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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 42

~ARTEM~

—Mira quién se acordó de que todavía tenemos un trato pendiente —fue lo primero que soltó León Valdés apenas respondió la llamada que le estaba haciendo—. ¿Dónde chingados te metiste, ruso? Te desapareciste y me dejaste esperando una respuesta.

Me apoyé contra el borde del escritorio de una de las habitaciones de la casa de Nogales y miré hacia la puerta cerrada.

Había esperado a que Mina terminara con lo que estaba haciendo antes de apartarme para realizar aquella llamada. No porque temiera que escuchara algo que no debiera, sino porque aquello era un asunto que necesitaba manejar sin interrupciones.

—Surgieron algunas complicaciones y tuve que regresar a Chicago.

—Eso ya me lo imaginé. Lo que no me imaginé era que te fueras sin decir ni madres.

—No tuve tiempo de despedirme de ti, Valdés. Espero que no hayas llorado demasiado.

Una risa seca llegó desde el otro lado.

—No te emociones, ruso. Para llorar por ti primero tendrías que tener unas buenas tetas y un buen culo y aunque reconozco que sí estás chulo, canijo, hasta ahora no te los he visto por ninguna parte.

Solté una risa breve ante su comentario.

—Entonces estamos a salvo.

—Lo que no está a salvo es el pinche acuerdo que llevamos semanas estirando. ¿Ya hablaste con Volkov o todavía tengo que seguir esperando?

—Ya hablé con Maksim y tengo su respuesta. Nos reuniremos pronto para terminar de discutir los términos.

—¿Y cuál fue?

—Eso te lo diré cuando nos veamos.

Valdés soltó algo entre dientes que no alcancé a distinguir, aunque por el tono dudaba que hubiera sido un cumplido.

—Siempre tan complicado.

—No es que sea complicado, simplemente pasa que en este momento no te estoy llamando por eso.

Hubo una pequeña pausa.

—Entonces ¿para qué me llamas, ruso?

Enderecé el cuerpo.

—Necesito que me hagas un favor... uno privado.

—¿Favor? ¿Qué favor?

Guardé silencio unos segundos y miré hacia las ventanas, como si alguien pudiera estarme espiando y escuchando la conversación. Era imposible, pero aún así bajé la voz.

—Necesito que localices a dos hombres de Montalvo.

Esta vez Valdés tardó un poco más en responder.

—¿Qué hombres?

—Uno se llama Ramiro. Le dicen el Rami. Moreno, grande, ahora debe andar cerca de los cincuenta, cabello corto. El otro es Chuy. Más joven, delgado y tiene una cicatriz cerca de una ceja. Los dos trabajaban directamente para Montalvo desde hace años y eran hombres de confianza.

—¿Eran?

—No sé si todavía lo son. Eso es parte de lo que necesito que averigües.

—Ajá.

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