~MAKSIM~
El club rugía como un animal vivo bajo mis pies. La música golpeaba las paredes, el suelo, el aire, metiéndose en los huesos y haciendo vibrar cada maldita cosa a su alrededor. Era un sonido que conocía bien, uno que siempre me había resultado cómodo, familiar, parte de mi mundo.
Allí todo era simple. Ruido, alcohol, cuerpos sensuales, deseo, lujuria y sexo desenfrenado.
Nada de complicaciones. Nada de pensamientos innecesarios.
Y eso era exactamente lo que necesitaba en aquel instante de mi vida.
Estaba en mi reservado, el mejor del lugar, el único al que nadie accedía sin mi permiso. Desde allí tenía una vista privilegiada de todo el club sin ser parte directa del caos. O eso se suponía. Porque esa noche, aunque estaba rodeado de mujeres hermosas, de risas fáciles, de manos que buscaban llamar mi atención, de cuerpos que debían ponerme más duro que el acero, mi mente no estaba donde debía.
Mi maldita mente traicionera estaba en mi casa. En ella. En su sonrisa venenosa. En su maldita tranquilidad.
Apreté la mandíbula mientras una de las chicas se inclinaba sobre mí, murmurándome algo al oído que ni siquiera escuché. Ni siquiera le presté atención a su mano descarada que se posó en mi muslo y lo apretó deliberadamente.
No me interesaba. Ninguna de ellas me interesaba. Y eso… no era normal en mí ni en mi maldito cuerpo.
Resoplé, fastidiado conmigo mismo, y me serví otro trago de vodka sin mirar siquiera la botella. El líquido quemó al bajar, pero no lo suficiente como para borrar la imagen de Alessia apoyada contra la pared, mirándome como si yo no fuera nada, como si salir a acostarme con otras mujeres fuera algo que no le provocaba absolutamente nada.
Eso era lo que más me jodía.
No los insultos. No su carácter.
Eso.
Que no reaccionara. Que no se rompiera. Que no sintiera.
No como yo sí lo hacía, a tal punto que estaba comenzando a desquiciarme.
—Maldita sea… —murmuré entre dientes, dejando el vaso a un lado con más fuerza de la necesaria.
No.
Se acabó.
Me obligué a enderezarme en el asiento, a mirar alrededor, a hacer lo que había ido a hacer. Las mujeres estaban allí. Hermosas. Disponibles. Algunas con miradas descaradas, otras jugando a ser más difíciles. Todas sabían quién era yo. Todas querían lo mismo.
Y eso siempre había sido suficiente.
Recorrí sus cuerpos con la mirada, evaluando con frialdad, como siempre hacía. Cabello, curvas, postura, actitud.
Elegí rápido. No necesitaba pensar demasiado.
Tres. Las tres más llamativas del grupo. Las que sabían moverse tal y como yo necesitaba para poder ponerlas en cualquier posición con suma facilidad; las que no iban a tener miedo a nada que a mi perversa mente se le pudiera ocurrir; las que prometían exactamente lo que yo necesitaba esa noche: mucho sexo desenfrenado hasta quedar hasta quedar seco.
Una puta orgía con la que iba a descargar todo mi estrés.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...