Capítulo 308: ¿Me estás pidiendo un favor?
Esteban solo le lanzó una mirada asesina a Ofelia y dijo:
—¡Tú! ¿Se te olvida quién paga tu sueldo?
—¡No, señor! Hace meses que el señor Escalona es quien lo paga. Por si no lo recuerda, usted dejó de pagarme desde hace 5 meses.
Esteban, sintiéndose burlado y humillado, salió de ahí mentalmente arrepintiéndose de lo que acababa de hacer; Marina y sus hijas se arrepentirían de tal atropello.
¿En qué maldito momento su familia había dejado de ser suya? ¿En qué puto momento había perdido el control de todo? No cabía duda de que su padre tenía toda la razón.
Luego de ver que Esteban se retiraba de casa, Marina tomó asiento en una de las sillas de la mesa de jardín; se notaba inquieta, se notaba incómoda.
—¡Cariño! ¿Te sientes bien? —dijo Sebastián al ver que la mujer masajeaba su pecho con fuerza y lloraba en silencio. —Ofelia, llama a su doctora, me la llevo al hospital en este preciso
momento.
—¡Mami! ¡Mami! —dijo Diana arrodillándose delante de ella.
—¡Mamitaaaa! —dijo Renata corriendo hacia su madre afectada. —¡Perdóname! Yo... Yo no quería... ¡Mami!
—¡Niñas! ¡Niñas! ¡Tranquilas! ¡Tranquilas!
Miren, me voy a llevar a su madre al hospital; todo estará bien, ustedes quédense con Ofelia, ella las cuidará.
—¡No! ¡No! Nosotras vamos contigo...
—No, corazones, en el hospital no dejan entrar niñas bonitas; quédense en casa, anden, vayan con Ofelia; cualquier cosa les marcaré, vamos, vamos, que el tiempo apremia.
—Señor Escalona, por favor, cuida a mi mamá y a mis hermanos. —dijo Renata al ver cómo el hombre levantaba con tanta facilidad a su madre y la llevaba hacia su camioneta.
Marina solo lo veía con ojos llenos de agonía; el pecho lo sentía cerrado. Esta no era la única vez que ocurría; trataba de aplicar lo practicado en terapia, pero era evidente que esto la superaba.
Esteban nuevamente lo había logrado; él solo lograba llegar para ponerla en ese estado de miedo y ansiedad constante.
—¡Tranquila, cariño! ¡Tranquila! ¡Ya vamos al hospital! —dijo el hombre, sentándola en el asiento del copiloto y asegurándola con el cinturón.
Sebastian era cariñoso con ella; había comenzado a serlo desde el preciso momento en que ella le explicó su situación. Ahora, con esto, el hombre tomó su rostro asustado entre sus dos grandes manos y dijo:
—¡Tranquila! Mírame, aquí estoy y no te voy a dejar sola, vamos al hospital, vamos a que te revise Christina. Anda, cariño, solo necesito que te calmes, únicamente trata de respirar, no queremos que le pase nada a los panquecitos.
Aquella expresión hizo que Marina sonriera. De todas sus desgracias, el hombre frente a ella podía sacarle una sonrisa con una sola palabra.
¿Cómo no podía quererlo cerca? ¿Cómo? Que alguien le explicara eso? 2 Sebastian le dio un cálido beso en la frente y luego salió de ahí, cerró la puerta, se despidió con la mano hacia las niñas y Ofelia. Tras aquello, condujo como alma que llevaba el diablo hacia el hospital, donde Christina Peralta ya lo esperaba.
—¡Christina!
—Señor Escalona... ¿Qué sucedió?
—Problemas con el exmarido...
—¡Dios! ¡Ese hombre! ¿Por qué... Bueno, bueno, ya, vamos, vamos dentro. Déjemela; en un momento que la revise y revise a los bebés, saldré a decirle cómo está.
—¡Está bien, Christina! Solo, por favor, no me engañes, sabes que no me gustan las mentiras; o está bien o no lo está. ¿Ok?
—Sí, Escalona. Ya me ha quedado bien clara esa parte.
Sebastian aprecia león enjaulado; él solía ser un hombre de carácter fuerte, malhablado, gente de rancho.
—¿De verdad? ¿Qué te hicieron?
—A mí nada, pero... Una amiga...
—¿Amiga? ¿De cuándo acá tienes amigas?
—No te voy a dar detalles, solo ayúdame con eso, yo haré el resto.
—Bien, mi querido amigo, te debo varios favores, así que no veo por qué no puedo hacer este. Te llamaré en cuanto tenga lo que pides.
—¡Bien!
Tan pronto como terminó la llamada, la voz de Christina captó su atención.
—¿Qué sucede? —dijo Sebastian sintiendo que el alma se le salía del pecho.
—¡Tranquilo, señor Escalona! Solo salía a informarle que todo está bajo control; hemos podido estabilizar a Marina; ella y los bebés están bien.
—¡Dios! —dijo el hombre sintiendo que el alma regresaba a su cuerpo.
—¡Tranquilo, señor! Créame, hasta parece ser el padre de los pequeños. Marina está bien y me pidió que pasara a verla; ella necesita verlo.
Usted es un gran aliciente para ella; ande, vaya, este es el número de habitación.
—Sí, está bien. —dijo el hombre sin perder el tiempo.
El hombre debía reconocer que estaba molido:
Un viaje de varias horas en avión, luego todo lo ocurrido; sentía que no podía más, pero, en este momento, no podía quejarse, menos cuando Marina estaba pasando por una penosa situación.

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