~MAKSIM~
Volví a la casa exactamente tan tarde como lo había planeado en la mañana cuando salí a primera hora, prácticamente huyendo de mis propios sentimientos y deseos, para poder calmarlos. Con lo único que no conté es con que no iba a volver más relajado, sino peor.
Tenía la mandíbula tensa y la cabeza llena de un ruido constante que ni el trabajo, ni las reuniones, ni los malditos problemas que resolví durante el día lograron apagar.
Había intentado mantenerme ocupado, saturarme de decisiones, de números, de órdenes, de cargamentos, de cualquier cosa que me mantuviera lejos de esos pensamientos que no dejaban de regresar una y otra vez, pero fue inútil.
Cada conversación se desdibujaba en algún punto y terminaba llevándome de vuelta a Alessia; a su boca insolente, a su risa mordaz, a la forma en que me miraba sin ningún temor, a su carácter orgulloso y temerario y... a su cuerpo.
Y lo peor no era eso. Lo peor era que ya no sabía si quería que me temiera y me obedeciera, o si le estaba tomando el gusto a que me replicara cada vez que le ordenaba hacer algo y mandara mis órdenes a la m****a, porque todo el maldito día estuve deseando volver a la casa para discutir con ella, al menos, porque, extrañamente, parecía que esas discusiones estaban volviendo mis días más emocionantes.
Apreté el volante con más fuerza de la necesaria durante el trayecto, como si eso pudiera sacarme de la cabeza la imagen de su cuerpo, de sus tetas en mi boca y, luego, sus manos empujándome para rechazarme y de sus palabras clavándose donde más jodían.
Había pasado el día entero intentando convencerme de que todo aquello no significaba nada, de que era una distracción, una maldita confusión provocada por el estrés, por la falta de descanso, por la falta de sexo..., por cualquier excusa que me sirviera para no aceptar lo evidente. Pero cada vez que trataba de apartarla, volvía con más fuerza, como una obsesión que se instalaba en mi sistema sin permiso.
Cuando finalmente crucé las puertas de la casa, el lugar estaba sumido en la penumbra y la quietud que solo se siente cuando todos duermen. No había voces, ni pasos, ni ese murmullo constante que había empezado a asociar con su presencia.
Avancé unos pasos, recorriendo con la mirada la sala de estar, esperando encontrar alguna señal de que aún estuviera despierta, alguna excusa para verla sin tener que admitir que eso era exactamente lo que estaba buscando.
No había nadie. Ni en la sala, ni al asomarme hacia el jardín de la piscina. Todo estaba en calma, demasiado en calma para alguien que llevaba el día entero con la cabeza en guerra.
Desanimado por no haberla visto, pero con la determinación de no hacer algo para conseguir lo contrario, subí las escaleras sin hacer ruido y entré a mi habitación con la sensación incómoda de haber perdido algo que ni siquiera tenía claro qué era.
Me deshice de la ropa y me metí a la ducha esperando que el agua fría me ayudara a aclarar las ideas, pero no lo hizo. Solo consiguió que mi cuerpo reaccionara, que la tensión cambiara de forma, a algo más ardiente.
Cerré los ojos un momento, apoyando la frente contra la pared, respirando hondo, intentando apagar el maldito incendio que llevaba dentro, pero lo único que conseguí fue verla otra vez, sentir su piel bajo mis manos, bajo mis labios, bajo mi lengua.
Sin poder contenerlo, deslicé mis manos por mi duro abdomen, tomando el camino hacia el sur, hasta que mi mano envolvió mi firme erección y la estrangulé como si fuera mi peor enemigo, mientras pensaba en ella; mientras pensaba que era su sexo el que estrangulaba mi tallo.
Bombeé mi mano alrededor de mi longitud sin miramiento alguno, gimiendo y gruñendo por lo bajo, hasta que mi éxtasis me chorreó la mano y luego cayó al suelo, mezclándose con el agua de la ducha y perdiéndose en la coladera.
Cuando salí de la ducha me sentía más irritado que antes, me vestí solo con los pantalones de pijama y me metí en la cama con la esperanza absurda de que el cansancio hiciera su trabajo y me dejara en paz.
Durante un rato pareció funcionar. Mi cuerpo se relajó, mi mente se apagó lo suficiente como para dejarme caer, y el sueño me arrastró sin pedir permiso. Pero no tardó en volverse contra mí.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...