la certeza de que el amor, por sí solo, no alcanza cuando uno de los dos se pierde en sus propios fantasmas.

Pasé el resto del día sin prender la televisión, sin abrir el correo, sin mirar el celular. Solo me quedé ahí, en la cama blanca y sin memoria, dejando que el mundo siguiera sin mí.

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