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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 30

~MINA~

Era un automóvil estacionado justamente frente a la entrada del edificio.

No habría tenido nada de especial si no me hubiera resultado familiar. Era oscuro, grande y con los vidrios completamente polarizados y me recordaba a uno de los automóviles que usaban los hombres de Ezequiel. Pero no era solamente eso, ya que sabía que no solamente Ezequiel o sus hombres podían usar ese mismo tipo de automóvil, sino que había algo más que me puso en ese estado de alerta.

Me quedé mirándolo mientras intentaba recordar dónde lo había visto y tardé apenas unos segundos en darme cuenta de que también lo había visto el día anterior.

También había estado allí, frente al edificio.

Me incliné un poco hacia adelante, apoyando una mano sobre el borde de la ventana, y observé con mayor atención.

Desde aquella altura no podía distinguir si había alguien dentro. Además los cristales eran demasiado oscuros y el reflejo de la luz terminaba de ocultar cualquier cosa que pudiera haber detrás. Tampoco podía ver la matrícula desde donde estaba. Lo único que sabía era que el coche estaba estacionado prácticamente en el mismo lugar donde lo había visto el día anterior y que, por alguna razón que no conseguía explicar, aquello me produjo una sensación desagradable en el estómago.

La sonrisa que los mensajes de Artem habían provocado desapareció.

Esperé.

No sabía exactamente qué esperaba que sucediera. Quizá que se abriera una puerta. Que bajara algún hombre al que reconociera. Que alguien levantara la cabeza hacia mi ventana. Cualquier cosa que confirmara ese escalofrío que había empezado a recorrerme lentamente la espalda.

Pero nada ocurrió.

El coche permaneció inmóvil y la calle continuó funcionando como siempre.

Un hombre pasó caminando por la acera mientras hablaba por teléfono, una mujer salió de uno de los edificios contiguos y subió a otro vehículo, alguien cruzó la calle unos metros más adelante. Nadie parecía prestar atención al automóvil oscuro, únicamente yo: una mujer que debía estarse volviendo loca después de todo lo que había pasado y de tanto encierro.

Tragué saliva y me obligué a apartarme un poco del cristal.

Quizá estaba haciendo exactamente lo que no quería hacer: ver peligro donde no lo había.

Después de tantos años pendiente del sonido de unos pasos, de una puerta abriéndose, de un cambio en el tono de una voz que pudiera anunciar que algo malo estaba a punto de ocurrir, mi cuerpo se había acostumbrado demasiado a permanecer alerta.

No podía esperar que esa parte de mí desapareciera de golpe solamente porque ahora estaba en un departamento seguro.

Quizá aquel coche pertenecía a algún inquilino del edificio. Tal vez era de alguien que vivía enfrente. Podía ser un visitante, un empleado de algún lugar cercano o cualquier persona que hubiera encontrado estacionamiento en el mismo sitio dos días seguidos.

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