Capítulo 177: Quiero hacerte ver las estrellas.
El camino hacia donde Efraín tenía pensado llevarla a cenar no fue largo, pero era necesario ir en automóvil. Al llegar a ese lugar, todo estaba a oscuras, no se podía ver nada. Marina dudó un poco de la cordura de su acompañante; sin embargo, rápidamente se tuvo que tragar sus propias palabras.
Tan pronto como Efraín apagó el motor de su auto, alguien encendió varias guirnaldas y pudo ver una mesa elegantemente colocada dentro de un bello jardín.
—¿Tú organizaste todo esto? —dijo Marina sintiendo algo extraño en todo su ser.
—Hmm... Nop, yo solo escogí las flores y la cena.
—Menso, le quitas el encanto al momento... —dijo Marina jugueteando un poco con él.
—Bien, supongo que debes estar muy hambrienta.
—Sí, mareada y hambrienta.
—¿Mareada?
—Me dieron varias copas de champán.
—Alcohólica...
—Yo no tengo la culpa de que supiera tan bueno.
Efraín sonrió y Marina sintió que sus piernas temblaban al ver su bello rostro así.
—¡Anda, cariño! Es momento de cenar; espero que te guste la comida que elegí.
—¡Gracias!
Efraín tomo su mano y la ayudo a llegar hasta esa bella mesa que estaba colocada debajo de un fuerte fresno con luces colgantes. Aquello a Marina le parecía como un sueño, el día había sido más que maravilloso y ahora cerraba con broche de oro con una increíble cena.
Al llegar a la mesa, se percató del delicioso aroma a fresias, las cuales eran parte del bello ramo que adornaba la mesa.
—¿Cómo es que recuerdas estos detalles?
Efraín se encogió de hombros y solo dijo:
—A la Sofí le gustan también estas, ¿recuerdas que por ella comenzaste a adorar estas flores?
—Sí, Sofí tenía una cazuela molera llena de estas florecitas.
—Esa Sofí, ¿quién no podría quererla? ¿Verdad?
—Tu abuela, hasta donde la recuerdo, era la mejor abuela que podía existir. Muchas veces deseé que fuera mi abuela.
—Bueno, yo creo que ella siempre las consideró como sus nietas; a ti y a Lina.
—Me creerás que, aunque estuve casada por años, ¿podría contar con los dedos de mis manos las veces que la vi?
—Supongo que sí... Esteban nunca ha sido muy afín al pueblo.
—Sí, lo sé...
—Yo adoraba ir al pueblo por ver a mi abuela, pero como vivíamos en Nueva York, mi madre solo me enviaba en vacaciones de verano.
—Los veranos siempre eran interesantes porque venias, ¡Recuerdas que siempre nos traías montones de regalos?
—Sí, ahorraba para ellos casi todo el año.
Aún conservo la caja musical que me diste en mis quince años.
—¿De verdad?
—¡Sí! —dijo Marina con orgullo. —Debe estar en casa de mis padres; ellos conservan mi habitación tal como la dejé.
—¿Recuerdas nuestras largas charlas en el balcón?
—¡Claro! Recuerdo muy bien esas noches de verano, comiendo quechitos y tomando refresco o juguitos.
—¿Ves? Ahora entiendo por qué estaba gordo; tú me hacías subir de peso cada que venías a México.
—¡Claro que no! Tú eras el que siempre venía con sus malas mañas. ¿Recuerdas que la Sofí nos obligaba a comer todo para poder darnos para golosinas?
—Aun ahora, sigue haciendo lo mismo; ella no me deja comer cosas de la calle, al menos no hasta que haya comido de su comida. La última vez me dijo que, porque no le avisé de que venía, quería matar a un borrego o puerco en mi honor. ¿Puedes creer esa locura?
—¿Un borrego? ¿Un puerco? Si yo fuera ella, mataría un pichón... —dijo Marina burlonamente.
Efraín entrecerró los ojos en señal de molestia.
—Lo dices porque estás celosa de que ella hace sacrificios en mi honor...
—¡Yo tampoco! Recuerdo muy bien ese día, tú casi no hablabas, se te dificultaba el español y hablabas chistoso...
—¡Claro que no!
—Sí, sí lo hacías... Pero, aun así, ese día te llevé a la tienda y compramos quechitos y jugos; luego nos fuimos a casa de Sofí a jugar en el jardín. Esa fue nuestra primera salida, digámoslo así.
Efraín por un momento se perdió en esos recuerdos.
¿Cómo podría olvidar ese día que su vida cambió por completo?
—Fueron muy buenas épocas, ¿verdad? —dijo Marina con nostalgia.
Aquello sacó de sus recuerdos a Efraín, quien sonrió y tomó un poco de su copa de vino.
—¿Cómo está la cena? —preguntó cambiando abruptamente el tema de conversación.
—Bien, deliciosa... ¿Cómo es que recuerdas lo que me gustaba comer de adolescente?
—Marina, cuando alguien te importa, se nota... ¿No lo crees?
Aquella frase sonó bien, pero no se sintió tan bien.
—Sí...—dijo Marina tratando de tragarse el nudo en su garganta.
Efraín quería cambiar el tema de conversación, pues sabía que, de seguir así, esto los llevaría al momento en que todo se había ido al demonio y él había sido expulsado a Nueva York con una firme prohibición de volver.
—Bien, ¿Qué te parece si terminamos de cenar y vamos a caminar un pосо?
—¿De verdad? ¿Aquí? ¿A oscuras?
—¡Claro! De eso se trata... Quiero hacerte ver las estrellas.
Marina abrió los ojos de sobremanera; ella se imaginó que a este hombre se le había ocurrido alguna perversión en aquel lugar.
—¡Efraín!
—No es lo que tú crees, pero si quieres, yo no tendría ninguna objeción.
Aquella afirmación la sintió recorrer su cuerpo hasta llegar a su centro; múltiples imágenes le llegaron a la mente. Ella jamás había hecho ese tipo de locuras y menos al exterior.

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