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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 86

~ARTEM~

Salí del edificio todavía pensando en la propuesta de Mina. Intenté concentrarme en cualquier otra cosa mientras conducía hacia la casa de Maksim, pero cada pocos minutos mi cabeza regresaba al mismo punto: un año, matrimonio por conveniencia, protección, entrenamiento, Ezequiel muerto y, al final, divorcio.

Mina había logrado meterme una cantidad absurda de problemas en la cabeza antes siquiera de terminarme el desayuno.

Estaba detenido en un semáforo cuando el teléfono comenzó a vibrar sobre la consola. Miré la pantalla y fruncí el ceño al leer el nombre de León Valdés.

Acepté la llamada y activé el manos libres.

—Dime.

—Hola, ruso. Saluda al menos.

Resoplé irritado. Lo que menos quería en ese momento era hablar con Valdés.

—¿Qué quieres?

Su risa llegó inmediatamente del otro lado.

—Qué carácter, ruso. Uno llama para saludarte y así me recibes.

—Tú no llamas para saludar.

—Bueno, ahí sí tienes razón.

El semáforo cambió y volví a avanzar.

—Habla.

—Me llegaron unas noticias interesantes esta mañana.

No respondí. Dejé quefuera al punto.

—Ramiro está muerto —continuó—. Y también Chuy.

Mis dedos se apretaron ligeramente alrededor del volante.

—Sinaloa es peligroso. Muy peligroso.

—No te me hagas pendejo.

Solté aire por la nariz.

—Entonces no preguntes cosas cuya respuesta ya conoces.

Valdés rio otra vez, aunque esta vez había menos humor en el sonido.

—No necesito saber exactamente qué pasó. Me vale madre quién jaló el gatillo, dónde acabaron o qué les sacaste antes de mandarlos al otro mundo. Lo que sí sé es que yo te conseguí a Ramiro cuando me lo pediste y, poco después, tanto él como Chuy terminan muertos. No me gustan demasiado las casualidades, ruso.

—¿Y? ¿Cuál es el problema entonces?

—Que yo cumplí mi parte.

Aquello sí consiguió que mi expresión se endureciera. Sabía perfectamente adónde quería llegar.

—No he dicho lo contrario.

—Entonces no me hagas esperar a mí.

Giré en la siguiente avenida.

—No he olvidado nuestro trato, León.

—Pues empieza a parecerlo. Porque Ezequiel Montalvo sigue respirando y siendo un dolor en el culo para mí.

Mi mandíbula se tensó.

Valdés no sabía que, en medio de todo aquello, habíamos encontrado a Emiliano, sacado al niño de manos de Lorena, enfrentado hombres de Montalvo, abandonado México y cruzado media puta nación hasta llegar a Chicago. Tampoco sabía que esa misma mañana Mina me había dicho con total serenidad que pensaba prepararse hasta ser capaz de regresar y matar personalmente a Ezequiel.

Y no tenía por qué saberlo.

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