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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 189

Capítulo 189: Ya terminé mi relación.

—¿Debemos hacerlo por las niñas, dices? — preguntó Marina, un tanto sorprendida. —¿Qué es lo que debemos hacer por ellas?

—Marina, me gustaría que platicáramos, pero no aquí en la acera frente a la escuela, me gustaría que lo hiciéramos en un lugar más privado.

Marina respiró profundo, apretó los labios; sabía bien que tarde o temprano debían tener esa conversación, así que, armándose de todo el valor y la paciencia del mundo, aquella mujer terminó accediendo.

—Bien, dime, ¿a dónde quieres que hablemos? Solo te advierto una cosa: si llego a tener problemas con Lorena por esto, tú serás la primera persona que exponga, ¿me entiendes?

Esteban sintió que había ganado una de las primeras batallas que venían para que ellos dos pudieran regresar. Él creía que conocía a Marina, creía que sabía qué pasos dar.

—Conozco un buen lugar por aquí, vamos, está cerca...

—Bien. ——dijo Marina secamente y sin muchos ánimos.

Esteban y Marina caminaron hacia el auto de este y, cosa que casi nunca sucedía, él le abrió la puerta para subir a su elegante camioneta.

Marina consideraba que era una niñería, pero se sentía un tanto incómoda al ir sentada a su lado. Lo último que recordaba de ese auto era el día que se vieron en el sótano, donde estaba el estacionamiento del grupo Montemayor, y la situación no había sido nada cómoda, pues Esteban se había bajado para reclamarle su presencia en ese lugar.

El camino al elegante restaurante al que la llevaba se mantuvo en silencio; el único ruido que se podía escuchar era el del aire acondicionado.

Al llegar al lugar, el anfitrión reconoció inmediatamente al hombre; se sorprendió un poco por verlo con una mujer diferente a con quien lo había visto en ocasiones anteriores.

—Señor Montemayor...

—Buenos días...

—¿Mesa para...?

—Para dos...

—Por aquí, señor... —dijo el anfitrión con elegancia.

Marina miraba todo el sitio; no podía negar que era hermoso y elegantemente caro. En su vida de casada, Esteban jamás se había tomado el tiempo para llevarla a un lugar así. La única vez que lo hizo, las cosas no habían salido muy bien, puesto que no era nada fácil salir con ella más dos pequeñas de la misma edad y con las mismas necesidades.

—Marina...

—¡Eh! Sí, voy... —dijo ella saliendo de sus recuerdos.

Una vez en la mesa, Marina observaba con detenimiento el lugar; no era el sitio, pues este era bello, era la compañía, pues hace tan solo un đía, hasta una tienda de conveniencia era un mejor lugar cuando vas con la persona correcta.

—Bien, Esteban, vamos al grano, ya estamos aquí, esto lo pudimos hablar incluso en tu auto, ¿qué necesitas?

—Marina, ¿por qué estás tan a la defensiva? Solo quise tener un detalle con la madre de mis hijas.

—Discúlpame, Esteban, pero no necesito detalles, solo necesito que me digas con claridad qué es lo que pretendes o necesitas.

Esteban sabía que no sería nada fácil, pero ya había dado el primer paso, así que no podía hacerse a un lado y retroceder.

—¿Te parece si primero pedimos algo y luego hablamos? 1 —Esteban, tengo cosas que hacer; tú me pediste hablar y te dije que sí. Pediste un lugar apropiado; no sé por qué me trajiste aquí. Tú no haces ese tipo de cosas, al menos no para mí.

Esteban tomó aire; por un momento sintió que le faltaba y no podría hacerlo, al menos no sintiéndose tan expuesto. Estaba a punto de hablar, pero el mesero llegó para levantar la orden, lo cual salvó por un momento la situación.

—Un café americano, por favor... —dijo Marina con prisa.

—Lo mismo... —mencionó Esteban, tratando de apresurar al mesero para retirarse, evitando que ese tiempo se llevase la valentía que sentía en ese momento.

Ambos vieron cómo este se marchaba y regresaron las miradas a sí mismos.

Marina sentía que un nudo se formaba en su garganta, pero no solo era eso; también la bilis le estaba causando estragos en su estomago.

—Esteban, ¿cuánto llevas cuidando a Renata? ¿Dos semanas? Yo las he cuidado toda mi vida; tú mismo llegaste a casa y decidiste llevarte a Renata porque la niña no se sentía a gusto conmigo, ya que ella quería que su madre fuese otra y ahora, ¿qué le vas a decir? ¿Cómo vas a justificar el hecho de que esta mujer no está más en tu vida? ¿Ahora esperas que yo cargue con una culpa que no es mía?

¿Acaso quieres que nuestra hija me odie aún más por separarte de...? ¿Cómo le decías tú? "El amor de tu vida". No, Esteban, no.

Marina tuvo que aclarar la voz y decir:

—Te amé, te amé desde que tenía 7 años, o más bien, creía que te amaba desde que tenía esa edad, pero, la verdad es que, hoy día con seguridad puedo decirte que no te necesito.

Casi muero por ir distraída, casi muero por el gran dolor que llevaba al darme cuenta de que nunca fui alguien especial para ti. —dijo Marina con la voz quebrándose. —Aquí es donde te voy a hacer una pregunta, ¿Por qué Esteban? ¿Por qué demonios me usaste?

Esteban escuchó aquello y se quedó sorprendido.

—¿Qué... ¿A qué te refieres?

—A eso, Esteban, ¿Por qué me hiciste creer que me amabas? ¿Por qué, de todas las malditas puertas que pudiste tocar, fuiste a la mía? ¿Qué ganabas tú con eso? ¿Por qué no simplemente aceptaste que Lorena te había dejado plantado en el altar?

—¿Quién demonios te dijo eso? ¡Fue Ángel!, ¿verdad? ¿Él fue? ¡Dímelo! ¡Te exijo que me lo digas!

—dijo Esteban sintiendo como una oleada de calor invadía todo su ser.

—¿Ángel? ¿Por qué metes a tu primo en esto? Este ha sido un tema entre tú, yo y Lorena. ¿Qué tiene que ver Ángel en todo esto? —preguntó Marina, ya sabiendo la verdad.

—Si no fue él, ¿quién demonios fue? Las cosas no pasaron como tú crees.

—¿Ah, no? ¿Entonces, cómo sucedieron, Esteban?

Explicarte, porque yo no le encuentro coherencia a ninguna de tus acciones. —dijo Marina, esperando que Esteban tuviera el valor de hablarle con la verdad.  —Marina... Yo...

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