La pobre mujer se compadeció de aquella joven e inexperta profesora, pues entendía que aquella profesora no conocía toda la historia de las hijas del matrimonio recién disuelto de los Montemayor.
La profesora Linares bien sabía que Renata era extrovertida y todo un caso; ella era la representación de la falta de límites, mientras que Diana, era más centrada y comprensiva, pero introvertida.
Sin pensarlo más, la mujer mayor sacó su agenda y buscó el teléfono de Esteban Montemayor, quien, a cierta edad, también había sido su alumno.
La mujer corrió con suerte, pues su llamada fue tomada en el momento en que Esteban iba saliendo de una larguísima junta en donde él, junto con varios integrantes del grupo Montemayor, intentaban desbarrancar al nuevo CEO del grupo Montemayor.
Toda aquella larguísima junta se vino abajo debido a una misteriosa llamada que el joven Ángel Forcelledo había recibido, en donde, después de eso, salió de la sala y los dejó botados sin pensarlo dos veces.
- ¿Esteban? ¿Esteban Montemayor? —preguntó la mujer un tanto dudosa.
- Sí, supongo que es de la escuela de mis hijas. ¿Quién habla? ¿Qué necesita?
- Señor, soy la profesora Ermenegilda Linares, le llamó por un tema en particular.
Esteban tomo aire y suspiró. Una llamada del colegio de sus gemelas era lo ultimo que deseaba esa tarde, pero ya había cometido el error de tomar la llamada, ahora debía atenderla con toda la cordialidad que su paciencia le dejara.
- Dígame… —dijo el hombre frotando con una mano la sien mientras caminaba hacia su nueva y reducida oficina.
- Señor, tengo en la institución a una de mis profesoras cuidando de su hija Renata, la cual, sigue en espera de que alguien vaya a recogerla, pues nadie ha llegado y su hija se rehúsa a que se le llame a la madre. La menor dice que, si lo hacemos, usted despedirá a quien lo haga; dígame, ¿cómo procedemos? ¿Llamamos a la madre?
Esteban se quedó sin aliento, ni palabras; la boca inmediatamente se quedó sin saliva. El nombre de Lorena se le vino a la mente; esta era la única tarea que tenía que hacer. ¿Dónde demonios se encontraba esa mujer?
- Señor Montemayor, sé que usted hace generosos donativos a la institución, pero debe comprender que mi personal tiene un horario y no podemos permitir que usted dicte cómo se debe trabajar ahí; además, la niña está cansada y, sobre todo, hambrienta.
La cafetería está cerrada y no podemos, más bien, no debemos mover a su hija de este lugar, pues se podría malinterpretar; incluso podrían acusarnos de secuestro. Necesito que vaya ahora mismo a traerla o envíe a quien deba, a recogerla.

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