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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 30

Un par de horas después, Efraín estaba llegando a casa de la abuela Sofía. Se le dibujó una sonrisa al voltear y ver la casa de la familia Salas.

Al hacerlo, múltiples recuerdos llegaron a su mente. Bien se le figuró ver a aquella niña de rizos rebeldes, pantalones desgastados y sonrisa pícara, sentada en la banqueta de su casa junto a su hermana menor, esperando a que Esteban pasara.

Aquel recuerdo generó una serie de emociones contradictorias que le causaban cierta incomodidad.

—¡Marina! ¡Marina! ¿Qué será de ti? ¿Qué será de ti? —dijo Efraín moviendo la cabeza en negación.

—¡ANGELITO! ¡MI VIDA! —se escuchó la voz ronca pero llena de emoción de la abuela Sofía. —¡Qué fabulosa sorpresa me has regalado!

—¡Dios, Sofía! ¡Odio ese maldito nombre! —¡Ya te he dicho que no me llames así! ¡Me gusta más el de Efraín! —gruñó el joven, volteando a ver a la mujer que lo llamaba y abriendo los brazos para abrazarla. —¡Ven aquí, vieja gruñona!

—¡Gruñona tu madre! —dijo Sofía golpeando el pecho de su nieto. —¡Igualado! ¡Mírate, cariño! ¡Estás irreconocible! ¡Cariño, debes comer más! ¡Estás bien flaco! Cada que vienes aquí, te veo más flaco.

—Abuela, si me comparas con el niño de antes, es claro que me verás flaco, aunque creo que mis múltiples amores piensan muy diferente a ti.

—¡Descarado! —dijo la anciana mujer frunciendo el ceño—. Ya te he dicho que esa clase de vida no te llevará a nada bueno, ¡anda! Pásate a la casa que, por más que mires hacia allá, no la vas a aparecer…

Efraín soltó un suspiro de resignación, abrazó a su abuela y entró a casa.

—¿Cómo sabes a dónde estaba viendo? —preguntó el joven intrigado.

—¡Angelito! ¿Quién te conoce mejor que yo? ¡La pobre firmó el divorcio hoy! ¿Y qué crees?

—¿Qué pasó? —preguntó intrigado.

—Ya me cayó el diablo…

—¿Por? ¿Qué pasó?

—Me habló tu tío…

—Ajá… ¿Qué quiere?

—Va a mandar a tu primo a vivir aquí, conmigo…

—¿Esteban Montemayor? —preguntó el joven levantando una ceja ante la noticia.

—¡El mismo que viste y calza! ¡Ese malagradecido! Vivió aquí por cuatro años y luego que se largó, jamás volvió… Nunca me llama ni por equivocación.

—Sí volvió… ¿Ya no lo recuerdas?

—Ese no fue el nieto que yo eduqué; toda la culpa la tiene su padre. Yo no sé en qué maldito momento eduqué a tan mal hijo; me salió igualito a tu abuelo, que en el infierno se esté revolcando.

—¡Sofía! No digas esas cosas, respeta a los muertos.

—¡Qué cosas dices! ¿Qué le voy a andar respetando? Para nadie es un secreto que tu abuelo era bien maldito…

—Abuela… Ya ni deberías gastar energía en recordarlo. —dijo Efraín moviendo la cabeza en negación.

—El muy cabrón se metió tanto en mi cabeza que míralo, aun muerto sigue penando.

—¡Anda! ¡Ya, deja de decir cosas! ¡Vamos por un elote, tengo hambre!

—¿Ya ves cómo sí?

—¿Cómo sí? ¿Qué?

—¡Estás desnutrido y flaco!

—Sofía, tome el vuelo de las 9 am; es obvio que quiera comer algo; no he probado más que comida del avión. ¡Anda! Quiero un elote y unos tacos…

Capítulo 30: Deja ese tema por La Paz 1

Capítulo 30: Deja ese tema por La Paz 2

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