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La Genio Anónima: Mi Esposo Firmó el Divorcio Sin Saber Quién Soy romance Capítulo 149

El jet privado del Consorcio Alcázar aterrizó suavemente en la pista del aeropuerto de Monterrey.

Isa fue la primera en bajar por la escalerilla, corriendo directamente a los brazos de su padre. Había pasado las últimas dos semanas en un campamento de esquí en Aspen con los hijos de otros magnates.

—¡Papi!

Alejandro la levantó en brazos, su rostro se suavizó con una rara muestra de afecto paternal.

—Bienvenida a casa, princesa. ¿Te divertiste?

Detrás de él, Valeria Campos esperaba con una sonrisa radiante. Llevaba unas gafas de sol de diseñador y un abrigo de piel que gritaba lujo.

—¡Vale! —exclamó Isa, extendiendo los brazos hacia ella desde la seguridad del abrazo de su padre.

Valeria se acercó y le dio un beso en la mejilla.

—Te hemos echado mucho de menos, pequeña.

El trío caminó por la terminal, atrayendo las miradas de todos. Parecían la familia perfecta: el poderoso CEO, su hermosa pareja y su adorable hija.

De regreso en la mansión de los Alcázar, la emoción de Isa comenzó a desvanecerse.

Recorrió la enorme casa, sus pasos resonando en los pasillos silenciosos.

—¿Dónde está mi mami? —preguntó finalmente, su vocecita teñida de decepción.

Alejandro y Valeria intercambiaron una mirada rápida.

—Tu mamá ha estado muy ocupada con su trabajo, cariño —dijo Alejandro con un tono cuidadosamente neutro.

—¿Pero no iba a venir a recibirme?

—No te preocupes, puedes llamarla ahora mismo —sugirió Valeria, entregándole el teléfono inalámbrico de la casa.

Isa tomó el teléfono y marcó el número de memoria, sus pequeños dedos moviéndose con rapidez.

Se sentó en el gran sofá de la sala, mordiéndose el labio mientras esperaba.

La voz de Camila al otro lado de la línea sonaba profesional, casi distante.

—¿Bueno?

—¡Mami! ¡Ya volví! —gritó Isa, su voz llena de una alegría expectante.

Los ojos de Isa se llenaron de lágrimas, pero se las tragó. Su madre sonaba tan decidida. Llorar no iba a funcionar.

—Está bien, mami —dijo en voz baja, la resignación pesando en cada sílaba.

—Pórtate bien, ¿sí? Te quiero mucho.

—Yo también te quiero.

La llamada terminó.

Isa dejó el teléfono en la mesa con un cuidado exagerado.

Alejandro la observaba desde el umbral de la puerta. Vio la luz apagarse en los ojos de su hija.

Sintió una punzada de algo que no supo identificar. ¿Era culpa? ¿O era ira?

Se acercó y se sentó a su lado, rodeándola con un brazo.

—No te preocupes, princesa. Papá está aquí.

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