~MINA~
Apreté el teléfono con el puño, mientras aquella pregunta me retumbaba dentro de la cabeza y el miedo me recorría completa, frío y pegajoso, y durante unos segundos sentí que mi cuerpo quería hacer exactamente lo peor que podía hacer en ese momento: quedarse inmóvil.
Tuve que obligarme a respirar y pensar. No podía sentarme a esperar que Artem llegara como si aquello fuera una de mis pinches novelas y el galán apareciera justo cuando la protagonista estaba a punto de morir.
Artem estaba quién sabía dónde, posiblemente todavía en un avión, y esos cabrones ya venían por mí. Si Ezequiel me encontraba otra vez, prefería que me sacaran muerta de aquel departamento antes que regresar voluntariamente con él, pero si iba a terminar así, no pensaba ponérselo fácil a nadie.
Guardé el teléfono en el bolsillo y fui hacia la cocina tan rápido como el pie me permitió.
El dolor apareció cuando lo apoyé con demasiada fuerza, pero lo ignoré y abrí uno de los cajones hasta encontrar el cuchillo más grande que pude manejar con una sola mano.
Lo agarré con fuerza y miré alrededor tratando de pensar qué más podía hacer.
Eran varios hombres armados. Yo tenía un pie todavía lesionado y un cuchillo de cocina. Si intentaba enfrentarme directamente a ellos, duraría menos que un pinche helado bajo el sol.
Necesitaba conseguir una ventaja, aunque fuera pequeña.
Mi mirada cayó sobre el tablero eléctrico del departamento y una idea apareció de golpe. No sabía si era inteligente o una completa estupidez sacada de alguna película, pero no tenía tiempo para discutir conmigo misma.
Fui hasta los fusibles y los bajé todos. El departamento quedó completamente a oscuras.
La poca luz que entraba desde afuera apenas dibujaba las formas de los muebles, pero yo llevaba días viviendo allí y sabía dónde estaba cada cosa. Ellos no.
Respiré hondo, regresé a la cocina y abrí completamente la ventana que daba hacia las escaleras de emergencia. La dejé así, evidente, como si hubiera salido corriendo por allí, y durante un segundo incluso pensé en hacerlo de verdad. Pero no sabía cuántos hombres había abajo ni si también estaban cubriendo esa salida. Si me atrapaban en aquellas escaleras con el pie jodido no tendría dónde esconderme.
Escuché un golpe en algún lugar del pasillo y mi corazón volvió a dispararse.
Ya estaban en el piso.
Agarré una de las muletas, avancé hacia la sala y entonces recordé el pequeño armario empotrado cerca de la entrada. Era estrecho y estaba prácticamente vacío, por eso cabía dentro si me encogía lo suficiente.
Dejé la muleta detrás del sofá para que no quedara a la vista, abrí el armario y me metí como pude, conteniendo un gemido cuando el pie se dobló en un ángulo incómodo. Tuve que encoger las piernas, pegar la espalda contra la pared y mantener el cuchillo contra mi pecho para no golpear nada.
Cerré despacio y dejé apenas el mínimo espacio entre las puertas.
Los pasos llegaron hasta afuera. Me llevé una mano a la boca cuando un golpe brutal sacudió la puerta principal. Luego otro. El tercero hizo que algo crujiera y el cuarto terminó por reventarla.
Los hombres entraron.
Vi destellos de linternas atravesar la oscuridad por las rendijas del armario y escuché varias voces masculinas maldiciendo. Uno encendió alguna luz portátil y otro tropezó con algo antes de soltar un insulto.
Yo apenas respiraba. Sentía el corazón golpeándome tan fuerte que estaba convencida de que podían escucharlo desde afuera.
—Aquí es —dijo uno—. Estoy seguro. La vieron en esta ventana.
—Entonces búsquenla —ordenó otra voz, más firme que las demás—. Revisen todo.
Escuché pasos dispersándose por el departamento, puertas abriéndose, muebles moviéndose y alguien entrando hacia el pasillo de las habitaciones. Entonces la voz del que parecía estar al mando volvió a sonar.
—Y métanse esto en la cabeza: no podemos matarla ni hacerle demasiado daño. El patrón la quiere viva para cobrarle él mismo lo que le hizo. Si se pone pendeja, la someten. Nada más.
Sentí que el estómago se me cerraba cuando confirmé lo que ya sospechábamos.
Ezequiel estaba vivo.
Apreté el mango del cuchillo hasta que me dolieron los dedos.
«Sí me querían llevar con él, iban a tener que chingarle bastante para conseguirlo.»
Uno de los hombres pasó frente al armario y desapareció hacia las habitaciones. Otro empezó a revisar la sala. El líder permaneció cerca de la entrada, moviendo su linterna lentamente por las paredes y los muebles.
Lo veía apenas por las rendijas: alto, ancho, armado. Cada vez que daba un paso hacia mí, tenía que recordarme que no debía moverme. Ni respirar fuerte. Ni permitir que el miedo me hiciera cometer una estupidez.
Se acercó. Un paso. Otro. La luz de su linterna atravesó las rendijas y durante un segundo me cegó.
Sentí que el corazón se me trepaba hasta la garganta cuando quedó justo frente al armario.
Vi su mano levantarse de sus dedos tocaron el tirador.
—¡Jefe! —gritó alguien desde la cocina.
La mano se detuvo y casi me desplomé del alivio, pero ni siquiera tuve tiempo de hacerlo.
—¿Qué?



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Alguien me puede explicar como del 88 salta al 89 del futuro como asi que Lexia esta embarazada de nuevo...
A mi tampoco me deja y tengo saldo...
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...