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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 45

~MAKSIM~

Supuse que iba a poner resistencia; que me iba a empujar con fuerza para rechazarme y correrme de su habitación, pero no fue así.

Como si lo hubiese estado deseando tanto como yo, sus piernas se abrieron para recibirme y me posicioné entre ellas, de modo que la rígida longitud de mi erección se alineó con el panel frontal de sus bragas. Incluso a través de la tela, podía sentir su calor y su humedad, y eso me enloqueció.

Le metí la lengua dentro de la boca, haciéndola coincidir con el rechinar de mi polla contra el sexo de ella. Alessia gimoteó y descaradamente apretó sus muslos alrededor de los míos, volviendo más intenso el rechinar de nuestros sexos.

Mis manos se abrieron paso por debajo de su camisón y se deslizaron sobre su estómago y continuaron hasta su pecho, hasta que mis dedos llegaron a sus pezones y le pellizqué las puntas apretadas y sensibles.

Volvió a gemir y acarició su mano a lo largo de mi tonificado estómago, hasta alcanzar mi entrepierna. Debajo de mis pantalones de pijama estaba duro y grueso, todo para ella.

Mi polla palpitó contra su palma y ella la apretó por encima de la tela. Luego, como si quisiera más, sus dedos se metieron dentro de la cintura de mis pantalones y me alcanzaron la polla, rozándolo y acariciándolo hasta que sentí que se me iba a reventar de necesidad.

Joder. Si no paraba de hacer eso, me iba a correr contra su mano como un puto adolescente precoz.

Le tuve que agarrar la muñeca y sacar su mano de allí.

Sujetando la otra con mi mano libre, las llevé a ambas hasta los lados de su cabeza y las aprisioné contra el colchón.

Gruñendo contra sus labios, apoyé mis caderas contra las de ella y, con mi polla cubierta con la ligera tela del pantalón de pijama, empujé contra su montículo, dándole una pequeña probadita de todo lo que tenía para darle.

Empujé una vez más y otra y otra, aumentando con cada movimiento el vigor del empuje de mis caderas. Alessia gimió como si no hubiera ropa de por medio y realmente la estuviera penetrando. La cama chirrió contra el piso y yo sentí que casi me venía en los pantalones.

M****a. Tenía que estar dentro de ella, si o sí.

Abandoné su boca y presioné mi cara contra su cuello. Mi aliento caliente y húmedo contra su piel mientras lamía un camino chispeante hasta su oreja.

—Dime que quieres que te folle —le dije, con mi voz casi suplicante—. Por favor, dímelo.

Ella movió la cabeza y negó, dejándome en shock. Levanté la cabeza con brusquedad y la miré, esperando que fuera una maldita broma, porque sentía que las pelotas me iban a explotar.

—¿Qué? —murmuré, incapaz de creer lo que estaba escuchando.

Soltó sus manos de mi agarre y luego las llevó a mi pecho para empujarme a un lado.

—Sí lo quiero —aclaró—. Joder, sí. Lo deseo. Pero, yo no voy a ser solo tu revolcada de una noche y ya.

—¿Qué? No... —murmuré, contrariado—. No será solo eso.

Levantó una ceja inquisitiva.

—¿Ah, no? —Se apoyó en una mano y se levantó, sentándose con la espalda erguida y la barbilla alzada en uno de esos gestos altivos que la caracterizaban—. Entonces dime... ¿Qué diablos va a ser esto?

Hizo un gesto leve entre ambos, señalando la distancia inexistente, la tensión, todo lo que no estábamos diciendo.

—¿Es solo deseo?

Su pregunta me atravesó directo.

No era complicada. No era ambigua. Era directa y jodidamente incómoda.

Exhalé con fuerza, pasando una mano por mi rostro antes de mirarla de nuevo.

—Sí —dije al final, con la voz más áspera de lo que pretendía—. Es deseo.

No añadí nada más. No suavicé la respuesta. No lo adorné.

¿QUÉ ES? 1

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