Era la noche de la víspera de Año Nuevo.
La gran mesa del comedor de la mansión Alcázar estaba puesta para veinte personas, con la mejor porcelana y cristalería. El aire olía a pavo horneado y a pino.
Toda la familia estaba reunida. Los padres de Alejandro, sus hermanos, tíos y primos.
Pero un asiento, junto a la cabecera, permanecía vacío.
El asiento de Camila.
Su ausencia era un fantasma en el banquete, un silencio incómodo que nadie se atrevía a nombrar.
Isabel estaba sentada junto a su abuela, Doña Elvira, picoteando la comida sin apetito. Su mirada se desviaba constantemente hacia la silla vacía.
Sandra Alcázar, la madre de Alejandro, observaba la escena con una creciente impaciencia. Era una mujer elegante, de voluntad de hierro, que no toleraba las imperfecciones en su perfecto universo familiar.
Finalmente, su paciencia se agotó.
Dejó los cubiertos sobre el plato con un ruido seco que hizo que todos se callaran.
Fijó su mirada helada en su hijo mayor, que presidía la mesa con una calma imperturbable.
—Alejandro.
Su voz era tranquila, pero cortaba el aire como un cuchillo.
—¿Dónde está tu esposa?
La pregunta explotó en el centro de la mesa, rompiendo el pacto de silencio.
Emilio, el hermano menor de Alejandro, dejó de bromear con sus primos y miró a su hermano, confundido.
Alejandro ni siquiera levantó la vista de su plato.
—Está ocupada, mamá.
—¿Ocupada? —la risa de Sandra fue corta y sin humor—. ¿Más ocupada que su familia en la noche más importante del año? No me tomes por tonta.
Se inclinó sobre la mesa, su voz bajó a un siseo peligroso.


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