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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 31

~MAKSIM~

El club rugía como un animal vivo bajo mis pies. La música golpeaba las paredes, el suelo, el aire, metiéndose en los huesos y haciendo vibrar cada maldita cosa a su alrededor. Era un sonido que conocía bien, uno que siempre me había resultado cómodo, familiar, parte de mi mundo.

Allí todo era simple. Ruido, alcohol, cuerpos sensuales, deseo, lujuria y sexo desenfrenado.

Nada de complicaciones. Nada de pensamientos innecesarios.

Y eso era exactamente lo que necesitaba en aquel instante de mi vida.

Estaba en mi reservado, el mejor del lugar, el único al que nadie accedía sin mi permiso. Desde allí tenía una vista privilegiada de todo el club sin ser parte directa del caos. O eso se suponía. Porque esa noche, aunque estaba rodeado de mujeres hermosas, de risas fáciles, de manos que buscaban llamar mi atención, de cuerpos que debían ponerme más duro que el acero, mi mente no estaba donde debía.

Mi maldita mente traicionera estaba en mi casa. En ella. En su sonrisa venenosa. En su maldita tranquilidad.

Apreté la mandíbula mientras una de las chicas se inclinaba sobre mí, murmurándome algo al oído que ni siquiera escuché. Ni siquiera le presté atención a su mano descarada que se posó en mi muslo y lo apretó deliberadamente.

No me interesaba. Ninguna de ellas me interesaba. Y eso… no era normal en mí ni en mi maldito cuerpo.

Resoplé, fastidiado conmigo mismo, y me serví otro trago de vodka sin mirar siquiera la botella. El líquido quemó al bajar, pero no lo suficiente como para borrar la imagen de Alessia apoyada contra la pared, mirándome como si yo no fuera nada, como si salir a acostarme con otras mujeres fuera algo que no le provocaba absolutamente nada.

Eso era lo que más me jodía.

No los insultos. No su carácter.

Eso.

Que no reaccionara. Que no se rompiera. Que no sintiera.

No como yo sí lo hacía, a tal punto que estaba comenzando a desquiciarme.

—Maldita sea… —murmuré entre dientes, dejando el vaso a un lado con más fuerza de la necesaria.

No.

Se acabó.

Me obligué a enderezarme en el asiento, a mirar alrededor, a hacer lo que había ido a hacer. Las mujeres estaban allí. Hermosas. Disponibles. Algunas con miradas descaradas, otras jugando a ser más difíciles. Todas sabían quién era yo. Todas querían lo mismo.

Y eso siempre había sido suficiente.

Recorrí sus cuerpos con la mirada, evaluando con frialdad, como siempre hacía. Cabello, curvas, postura, actitud.

Elegí rápido. No necesitaba pensar demasiado.

Tres. Las tres más llamativas del grupo. Las que sabían moverse tal y como yo necesitaba para poder ponerlas en cualquier posición con suma facilidad; las que no iban a tener miedo a nada que a mi perversa mente se le pudiera ocurrir; las que prometían exactamente lo que yo necesitaba esa noche: mucho sexo desenfrenado hasta quedar hasta quedar seco.

Una puta orgía con la que iba a descargar todo mi estrés.

Ellas asintieron de inmediato, listas, ansiosas, siguiendo mi ritmo. Era fácil. Demasiado fácil. Y justo cuando iba a dar el primer paso para salir del reservado con ellas, el ruido del club cambió.

No fue la música. Fue la gente.

Una ronda de fuertes vítores, silbidos masculinos agradecidos, aplausos y un murmullo colectivo que crecía como una ola, captando la atención de todos y cada uno en el lugar.

Me detuve de inmediato, ligeramente curioso por lo que había provocado a la multitud y fruncí el ceño.

No era habitual que algo robara la atención de esa forma, no en un lugar donde el exceso era la norma. Algo tenía que estar pasando.

Con una ligera molestia, me separé de las mujeres, ignorando sus protestas suaves, y caminé hasta la barandilla del reservado. Apoyé las manos en el borde y miré hacia abajo, hacia la pista, buscando el origen de ese jaleo.

Y entonces la vi y el tiempo no se detuvo. Se tensó.

Cada músculo de mi cuerpo se contrajo de golpe, como si alguien hubiera tirado de todos ellos al mismo tiempo. La sangre me golpeó las sienes, caliente, violenta, subiendo desde el pecho hasta la cabeza en cuestión de segundos.

Allí estaba. Sobre la barra. Bailando como si el mundo entero fuera suyo y provocando a mis malditos celos irracionales, primitivos y animales.

Alessia.

Mi maldita esposa.

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