El silencio en el salón privado era tenso.
Todas las miradas estaban fijas en Fernando Beltrán, quien seguía de pie, con el rostro pálido y una expresión de pura conmoción en los ojos.
—Yo... —tartamudeó, pareciendo buscar las palabras—. Lo siento. Se me ha caído la copa. Qué torpe.
Se agachó rápidamente para recoger los trozos de cristal, su mente aún dando vueltas por la magnitud de lo que acababa de deducir.
Camila Elizalde no era la sombra de Alejandro Alcázar.
Era el sol.
—¿Estás bien? —preguntó Alejandro, su tono teñido de irritación—. Parecía que habías visto un fantasma.
Fernando se enderezó, forzando una sonrisa.
—Estoy perfectamente. Solo... he bebido demasiado rápido. Discúlpenme.
Se sentó de nuevo, su corazón latiendo con fuerza contra sus costillas. Miró a Alejandro, a Valeria, a Santiago. Los miró como si los viera por primera vez.
Unos ignorantes. Todos ellos. Bailando al son de una melodía cuya compositora despreciaban.
La revelación lo llenó de una extraña mezcla de ira y una profunda, casi dolorosa, admiración por Camila.
¿Cómo había podido soportarlo durante tanto tiempo? ¿Vivir en las sombras, viendo cómo otros se llevaban el crédito por su genio, viendo cómo el hombre que amaba se lo entregaba todo a una impostora?
La cena continuó, pero Fernando apenas participó. Respondía con monosílabos, su mente repasando cada interacción, cada conversación, cada mirada que había presenciado, todo bajo una nueva luz.
Santiago Herrera, notando su extraña actitud, intentó romper el hielo.
—Oye, Fer, ¿cómo va la colaboración con Axon AI? ¿Ese David Romero no te da problemas? Escuché que es un tipo difícil.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Genio Anónima: Mi Esposo Firmó el Divorcio Sin Saber Quién Soy