Capítulo 179: Ella era suya y él era de ella.
Marina se aferraba a los labios del hombre que siempre debió estar en su vida, mientras que él solo podía dejarse llevar por lo que aquella joven mujer le provocaba.
Era verdad, ya no eran unos niños, ya no trepaban a los árboles frutales y luego no sabían cómo bajar.
Hoy día eran un hombre y una mujer que habían crecido lejos el uno del otro.
En este momento, no importaba el tiempo, no importaban los errores, no importaba quién había hecho qué; solo importaba lo que sentían mutuamente, solo importaba lo que en ese momento ambos estaban viviendo.
Marina sabía que este hombre debió ser con quien se debió casar; este era el hombre con quien soñó por años.
En un acto que nunca hubiera imaginado, con sus torpes manos comenzó a desabotonar la camisa de aquel hombre. No podía negar que hasta hace un momento no hubiese imaginado hacer lo que estaba a punto de hacer, pero no podía más; ella sentía unas tremendas ganas de poseer al hombre que tenía debajo de ella.
Efraín se sorprendió por la actitud desinhibida de Marina, pero aun con esa sorpresa, él no le diría que no, así que solo hizo lo que ella con sus manos le indicaba. Ahí, en la oscuridad y el silencio del lugar, Marina le abrió la camisa, besó su fuerte pecho y trazó un camino hacia la gloria con su lengua; su piel tenía un agradable sabor a sal.
En poco tiempo, el aroma a colonia de Efraín se coló por su nariz, lo que la embriagó de un impresionante deseo que la llevó a hacer algo más, así que, sin pensarlo dos veces, le desabrochó el cinturón, el pantalón...
Aquello le permitió sentir que sus besos y torpes caricias estaban provocando algo que nunca se hubiera imaginado provocar.
Efraín no sabía qué sucedía con Marina, pero tampoco se iba a poner a preguntar, menos en ese preciso momento en el que ella suavemente estaba deslizando su mano por debajo de sus bóxers; aquello le provocó ciertos escalofríos.
—¡Oh! ¡Ma... ¡Marina! —dijo Efráin al sentir cómo ella tomaba su miembro erecto y lo sacaba de su bóxer.
Marina no respondió, solo hizo lo que su mente le pedía.
El lugar era oscuro, no se podía ver bien, pero eso no le impedía tocar y, al hacerlo, se daba cuenta de lo duro y excitado que se encontraba aquel hombre.
Marina no esperó más y acercó sus labios a la punta de su miembro, lo besó suavemente, lo lamió, provocando en aquel hombre sensaciones que no sabía cómo expresar.
Efraín en contadas ocasiones había permitido a una mujer hacer aquello, pero en esta, se trataba de Marina y no había cosa que él pudiera negarle a aquella mujer.
—¡Dios, Marina! ¿Qué me estás haciendo? —dijo Efraín mientras se tocaba la frente y trataba de controlar las emociones que esta mujer le estaba provocando.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Mujer Que Nunca Fui (de Alut)