Capítulo 20: Ángel...
—¡Mis niñas! ¡Me da tanto gusto poder estar nuevamente en casa! —expresó Marina con ilusión y lágrimas en los ojos.
—¡Mami! ¡Prométeme que nunca más nos volverás a dejar solitas! ¡Te extrañamos, pensábamos que te ibas a morir! ¡Pensábamos que nos ibas a dejar solitas! —expresó Diana su angustia con lágrimas en los ojos, mientras no paraba de abrazar a su madre.
—¡Mami! ¡De ahora en adelante, cuidaremos mucho de ti! ¡Prometo ya no hacerte enojar! —dijo Renata haciendo un puchero mientras sentía culpa por cómo se había estado comportando con su mamá.
—¡Cariño! ¡Ven aquí! ¡Quiero abrazarte, mi niña! — dijo Marina abriendo uno de sus brazos para rodear a su pequeña Renata.
—¡Niñas! ¡Niñas! No apachurren a su mamá, ella aún debe guardar reposo; recuerden que se rompió 3 huesitos. —comentó Lina al ver una muestra de dolor en el rostro de su hermana.
—¡Perdónanos, mami! —dijeron las niñas a unísono.
—¡No tengo nada que perdonarles, mis vidas!
Mamá estará un poquito delicada, pero ya verán que pronto estaré mejor y podremos hacer muchas cosas divertidas.
—¿Mami? ¿Dónde está papi? —¡Él me prometió que te cuidaría! —dijo Renata con su carita llena de duda.
—Bueno, supongo que debe estar trabajando. La verdad es que, tan pronto como me avisaron de que podía venir a casa, me vine y casi a nadie le avisé.
—Hmm... Entonces le avisaré para que esté tranquilo; ¿qué tal si te va a ver y no te encuentra?
—dijo Renata tomando un móvil que la madre nunca había visto.
Ante aquella escena, Marina se quedó intrigada, pero no quiso arruinar el momento por algo que después podía averiguar.
—¡Tranquila, cariño! Tu abuelita ya sabe que salí, entonces ella le puede avisar. —explicó Marina, sabiendo que era mejor así. Ella no quería una visita por compromiso, mucho menos, quería seguir fingiendo delante de él.
—¡Claro, mis niñas! De hecho, ya le he enviado un mensaje a su papá; él debe estar trabajando; tan pronto como lo vea, seguro se comunicará. —dijo Florencia tratando de calmar la tormenta que llevaba dentro.
Por otro lado, lejos de aquella bella reunión familiar, en la oficina de Dante Montemayor, el hombre caminaba de un lado a otro, pareciendo león enjaulado.
—Señor Montemayor, ¿puedo pasar? —dijo una atractiva joven.
—¡Adelante! —respondió Dante apenas levantando la mirada.
—Lo noto preocupado... —expresó la mujer caminando hacia él.
—¡Encabronado! Diría yo... ¡El idiota de mi hijo me ha metido en problemas! ¡Casseres quiere retirar su inversión!
—¡Dios! ¿Qué piensa hacer? —preguntó la mujer llevándose las manos al rostro.
—Por lo pronto hablaré con Lucrecia, ya no puedо postergar más la idea que me diste, voya cambiar de CEO.
—¡Me da gusto que le haya podido ayudar en algo!
—respondió la joven con entusiasmo.
—¡Ven aquí! ¡Deja de fingir! ¿Sabes qué necesito?
—¡Dígame!
—¡A ti! —dijo el hombre rodeando la delgada cintura de la joven.
—Señor Montemayor, ¿de verdad quiere hacerlo aquí? —preguntó la joven nerviosa.
—¡Estoy estresado!
La joven sabía lo que significaban aquellas palabras, lo que la hizo ponerse nerviosa, demostrando aquello mordiendo su labio inferior.
¿Quién lo diría? Cuando aquella joven se presentó para pedir un puesto como practicante, jamás se imaginó que sería su día de suerte y que ese mismo día el director financiero y ex CEO del grupo Montemayor estaría solicitando una nueva asistente.
De aquello ya habían pasado dos años y, al menos, uno de ellos era el que llevaba siendo algo más que una simple asistente.
—¿Señor Montemayor? —preguntó la joven con precaución.
Jimena Sánchez había aprendido en estos dos años a conocer al hombre que la tenía en sus brazos. Para ella, Dante Montemayor era el hombre que solo tenía un defecto, el cual era no ser soltero.
Ella envidiaba a Florencia Esposito, la esposa de aquel hombre, pues para la joven, Dante Montemayor era un hombre con reputación intachable, amable con la gente, duro, pero justo y, sobre todo, lo que saltaba a la vista, cariñoso con su mujer.
—Dime... —respondió el hombre ya con más calma.
—¿Qué piensa hacer con su hijo? —preguntó la joven con duda en su interior.
—No lo sé, tal vez el mejor de los castigos será que se vaya al pueblo.
—¿Piensa regresarlo al pueblo?

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Mujer Que Nunca Fui (de Alut)