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La esposa invisible romance Capítulo 70

Nos quedamos así, abrazados en medio de la sala, dejando que el tiempo se diluyera solo en nuestro pequeño universo. Por primera vez en semanas, sentí que podía respirar sin ese peso aplastante en el pecho.

Cassian me tomó de la mano y me llevó a la cocina, donde dejó las rosas que había puesto en la mesa. Las rosas rosadas, perfectas, delicadas, eran el símbolo tangible de su disculpa y de su deseo de reconstruirnos.

—Quiero que cada día sea un paso —me dijo mientras acariciaba mi mejilla—. No solo por nosotros, sino por todo lo que soñamos juntos.

Sonreí y lo miré a los ojos, viendo en ellos la mezcla de miedo, esperanza y amor que yo también sentía.

—Estoy dispuesta a intentarlo —le confesé—. Pero necesito que seas paciente, que me escuches y que caminemos juntos, sin apurarnos ni exigencias.

Él asintió, acercándose para besarme de nuevo, esta vez con una ternura que derritió todas mis dudas.

—Prometo ser tu compañero, Olivia. En cada momento, en cada paso.

Y mientras la luz del sol entraba tímida por la ventana, supe que aquella mañana era el verdadero comienzo de algo nuevo. Algo que aún dolía, pero que estaba dispuesto a sanar.

Los días siguientes fueron un ejercicio de reconstrucción. No fue fácil: hubo silencios incómodos, miradas que a veces dolían más que las palabras, y momentos en los que ambos nos preguntábamos si realmente podríamos dejar atrás tanto dolor.

Pero también hubo risas. Pequeños gestos, como desayunar juntos en pijama, compartir playlists nuevas o simplemente sentarnos a ver una película sin hablar.

Cassian empezó a cumplir su promesa: más paciencia, más escucha. Cuando yo dudaba o retrocedía, él no presionaba, solo me ofrecía su apoyo. Y yo, poco a poco, fui soltando la coraza.

Una tarde, mientras caminábamos por el parque cercano a casa, me tomó la mano y me miró con esa intensidad que solo él sabía mostrar.

—Olivia, quiero que sepas que no solo te amo a ti —dijo—, también amo lo que podemos construir juntos, aunque a veces tenga miedo de no estar a la altura.

—Yo también tengo miedo —confesé—. Pero prefiero intentarlo que quedarme con la duda.

Nos miramos, sonriendo, conscientes de que ese era solo el primer capítulo de un nuevo comienzo.

Un par de días después, Cassian me llamó a su oficina.

—Olivia —dijo, con un tono firme pero tranquilo—, Krämer insiste en que vuelvas a liderar las reuniones con ellos. Han pedido verte personalmente, y creo que es lo mejor para todos.

Sentí un nudo en el estómago, pero asentí.

Cuando llegué a la sala de conferencias, Günter estaba allí, sentado en su lugar habitual. Sus ojos me buscaron, y por un instante creí que la tensión se haría insoportable. Pero Cassian se situó a mi lado y, sin mirarme, dio inicio a la reunión con profesionalismo impecable.

Durante toda la sesión, Cassian se mostró atento, pero respetuoso. No hubo silencios incómodos, ni miradas fuera de lugar. Cuando me tocaba hablar, me respaldaba con su presencia, y cuando Günter intentaba interrumpir, Cassian lo cortaba con educación pero firmeza.

Sentí que, él ponía en pausa sus celos para defenderme como socia y profesional.

Al terminar, Cassian me miró y, con una leve sonrisa, me dijo:

—Bienvenida de nuevo, Olivia.

Y yo, con el corazón un poco más ligero, supe que ese era un paso importante para los dos.

Una tarde, mientras revisaba unos documentos en casa, sonó el teléfono. Era Anika, mi prima.

—¡Olivia! —exclamó con su voz animada—. Tengo una noticia enorme: me caso.

Sentí que el corazón me daba un vuelco. A pesar de todo lo que habíamos pasado, no podía evitar sentir curiosidad.

—¿En serio? —pregunté, tratando de sonar natural—. ¿Cuándo es?

—En tres meses —respondió, emocionada—. Quiero que seas parte de ese día. Me encantaría que vinieras.

Guardé silencio un instante. No sabía qué responder. Pero finalmente dije:

—Gracias por invitarme, Anika. Lo pensaré.

Colgamos y me quedé mirando el teléfono, pensando en lo que esa invitación significaba para mí.

Los meses pasaron rápido, como si el tiempo quisiera darles una segunda oportunidad para construir algo mejor. Acompañé a Cassian a cada una de sus sesiones de terapia; él se abrió más de lo que imaginaba y yo aprendí a escuchar sin juzgar. Poco a poco, la tensión y los silencios que antes nos separaban se fueron desvaneciendo.

No volvimos a pelearnos como antes. En lugar de eso, nuestra relación avanzaba a pasos enormes, con la paciencia y el cuidado que ambos necesitábamos. Cada día era una pequeña victoria, una promesa de que estábamos dispuestos a luchar por nosotros.

Finalmente llegó el día de la boda de Anika. Me había enviado la invitación meses atrás, y aunque sabía que sería un evento lleno de familia y tradiciones, sentía una mezcla de emoción y nervios por reencontrarme con todos.

Cassian me acompañó sin dudarlo, como siempre dispuesto a ser mi apoyo incondicional. Llegamos a la antigua iglesia en las afueras de Berlín, donde Anika y su prometido sellarían su amor frente a amigos y familiares.

La ceremonia fue hermosa: Anika radiante, con un vestido blanco sencillo pero elegante, y una sonrisa que iluminaba todo el lugar. Me recordó lo importante que es aferrarse a los momentos felices, a la esperanza que renace incluso después de la tormenta.

Durante la recepción, saludé a varios familiares que hacía años no veía. Entre ellos estaba mi prima Katharina, con quien siempre tuve una relación especial. Nos abrazamos con fuerza y compartimos confidencias, recordando viejos tiempos y celebrando que, a pesar de todo, la familia sigue unida.

Cassian se mostró cordial con todos, incluso con Günter, que estaba allí también. Pero esta vez, él mantuvo una distancia respetuosa, y yo sentí que las heridas empezaban a sanar.

La boda de Anika fue una bocanada de aire fresco, un recordatorio de que el amor y la alegría pueden renacer, incluso después de los momentos más difíciles.

—Ya vengo —le susurré a Cassian mientras deslizaba mi mano por su brazo—. Solo voy al baño.

Él apenas asintió, distraído con la conversación sobre negocios. Me escabullí entre la multitud, cruzando el salón decorado con candelabros antiguos y música clásica de fondo. Me detuve frente al espejo del tocador de damas, alisando la tela de mi vestido con las palmas sudadas. No sabía por qué me sentía tan... rara. Como si algo estuviera a punto de romperse.

—Olivia —dijo una voz tras de mí.

La reconocí antes de girar. Mi madre estaba parada en la puerta del baño, su expresión más nerviosa de lo habitual. No traía su copa de vino, ni ese aire altivo con el que solía cargar. Cerró la puerta suavemente detrás de sí.

—¿Mamá?

—Tenemos que hablar —dijo. Su tono no era autoritario, sino urgente. Dolido.

Me tensé. —¿Ahora?

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