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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 174

Capítulo 174: ¿Qué tipo de vigilancia?

Luego de dejar a su hija, Marina fue a su habitación; ya no llevaba la misma energía con la que había llegado, incluso con la que había bajado a ver a sus niñas. El comentario que había expresado Diana le estaba preocupando y, a la vez, le estaba molestando. ¿Por qué? ¿Por qué ahora? Pensaba Marina, conflictuada.

No queriendo pensar más en el terma, tomó un largo baño y se permitió recordar lo que había sucedido en esos dos maravillosos días que, sin duda, sentía la enorme necesidad de regresar el tiempo para volver a vivirlos.

—Dos días atrás— Luego de salir de la tina de lodo, Marina se enjugó el cuerpo; al mirarse en el espejo, se sentía un tanto avergonzada, puesto que este contenía varias marcas que, evidentemente, no eran un golpe o algo por el estilo.

Marina recordaba haber visto en las películas que cuando daban algún masaje a alguien, normalmente debía estar desnuda. ¿Cómo dejaría que alguien viera su cuerpo lleno de marcas? Por un momento maldijo a Efraín y su boca experta que la hacía perder el control.

—¿Señora Forcelledo?

—¿Eh? ¿Sí? Digame... —respondió Marina ya acostumbrándose a ese título ficticio.

—¿Me acompaña? Es momento de que la llevemos a un masaje relajante con piedras calientes; créame, le va a encantar. —dijo la masajista con propiedad.

—¿De verdad?

—Sí, ya verá que saldrá muy relajada; ya solo querrá ir directo a la cama para dormir como unu bebé.

—¡Está bien! ¡Vamos por aquel masaje! —dijo Marina dejándose seducir por aquellas palabras mágicas de "dormir como un bebé".

Al llegar a aquel cubículo, el lugar lucía bastante relajante: luz amarilla tenue, aroma relajante, flores y una cama que instaba a recostarse a dormir.

—Aquí puede dejar sus cosas y por ahí puede tomar una toalla. Una vez que esté lista, se recuesta boca arriba y nos avisa, ¿ok?

—Sí, está bien... —dijo Marina recordando aquellos pequeños detalles en su cuerpo.

Por un momento se quedó pensando en la enorme vergüenza que estaba por pasar, pero luego pensó mejor las cosas; ella era una mujer adulta, supuestamente venía con su marido, todo el mundo tiene sexo y aquellas marcas eran parte de eso, así que tampoco era como que la hubiesen encontrado en los vestidores con alguien indebido.

Tras llegar a esa conclusión, se armó de valor, salió y se recostó, que sucediera lo que tenía que suceder, y que pensaran lo que quisieran pensar; además, ni conocía a esas personas.

—¿Lista?—preguntó la masajista.

—¡Lista! Esta es la primera vez que me dan un masaje, por favor, se buena conmigo. —dijo Marina, recordando que no todos los masajes resultaban relajantes.

La masajista sonrió y dijo:

—¡Claro! Usted déjese consentir; el señor Forcelledo nos la encargó.

Marina, al escuchar aquellas palabras, se le subieron los colores a las mejillas; ese hombre sí que estaba lleno de sorpresas. Luego de unos minutos, Marina pudo experimentar lo bien que se sentía aquel masaje, tanto que nuevamente no pudo evitar llorar. ¿Cómo no podría hacerlo? Todo esto era un sueño; nada de esto había tenido oportunidad de vivirlo jamás.

—¿Todo bien? —preguntó la masajista.

—¡Sí! —apenas pudo responder Marina al no poder hablar por el nudo en su garganta.

¿Cuántas cosas se había perdido en su vida? ¿Cómo era posible que jamás se hubiera permitido vivir este tipo de situaciones? En definitiva, sí que había sido muy idiota; al momento de casarse, por primera vez, le daba la razón a las preocupaciones de su madre.

Ella era muy joven cuando Esteban llegó y le pidió matrimonio; era una escuincla tonta que se creía toda una adulta, no sabía ni lo que se le venía encima. ¿Cómo demonios es que no pudo ver las verdaderas intenciones de aquel hombre? Él era mucho mayor que ella; él podía manipularla con facilidad.

Mientras cerraba los ojos, dejándose llevar por el placer que sentía de sentir como su cuerpo se destensaba, recordó como habían sido los primeros días después de que nacieron sus hijas; casi no dormía y aunque tenía ayuda, en ocasiones, ella hubiese preferido que Esteban fuese quien estuviera ahí, con ella y para ellas.

Aquellos deseos no pudieron hacerse realidad; para eso él pagaba. ¿Cómo podría ella exigir que su marido se involucrara, si tenían personal para todo?

Muchas fueron las veces en las que ella pensó que él no estaba muy a gusto con las niñas por ser niñas.

Ella pensaba que era así, pues el señor Montemayor más de una vez había hecho hincapié en que deberían apresurarse a tener otro hijo y con suerte tal vez era varón.

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