Capítulo 303: Miren quién vino a verlas.
Sebastián y Marina salieron de la oficina algo temprano y fueron a recoger a las niñas al colegio; el hombre llevaba un apetito voraz. En todo el viaje no había querido probar bocado; se alimentaba de agua, un poco de frutas y café.
El hombre ansiaba llegar a casa de Marina, toparse con algún platillo cocinado por Ofelia o por Marina; de verdad, se le hacía agua la boca.
Ese par de mujeres valía su peso en oro.
Razón por la que, cuando Ofelia le mencionó a este la idea que Marina tenía de vender inicialmente postres, de puerta en puerta, luego de un café y ahora nada, el hombre se negó rotundamente a descartar la idea.
—Aún no lo puedo creer... —dijo Marina en tono bajito.
—¿Qué? ¿Qué no puedes creer?
—Todo, todo lo que ha sucedido en todo este tiempo...
—La vida es así, la vida pasa y si no la sabes aprovechar, va a pasar; no es como una serie en donde en la siguiente podrás ser otra persona, podrás elegir quién ser, no, eso no existe en la vida real.
Marina soltó un suspiro de nostalgia y dijo:
—Mírame, llevo catorce meses divorciada; vaya, sí que mi vida cambió por completo, ¿verdad?
Ella masajeaba con ternura su creciente barriguita.
—La vida cambia, cariño, nosotros somos los que nos aferramos a lo bueno o malo que vivimos.
—Yo más bien creo que nos quedamos en un lugar por comodidad. Si alguien me hubiera dicho que el día de mi aniversario o incluso en los meses antes de mi aniversario me hubiesen dicho que todo esto ocurriría, en definitiva, le hubiese dicho que estaba totalmente loco.
—Sí, me imagino, tu vida sí que fue una montaña rusa, pero, si algo has aprendido en terapia, es que luego del divorcio estabas vulnerable; cualquiera que llegara a tu vida y te ofreciera un poquitín de cariño, así fuera el innombrable o un completo extraño, hubiese ocurrido lo mismo. —Aún no creo eso del todo, no me veo acostándome con alguien más. —dijo Marina sin pelos en la lengua.
—¿Estás completamente segura?
—¡Claro! —Marina mintió en esa parte.
Esa mujer no lo decía, pero, en ocasiones, solo en algunas ocasiones, cuando sus hormonas andaban desatadas o no sabía bien ella a qué achacarle su repentina situación, miraba al hombre con el que trabajaba y no podía negar que ideas un tanto extrañas se le cruzaban por la cabeza.
Aquellas las descartaba por completo; ellos eran amigos y no por un simple bochorno hormonal iba a tirar todo. Además, ella estaba embarazada, jembarazada!
—Yo digo que mientes, pero para que te sientas mejor, te diré que te creo.
—¡Sebastián!
—Cariño, soy hombre, te llevo, ¿qué?, veinte años de ventaja. No soy un santo y conozco a las mujeres.
Tienes suerte, somos amigos y te hablo directamente, sin pelos en la lengua; te puedo asegurar que cualquier jovencito de tu edad, atractivo, que llegara, te hablara bonito, que te mostrara las cosas que no habías tenido por casarte joven y te hubieses entregado a él.
Marina frunció los labios; sabía que eso fue exactamente lo que había sucedido.

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