No tenía ningún plan. No sabía adónde iba. Y, por primera vez, eso no me generaba ansiedad.
Caminé.
El aire frío de la mañana me despejó más que cualquier café. Sentía la piel del rostro tirante, los pulmones abiertos, la sangre circulando con una claridad que hacía tiempo no notaba. No tenía prisa. No tenía destino. Me dejé llevar por la intuición.
Pasé por delante de una floristería y me detuve.
No porque necesitara flores. Ni siquiera porque me apeteciera decorar la casa. Me detuve porque durante años las flores eran siempre para “ocasiones”: cumpleaños, funerales, aniversarios. Hoy quise comprarlas solo porque sí. Porque algo en mí necesitaba belleza sin justificación.
Elegí un ramo de peonías blancas. Siempre me habían parecido frágiles y valientes a la vez. Como yo, supongo. La florista me preguntó si era para regalo. Asentí.
—Sí. Para alguien que llevaba tiempo sin recibir nada —dije.
Y no mentí.
Seguí caminando.
Entré en una librería. Me perdí entre los estantes. Toqué portadas. Leí primeras líneas. Me detuve en un libro de poesía que no conocía. Lo abrí. Leí una frase al azar: “El día que dejes de buscarte en el espejo roto de otros, te encontrarás.”
Casi me dolió de lo cierta que era.
Lo compré. También un marcapáginas nuevo. Uno de esos detalles tontos que solo se compra cuando estás dispuesto a quedarte un rato en ti.
Me fui a una cafetería pequeña, sin pretensiones. Paredes de madera, luz cálida. Me senté junto a la ventana. Pedí un café solo y una tostada con tomate. Sin mirar el móvil. Sin fingir estar ocupada.
Solo estuve.
Presente.
Viva.
Saqué el libro. Leí. Subrayé. Me reí sola en algunas páginas. Lloré un poco en otras. No por dolor, sino por alivio. Por todo lo que estaba soltando sin darme cuenta.
A media tarde, volví a casa. Puse las peonías en un jarrón de cristal y las coloqué en el centro de la mesa. No para que alguien las viera. Para mí. Para recordarme que merecía ese detalle sin que nadie me lo ofreciera.
Me di un baño largo. Me lavé el pelo despacio. Me exfolié la piel. Me puse crema sin prisa, sin pensar en que alguien fuera a tocarme después. Me vestí con ropa cómoda pero bonita. Me preparé la cena con atención, como si viniera alguien a casa, aunque solo fuera yo.
Y después…
encendí una vela.
Apagué todas las luces.
Y me senté en el sofá.
No sentí tristeza. Ni rabia. Ni angustia.
Sentí presencia.
Después de tanto tiempo, por fin era yo quien llenaba el espacio. No por obligación. No por aguantar. Por elección.
Y me prometí algo.
Que no volvería a vivir en ninguna casa —física o emocional— donde tuviera que pedir permiso para existir.
No le escribí enseguida.
Dejé que pasaran dos días.
No porque no pensara en él —lo hice más de lo que me gusta admitir—, sino porque necesitaba asegurarme de que mi interés por verlo no nacía del vacío, sino del deseo sincero de compartir algo… desde quien soy ahora.
Y cuando lo hice, no fui ambigua.
Le mandé un mensaje corto, directo.
Yo: ¿Te apetece tomar algo esta tarde? Me gustaría verte. No por huida. Por ganas.
Me respondió cinco minutos después.
Cassian: Me apetece. Y me alegra que lo digas así.
Quedamos en una terraza tranquila, en un rincón del casco antiguo. El tipo de lugar donde los camareros te llaman por tu nombre y el café viene con galletas sin pedirlas. Llegué antes. Me senté bajo una sombrilla blanca, el aire cálido de la primavera tocando suavemente mis piernas desnudas.
Cassian llegó puntual.
Llevaba vaqueros claros, una camisa remangada y una expresión honesta. Nada forzado. Nada más de lo necesario.
Me saludó con una sonrisa que no buscaba impacto, solo presencia.
—Hola —dijo, simplemente.
—Hola.
Nos sentamos. Pedimos dos cafés. No hablamos de inmediato. Y no fue incómodo.
Él fue el primero en romper el silencio.
—Estás distinta.
—Lo sé.
—¿Bien distinta?
—Sí. Más mía.
Sonrió. Asintió como si eso confirmara algo que ya sospechaba.
—¿Cómo ha sido?
—Silencioso. En paz. Fuerte a ratos. Frágil en otros. Pero mío.
Me miró con una atención limpia. Esa que no presiona, que no exige. Solo observa. Solo recibe.
—¿Y con Günter?
Suspiré.
—Terminamos sin decir “terminamos”. Pero ya no necesito que lo diga en voz alta. Lo sé. Lo sentí. Lo solté.
—¿Y ahora qué?

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