Esa noche, volví al hotel. Quería silencio. Quería no pensar. Pero claro, eso era imposible.
Dejé el teléfono apagado sobre la mesa. Me duché sin prisa. Me até el pelo en un rodete y me envolví en una toalla como si pudiera protegerme del mundo.
Estaba por meterme en la cama cuando golpearon la puerta.
Fuerte. Insistente. Como si quien estuviera del otro lado no pensara irse.
Me quedé quieta unos segundos. Esperando que se fuera. Pero no se fue.
Golpeó otra vez.
—Olivia. Sé que estás ahí —la voz de Cassian traspasó la puerta, densa, tensa, cargada de una urgencia que me trajo un nudo al pecho—. Por favor. Solo quiero hablar.
Fui hasta la puerta. No la abrí. Hablé desde el otro lado.
—¿Viniste a gritarme de nuevo? ¿A decirme lo egoísta que soy por pensar en mí?
—No. Vine a decirte que soy un imbécil.
No dije nada.
—De verdad. Me pasé de la raya. Me dolió escucharte, pero no tenías por qué decírmelo ahí, con Alana, con media ciudad mirando. Y sin embargo… tenías razón. No estoy sabiendo cuidarte. No estoy sabiendo quererte.
—Entonces ¿por qué viniste?
—Porque si hay una mínima posibilidad de arreglar esto… no quiero perderla.
Abrí.
Y ahí estaba. Con el cabello revuelto, el abrigo desabrochado, y los ojos más vulnerables que nunca.
—Pasá —murmuré.
Entró. Se quedó parado en medio de la habitación, como si no supiera por dónde empezar.
—¿Qué escuchaste exactamente?
—Lo suficiente —respondió, sin rodeos—. Lo suficiente como para darme cuenta de que te estoy empujando lejos. Y no es lo que quiero. Pero tampoco quiero frenarte.
—¿Entonces?
—Entonces, si te vas a Berlín, quiero que sea porque lo deseas, no porque te hice sentir que no tenías lugar conmigo.
Nos miramos un instante. Largo. Honesto. Doloroso.
—No quiero irme —admití—. Pero tampoco puedo quedarme en este limbo, Cassian. No puedo seguir apagándome para que vos te sientas seguro.
Él se acercó. Me tomó las manos. Tenía las suyas heladas.
—Estoy dispuesto a hacer terapia. A revisar mis miedos. A confiar, aunque me cueste. Pero no me dejes sin pelear, Olivia. No así.
La forma en la que dijo mi nombre me quebró.
—No prometas nada que no puedas cumplir.
—No te prometo que voy a cambiar de un día para el otro. Pero te prometo que voy a intentarlo. Porque prefiero mil veces enfrentar mis demonios a imaginarte cruzando un océano para huir de mí.
Y fue ahí cuando lloré.
Porque entendí que me estaba pidiendo que lo eligiera. Pero también, por primera vez, estaba eligiéndome a mí mismo.
Nos abrazamos. Lento. Con la desesperación suave de quien todavía no sabe si va a poder reparar lo roto.
Y esa noche, él se quedó. No hicimos el amor.
Solo dormimos abrazados. Como dos personas que sabían que el amor no siempre basta, pero que aún así, querían intentarlo una vez más.
A la mañana siguiente, el sol entraba por la ventana del hotel con una claridad implacable. Me desperté antes que él. Cassian dormía con una mano sobre mi cintura, como si incluso dormido necesitara asegurarse de que seguía ahí.
No quise moverme. Solo lo miré. Y por primera vez en días, no sentí ansiedad. Sentí calma. Frágil, sí. Pero real.
Cuando se despertó, lo hizo con los ojos nublados y el ceño levemente fruncido. Tardó un segundo en ubicarse, en darse cuenta de dónde estaba. De que yo seguía ahí.
—¿Dormiste? —preguntó, con voz ronca.
Asentí.
—¿Y tu?
—Mejor que en toda la semana —dijo, y me besó la frente.
Nos quedamos así, en silencio. Hasta que él habló.
—Tengo una cita.
Lo miré, confundida.
—¿Con quién?
—Con una psicóloga. Hoy a las cinco. Me costó encontrar turno rápido, pero... lo hice antes de venir aquí.
No supe qué decir. No por falta de palabras, sino porque me estaba mostrando algo que valía más que cualquier disculpa.
—¿Quieres que te acompañe?
Él asintió.
—Solo hasta la sala de espera. Me da miedo estar solo. Miedo de lo que pueda salir de mi boca. Miedo de descubrir cosas que no me gusten.
—Entonces te espero afuera. No vas a estar solo.
La sala de espera era más acogedora de lo que imaginaba. Sillas mullidas, luces tenues, olor a lavanda. Cassian había estado inquieto todo el camino en auto, con el pie temblando, las manos frotándose sin cesar. Pero ahora que estábamos ahí, parecía más tranquilo. Como si el solo hecho de haber llegado ya fuera una victoria.
La secretaria lo llamó por su nombre. Él me miró. Yo asentí, dándole fuerza con los ojos. Se levantó, y antes de entrar, volvió sobre sus pasos y me susurró:
—Gracias por quedarte.
—Gracias por intentarlo —le respondí.
Lo vi desaparecer detrás de la puerta blanca. Y entonces me senté. Crucé las piernas. Abrí un libro que no logré leer.
Porque, por dentro, sentía que algo estaba empezando.
No un milagro. No una transformación mágica.
Pero sí un comienzo.
Y eso… era más de lo que había tenido en mucho tiempo.
Esa noche, Cassian no quiso volver a casa. Terminamos en el hotel otra vez, pero esta vez con menos urgencia y más silencio. No era incomodidad. Era algo distinto. Como si ambos supiéramos que lo que venía no podía forzarse.
Pedimos comida. Casi no comimos. Nos duchamos por separado. Y cuando salí del baño con la cara lavada y una remera suya puesta, él estaba sentado en la cama, con las piernas cruzadas y la mirada fija en la alfombra.
—¿Quieres hablar de lo que pasó? —pregunté, sentándome a su lado.
Él se quedó callado unos segundos. Después asintió.
—No pensé que iba a decir nada. Pero cuando me senté ahí… no sé. Sentí que si no hablaba, iba a reventar.
—¿Qué dijiste?
Cassian inhaló hondo. Bajó la mirada. Sus manos jugaban con el borde de la sábana.
—Le conté sobre mi hermana. Sobre cómo murió. Sobre lo que me pasó después. Lo que me pasó a mí, no solo a mi familia. Me preguntó qué hice con el dolor. Y me di cuenta de que… lo escondí. Lo envolví en trabajo, en ambición, en control. Me hice una armadura.
—Eso haces. Te armas.

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