~MINA~
Que todavía estuviera mal del pie no significaba que me iba a quedar otras cuantas semanas acostada en mi cama o sentada en un sillón haciendo nada y muriéndome del pinche aburrimiento. Así que esa noche, valiéndome madre las protestas del güero, tomé el control de la cocina y me puse a cocinar unas enchiladas de pollo que, no es por nada, pero me quedaron de rechupete.
Le serví al güero su plato y luego me senté frente a él para empezar a comer, pero antes de hacerlo me quedé observándolo por un momento para ver su reacción al probar mi comida.
Esperaba que le gustara y me felicitara por mi buena sazón, pero el pinche güero se limitó a mirar el plato, enarcó una ceja, se puso a comer y se concentró en su teléfono como si estuviera comiendo cualquier cosa.
Cabrón.
Y yo que le había puesto tanto empeño a la comida para que al desgraciado le gustara y él no le había tomado la menor importancia.
«Ojalá le dé diarrea», pensé, mientras alargaba la mano para agarrar la salsa picante y echarle a mis enchiladas.
Me puse a comer, intentando ignorarlo, pero unos minutos después el silencio que se asentó entre nosotros me empezó a parecer de lo más incómodo.
Sí, yo era una parlanchina y no me gustaba el silencio. Ya había pasado suficiente tiempo a solas y rodeada de silencio en aquel departamento de Sinaloa, como para que el pinche güero me ofreciera lo mismo ahora que estaba allí, cenando junto a mí.
No me importaba si él disfrutaba del silencio y quería eso, yo quería hablar y eso era lo que iba a tener.
—Oye, güero —dije—, tú ya conoces casi toda mi pinche vida y yo de ti apenas sé que te llamas Artem Sokolov, que eres ruso, que perteneces a la Bratva y que tienes una obsesión enfermiza con darme órdenes.
Artem levantó la mirada enarcando una ceja y me vio.
—Pues eso es todo lo que hay para saber sobre mí —refutó.
Fruncí el ceño y negué.
—Por supuesto que no.
—¿No?
—No. Hay mucho más.
Dejó el tenedor y el cuchillo sobre el plato y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Entonces ¿qué más hay para saber, según tú?
Me encogí de hombros sin saber exactamente qué era lo que quería saber sobre él.
—Eh..., no sé. Hmm, ¿quizá las cosas más personales?
Su ceja se enarcó más.
—¿Cosas más personales?
—Sí. Para empezar, ¿cuántos años tienes?
Ladeó una sutil sonrisa, como si le divirtiera mi interrogatorio.
—Treinta y cinco.
Así que el güero me llevaba diez años. Vaya.
Guardé silencio por unos segundos, esperando que él me hiciera la misma pregunta.
—¿No te interesa saber mi edad? —solté finalmente cuando me di cuenta de que no iba a preguntar.
—¿Por qué iba a tener que preguntar si eso ya lo sé? —rebatió.
Mi entrecejo se arrugó.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Alguien me puede explicar como del 88 salta al 89 del futuro como asi que Lexia esta embarazada de nuevo...
A mi tampoco me deja y tengo saldo...
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...