~MINA~
La doctora Mariana Robles sostenía mi pierna con cuidado mientras presionaba alrededor del pie lastimado y me hacía preguntas que, según explicó, eran de rutina. Quería saber si el dolor había aumentado desde la última vez que me revisó, si había sentido hormigueo en los dedos, si había tenido mareos, náuseas o algún otro malestar relacionado con el golpe que había recibido aquella noche.
Yo respondía mientras la observaba trabajar, intentando acostumbrarme todavía a la idea de que ya habían pasado dos días desde que escapé de las garras de Ezequiel.
Dos días.
A veces me parecían dos meses y otras apenas unos minutos.
Todavía despertaba sobresaltada cuando escuchaba algún ruido desconocido y durante algunos segundos esperaba encontrarlo entrando por la puerta, furioso, dispuesto a cobrarme el cuchillo que le había clavado en el cuello.
Sin embargo, cuando abría bien los ojos, seguía estando allí, en aquella habitación cómoda de un departamento que no conocía, lejos de la casa donde había pasado los últimos ocho años, y recordaba que por alguna razón que todavía no terminaba de entender mi vida había quedado temporalmente en manos de un ruso tatuado, malhablado y bastante desesperante que aseguraba no querer absolutamente nada de mí, más que ayudarme.
Artem había mantenido su palabra hasta ese momento. No me había pedido nada, ni favores ni explicaciones adicionales después de aquella conversación en la que terminé contándole prácticamente toda mi vida. Tampoco había intentado tocarme sin permiso ni acercarse más de lo necesario.
Ese hombre, que a veces parecía un ángel y no un demonio, me daba comida, conseguía lo que necesitaba y había contratado a Mariana para que viniera a revisarme de forma privada, algo que todavía me parecía excesivo para una mujer a la que había encontrado tirada en una carretera y que, técnicamente, se había convertido en su problema por atravesársele frente al coche.
Cada vez que intentaba encontrarle una intención escondida terminaba en el mismo sitio: no parecía haber ninguna.
Artem Sokolov simplemente me estaba ayudando. Eso debería haberme tranquilizado, pero después de tantos años aprendiendo que todo favor tenía un precio, aceptar que alguien hiciera algo bueno porque sí resultaba mucho más difícil de lo que parecía.
—¿Aquí te duele? —preguntó la doctora Mariana mientras presionaba suavemente cerca de la zona lesionada.
—Un poquito.
Movió los dedos unos centímetros.
—¿Y aquí?
—Ahí sí. Un chingo.
La doctora Mariana asintió y continuó revisando con esa paciencia que había mostrado desde que llegó.
Ella me caía bien. Había algo tranquilo en su forma de hablar y de moverse que me permitía bajar la guardia un poco, aunque todavía me descubría observando sus manos cada vez que se acercaban demasiado.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Alguien me puede explicar como del 88 salta al 89 del futuro como asi que Lexia esta embarazada de nuevo...
A mi tampoco me deja y tengo saldo...
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...