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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 132

Lorena llevaba un par de horas en la recepción del grupo Montemayor, aquel lugar que por unos meses lo sintió más suyo que incluso la propia Marina.

En este momento no podía parar de pensar en lo estúpida que había sido un día antes. ¿Cómo demonios se le había pasado la mano con el vino? Más aún, ¿cómo demonios, había dejado que su boca escupiera lo que de verdad pensaba?

En la mente de Lorena no dejaba de rondar la idea de que, si Esteban la dejaba, ella estaría perdida. Toda su vida en Nueva York se le fue en gastar; jamás se vio en la necesidad de pensar en el futuro. Su belleza, su preparación y sus encantos le eran suficientes para desenvolverse en un mundo invadido de hombres que hacían todo por complacerla.

Lorena jamás en su vida atinó a pensar en que no todo se queda estático; el tiempo avanza y pasa cobrando factura de acuerdo a lo trabajado.

El día que cometió un error garrafal en la compañía para la que laboraba, esperaba que, por su puesto y sus años de trabajo, sumando, claro, las buenas relaciones sociales con las que contaba, no tendrían impacto negativo, solo sería una llamada de atención y nada más, pero no, hubo alguien que no vio ese error de la misma manera que ella y, finalmente, la despidió.

Tras aquello, Lorena había sido boletinada no solo por el error, sino por una larga lista de faltas en las que había incurrido, cerrándole las puertas en varias compañías de renombre, lo cual la llevó a la única opción que tenía, y esa era Esteban Montemayor y su amor de juventud.

Esteban venía a representar un salvavidas; si hacía las cosas de la manera correcta, ella en poco tiempo sería ama y señora de todo un imperio, pues de los hermanos de Esteban, ninguno se quería hacer cargo del negocio familiar, así que, prácticamente, su futuro estaba asegurado.

Todo iba de acuerdo al plan; había reconquistado a Esteban. Él se había aferrado a la nostalgia del pasado tanto que, aun estando casado, nada de eso le importó y volvió con ella, prometiendo separarse de la mujer con la que compartió vida por 9 años.

Siendo honesta consigo misma, sabía que lo haría, pero no esperaba que lo hiciera tan rápido. Cuando él le dio la noticia, la hizo de verdad muy feliz. ¿Y cómo no iba a estarlo? Ella prácticamente ya escuchaba las campanas de la iglesia, ya se veía tomando posesión de un puesto a un lado de la silla del CEO; ella no sería la asistente, sería la mujer detrás del hombre y sería la que poco a poco movería los hilos de todo.

El imaginar que todo esto se le estaba escapando de las manos por un estúpido arranque de sinceridad la ponía furiosa, pero debía calmarse, debía llorar, rogar, suplicar y ofrecer lo que fuera para no dejar ir tan maravillosa oportunidad, puesto que, aunque era buena trabajando, el mundo que Esteban prometía no era cualquiera.

Saliendo un poco de todos aquellos pensamientos que la atormentaban, se volvió a acercar a Tania, la recepcionista.

—Tanía, ¿ya le has avisado a Esteban que sigo aquí en recepción? —dijo Lorena con un tono de voz exasperado.

—Señorita Huesca, le digo que el señor Montemayor ya sabe y me pidió que no le diera acceso; por favor, no me ponga en un dilema y no me haga repetirlo dos veces. —dijo Tania nerviosa, pues esta mujer se notaba que estaba a nada de golpear a alguien.

Aquella joven mujer se percató de que Lorena Huesca iba completamente diferente a como siempre se presentaba. Ella, al igual que Ana, en meses pasados sentía un poco de lástima por Marina Salas, quien era la verdadera esposa, pues, si bien esta mujer era increíblemente bella y no había nivel de comparación, se ponían en los zapatos de la esposa y jamás les gustaría vivir una traición a ojos vistos como esa.

—¿O si no qué idiota? ¿Qué? ¿Usarás a seguridad? ¡A ver! —¡Quiero ver que lo hagas! —expresó Lorena ya perdiendo la calma que hasta hace minutos mostraba. —¿Sabes quién soy yo? ¿Sabes que soy la mujer de Esteban Montemayor? ¿Sabes que me estás negando ver a mi marido?

Lorena sabía bien que no era verdad, pero en su mente, sabía que era el último recurso que tenía para amedrentar a la mujer que tenía frente a ella. Una a la que, por cierto, miraba como si fuese muy inferior a ella.

—Señora Huesca, no necesita usar ese tipo de lenguaje aquí. Ya le he dicho que el señor Esteban está en una reunión importante y no puede atenderla; usted fue quien decidió que lo esperaría el tiempo que fuera necesario.

Lorena aún temblaba por el efecto de la resaca; se sentía somnolienta, mareada y nerviosa. Su cuerpo sudaba frío; lo podía sentir en la ropa que ya tenía mojada. Ella realmente no podía creer que estuviese pasando por esto.

—¡Responde, idiota! ¡Responde! ¿Me vas a sacar? ¿Le piensas hablar a seguridad? ¡Anda! ¿Quiero ver que te atrevas a hacerlo? Esteban se va a enterar de esto y no te irá nada bien... —Expresó la mujer en un tono amenazante.

—¡Lorena! Tania no tiene por qué hablarle a seguridad; yo soy quien lo va a hacer... —Se escuchó la voz furiosa de Esteban.

Lorena, al escucharlo, sintió un escalofrío recorrerla, puesto que él nunca le había hablado de esa manera, menos estando frente a alguien desconocido.

—¿Acaso hablo en otro idioma? ¡Vete! No tienes nada que hacer aquí; es más… ahora que lo pienso mejor, te doy 24 horas para que desocupes mi casa. Te había dado una semana, pero, viéndolo bien, no tengo por qué padecer si tengo donde vivir, así que apresúrate o pediré a una mudanza que lo haga y tiraré todas tus cosas. ¿Entendiste?

Lorena se quedó en shock; ella jamás imaginó tener que volver a ver esa parte de Esteban, porque sí, sí ya había experimentado esto en el pasado. Para ser precisa, eso lo vivió un día antes de que él se casara con Marina.

El recuerdo era muy nítido; ella fue a pedirle que no lo hiciera; él le hizo pensar que no lo haría. Tras aquello pasaron la noche juntos y luego, sin pensarlo más, tan pronto como amaneció, la desechó justo como ahora. Si en ese momento se sintió humillada, ahora era mucho peor, pues en ese entonces solo ellos dos lo supieron, pero ahora todos los que iban y venían se estaban percatando de esto.

—¿Señor Montemayor? ¿Me llamaba?

—Leo, necesito que esta mujer abandone las instalaciones del grupo Montemayor. No sé cómo es que con esta apariencia pudo estar aquí horas; Tania ya le pidió de buena manera que se retire y no lo hace, así que tú sabrás cómo manejar de la mejor manera este asunto.

Leo se quedó sin palabras; el hombre conocía muy bien a la mujer parada ahí frente a ellos y hasta hace unos meses, el mismo Esteban le había pedido que le diera todos los accesos posibles. ¿Qué había sucedido? Él no lo sabía y no lo quería ni averiguar.

El mismo Leo había sido al que le habían avisado de que Marina Salas ya no debía cruzar ni el estacionamiento luego de su última visita, pues en un acto de mera dignidad, se le había ocurrido defenderse de Lorena Huesca. ¿Y ahora esto? Definitivamente, los ricos tenían una manera de pensar muy extraña, pensó, pero no lo dijo y solo se limitó a asentir.

—Señorita Huesca, por favor, necesito que salga de las instalaciones o me veré forzado a hacer uso de la fuerza por estar en propiedad privada.

Lorena miró a los ojos a Esteban; sus mejillas se sentían calientes, un nudo muy grande se instaló en su garganta. No tenía que ser muy lista para saber que estaba perdida; él era su único salvavidas y ahora, él también la iba a dejar que se hundiera.

Sin pensarlo más y tratando de conservar un poco de dignidad, no se dejó tocar por Leo; simplemente le lanzó una mirada asesina a Esteban y, sin decir más palabra, salió por su propio pie. Era más que obvio que no sabía qué iba a hacer ahora, pero esto, esto no se iba a quedar así; esta vez, Esteban no la iba a botar tan fácil.

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