Capítulo 180: Quiero aprender a amarte...
Aquella pareja se dejó llevar por todo lo que en ese momento sentían; cómo pudieron llegar a su habitación en el hotel. Ahí continuaron con lo que habían iniciado en aquel alejado jardín.
Por vez primera, Marina había dejado de lado los recuerdos con Esteban y las cosas que ella hubiese deseado vivir con él. En esta ocasión, Marina era quien estaba haciendo suyo al hombre que tenía bajo sus piernas y, honestamente, no le estaba causando ningún conflicto hacerlo.
En ese momento, el pasado ya no pesaba tanto como hacía meses; Marina ya no se sentía en incertidumbre, ahora tenía claro a dónde ya no quería volver y las cosas que no quería hacer. En este momento ya no vivía y respiraba por el que un día consideró erróneamente el amor de su vida; ese amor que cuando se fue la comenzó a matar lentamente, quemándole el alma.
—¡Marinal ¡Mi vida! ¡Dios! —decía Efraín al ver un lado que desconocía de aquella bella mujer.
—¿Te... ¿Te gustó? —apenas pudo preguntar ella.
Efraín no podía creer que ella le hiciera esa pregunta y aun así no tuvo ninguna duda en responder.
—¡Claro que me gustas! ¿Cómo no ibas a gustarme?
Marina sonrió, pues sabía que era verdad; podía verlo en sus ojos, podía sentirlo dentro de ella, en cada caricia, en cada movimiento, en cada mirada; ella sabía que él no mentía.
Luego de una larga sesión de besos, caricias y más, ambos sucumbieron en un clímax glorioso que inició con ella y terminó con él.
Para esta Marina, le resultaba realmente delicioso y maravilloso verlo y sentirlo casi desfallecer en medio de sus piernas, sentirlo cansado, jadeante.
Ella se dejó caer sobre su pecho, sintiendo cómo su piel se encontraba mojada de sudor.
Estando ahí, pudo sentir su respiración entrecortada por la falta de aire, el cual no se estabilizaría rápidamente, pues ella necesitaba más, necesitaba de sus labios, necesitaba desbaratarlo a besos, necesitaba comer su cuerpo, necesitaba saciar lo que por años nunca pudo saciar.
En este preciso momento, el tiempo no importaba, solo importaba lo que sucedía entre ambos, lo que sentían, lo que querían y lo que en mucho tiempo no habían podido entregarse.
—Efraín... —Finalmente —pronuncio Marina.
—Dime... —Se escuchó la voz algo ronca de aquel hombre.
—Prométeme que no te irás Prométeme que siempre estarás...
—Hmm... No puedo prometerte eso...
Marina levantó la cabeza de su pecho y lo miró asustada.
—¿Por... ¿Por qué no?

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