Kennedy
Por más que lo deseaba, no volvió a pasar nada entre el Alfa Ryker y yo. De hecho, apenas alcancé a verlo entrar y salir de la casa de la manada durante la semana, y los últimos dos días antes de regresar a Creciente Plateado no lo vi para nada.
Sabía que estaba ocupado dirigiendo varias manadas unificadas con probablemente miles de miembros, pero su habitación estaba al lado de la mía y podía oler su loción en el pasillo e incluso en el balcón, así que sabía que seguía allí. Solo estaba fuera de mi alcance.
Siendo realistas, debimos habernos encontrado al menos un par de veces, pero sentía que me estaba evitando. Y luego me daban ganas de darme una cachetada, porque ¿por qué tendría que haberme importado? Nunca había querido repetir con ninguno de los lobos con los que había estado. Incluso había mantenido a Ben a raya, a pesar de que había estado con él varias veces. No sabía por qué aquello era diferente, pero lo era.
Por mucho que me sacara de quicio, había algo en él que me tranquilizaba, aunque nunca lo admitiría en voz alta. No había tenido ni una pesadilla en toda la semana. No me había despertado gritando y aterrada desde que habíamos llegado.
—¿Cómo vas con todo? —me preguntó Jeremiah una mañana en el desayuno.
Como no le había hablado a él ni a ninguno de los chicos, supuso que no estaba siendo sincera al respecto.
—Es culpa de Greta —le dije—. Necesito a alguien como ella en nuestra manada para que me entrene hasta el cansancio todos los días.
Aunque alguien estaba conmigo casi todo el tiempo, de vez en cuando sentía que se me erizaban los vellos de la nuca, como si sintiera que me observaban. Alguien me estaba mirando, siguiéndome. Podía sentirlo, pero cada vez que miraba a mi alrededor, no había nada inusual que ver. Ellos me estaban volviendo paranoica y esa sensación de inquietud me estaba hartando.
Bennet era un gran anfitrión y guía; parecía conocer a todo el mundo. Encontré la que probablemente era mi heladería favorita, a la cual los hice volver todos los días desde que conocí esas delicias artesanales. Nunca había probado postres como las galletas y el helado que me dieran ganas de llorar de lo ricos que estaban.
Había una tienda pequeñita que tenía joyería hecha a mano, bolsos y otras curiosidades. La dueña era original, con un estilo muy hippie, y me hizo reír con todas sus historias sobre cómo se le ocurrían sus ideas y diseños, muchos de ellos subidos de tono, para pena de Ben y Bennet. Se convirtió en mi segunda compañía favorita allí, después de Emily.

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