—Señor Forcelledo, me había dicho su tío que lo esperábamos hasta dentro de dos semanas. ¡Bienvenido sea a México! ¿A dónde quiere que lo lleve?
—¡Hola, Carlos! Solo mi santa madre sabe que llegué antes. ¿Crees que me podrías llevar al pueblo? —dijo el joven con entusiasmo.
—¿Al pueblo? ¿No quiere que lo lleve a ver a su tío? Él se alegrará mucho de verlo más al ver cómo están las cosas.
—No, ellos saben que llegaba en dos semanas; dejemos que sigan creyendo aquello —dijo el joven subiendo a una elegante escalade. —¿Sabes cómo está la abuela?
—Su abuela está muy bien, como siempre, regañona y extrañándole. Seguro dará brincos de alegría al verlo.
—Quiero pasar unos días con ella y luego me voy a ir de vacaciones, así que mucho agradeceré tu discreción, como siempre.
—No tiene que decirlo, señor; ya sabe que seré discreto, tal como cada que viene. Doña Sofía se pondrá muy feliz con su visita.
—Trato de venir tanto como puedo, pero sabes que mi vida está ocupada las 24 horas.
—Por cierto, ¿cómo está la señora Lucrecia?
—Ella está excelente, como los vinos, cada vez más buena…
—¡Muchachito!
—¿Qué? ¿Acaso no puedo hablar maravillas de mi santa madre?
—Eso, ¿cómo podría negárselo, joven? Bueno, pues entonces, el pueblo será, al menos uno de tantos nietos es quien va a visitar a doña Sofía. Aún recuerdo cuando llevaba a todos los chiquillos al pueblo en el verano.
—Hmm… De eso hace ya muchos años… ¿Verdad?
—Es verdad, de veras, usted nunca vivió ahí como tal, solo venía en los veranos…
—Así es, Carlos, una temporada pensé que me quedaría aquí, pero, bueno, los planes cambian… —dijo Efraín, recordando algo que lo hizo sonreír.
—¿Cuántos años han pasado desde que no venía a México? ¿A la ciudad?
—Hmm… 9 años, Carlos, 9 largos años… —dijo Efraín, trayendo a su mente un amargo recuerdo.
—¡Vaya! Lo mismo que su primo llevaba de casado con la señorita Salas.
—¿Quién?
—¡Oh! ¡Perdone mi indiscreción! —¡Pensé en voz alta! —se disculpó aquel chofer recordando una lastimosa noche.
—No te preocupes, Carlos… De eso ya ha pasado mucho tiempo.
—Pareciera que fue ayer, usted no ha cambiado ni en lo más mínimo, aún siento que veo a aquel jovencito de 21 años.
—¡Dios te escuche! ¡Dios te escuche! Ya no soy tan joven, según la descripción de mi madre.
—No, ¿cómo cree? Se sigue viendo igualito.
—Oye, hace un momento escuché bien, hablaste en pasado de mi primo, ¿sucedió algo de lo que no esté enterado?
—¿Por qué está tan interesado en saber aquello? ¿No será que…?
—No, ¿cómo crees? Eso ya pasó hace mucho; solo quiero saber por pura curiosidad, morbo o para burlarme de él… Al final, todos sabíamos que eso pasaría tarde o temprano, ¿no lo crees? ¡Bueno! ¡Hasta tú lo sabías!
—Joven, debería dejar eso en el pasado, ya debería olvidarse de lo que sucedió, tal como usted lo dijo: usted creció, él creció, ya debería olvidarse de lo que pasó.
Efraín miró por la ventana; en aquellos ojos claros se podía ver una tormenta desarrollándose; algo peligroso se apoderó de su mirada.
Hace 9 años, él había sido tachado como el inmaduro, el que no sabía perder, pero el tiempo le estaba dando la razón, tan es así que hoy, en cuestión de días, tomaría el control de la presidencia por la que su primo tanto había luchado.
—¡Tienes razón! No tiene caso pensar en el pasado… Cambiemos de tema, ¿te parece?
—¡Claro, señor! Y dígame, ¿cuánto tiempo estará aquí? Pregunto para organizarme y llevarlo al aeropuerto cuando lo requiera.
—¡Voy a estar aquí por medio año! No necesitas organizarte, voy para largo.
Carlos, al escuchar aquello, sabía que eso no sería nada bueno, al menos no para el primogénito de Dante Montemayor.
—¿Por qué esa cara de susto?
—Bueno, es solo que su tío solo me avisó que venía, pero no me dijo que se quedaría.
—Ahora ya lo sabes; de hecho, para venir solicité algunas cositas especiales. ¡Tranquilo! Prometo portarme bien y no hacer nada indebido. Esta vez no tendrás que llevarme al aeropuerto después de agarrarme a golpes con mi querido primo, ¡te lo prometo!

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