Al día siguiente, Alejandro llamó a Camila para coordinar la hora de recogida de Isa. La conversación fue breve y estrictamente funcional.
—Mi padre llega a la ciudad esta noche —dijo él, su tono era puramente informativo—. Tendremos una cena familiar.
Camila esperó, sabiendo lo que vendría después. O lo que no vendría.
—Le he dicho a Isa que estarás ocupada. Que tienes una reunión de trabajo importante.
No era una pregunta. Era una declaración. Le estaba dando una excusa, excluyéndola de antemano.
—Entiendo —respondió ella, sin ninguna emoción en su voz.
—Pasaré por ella a las seis.
La llamada terminó.
Más tarde ese día, Fernando Beltrán llegó a las oficinas de Axon AI. La colaboración entre sus empresas estaba en pleno apogeo y las reuniones eran frecuentes.
Estaba en la oficina de Camila, discutiendo las proyecciones financieras, cuando su teléfono sonó.
Miró la pantalla y frunció el ceño.
—Discúlpame un segundo. Es Alejandro.
Camila asintió, volviendo su atención a la pantalla de su computadora, dándole privacidad.
—¿Qué pasa, Alejandro? Estoy en medio de algo.
Hubo una pausa.
—Sí, lo sé. Tu padre. Me alegro de que esté bien.
Otra pausa, esta vez más larga. La expresión de Fernando se volvió irritada.
—¿Que haga qué? ¿Estás bromeando?
Escuchó atentamente, su mandíbula se tensó.
—No, no puedo. Tengo planes.
Silencio.
—Alejandro, es tu problema, no el mío. Resuélvelo tú. Adiós.
Colgó con una brusquedad inusual en él.
Camila levantó la vista.
—Con un equipo de cien de los mejores ingenieros del mundo y cinco años de trabajo, quizás podríamos acercarnos.
—Entiendo. ¿Y qué opina de la jefa de arquitectura de Axon? ¿La señora Elizalde?
Hubo un silencio respetuoso al otro lado de la línea.
—Señor... —dijo el Dr. Morales, su voz teñida de reverencia—, yo he sido considerado un experto en mi campo durante treinta años. Y le digo con toda honestidad... mi conocimiento técnico no le llega ni a los talones al de esa mujer. Es una visionaria. Una en un millón.
Fernando se quedó helado, las palabras del experto resonando en su mente.
"No le llega ni a los talones".
Todas las piezas encajaron de golpe.
La defensa a ultranza de David Romero. Su familiaridad con el Dr. Benjamín Reyes. La brillantez de su presentación. Su absoluta calma ante la arrogancia de Rodrigo Ibáñez.
La historia que todos creían, la de la esposa trofeo que se había casado por interés, era una mentira.
Una mentira monumental.
Se recostó en su silla, una oleada de conmoción y una nueva y profunda admiración recorriéndolo.

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