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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 307

Capítulo 307: ¿Tú qué demonios haces aquí?

Sebastian al escuchar aquello, anticipó problemas; esto no era algo que él tolerara, menos en el estado de Marina. Ya en dos o tres ocasiones había presenciado situaciones así y las cosas no habían parado por él, sino por intervención de Marina.

Marina, por su lado, al escuchar la voz de Esteban, se levantó inmediatamente de su asiento. El semblante del hombre no le gustó en lo absoluto.

En sus ojos podía ver una gran tormenta; sabía que se avecinaba una gran discusión y lo que le preocupaba era la presencia de Sebastian, quien ya conocía perfectamente bien su carácter.

—¿Qué te ocurre, Esteban? ¿Qué rayos son esos gritos? —dijo Marina tratando de anticipar lo que sucedía.

—¡Marina! Renata es una niña irrespetuosa; he pagado las terapias, pero, honestamente, más bien creo que estoy tirando mi dinero a la puta basura. —dijo Esteban acercándose peligrosamente a Marina.

El hombre bien podía haber estado más cerca de ella; sin embargo, un fuerte brazo se lo impidió.

—Esteban Montemayor, pensé que la última vez te había quedado claro que no pensaba permitir este tipo de escenas y menos en mi casa.

—¿Tú? ¿Tú qué demonios haces aquí? —dijo Esteban, lanzándole una mirada asesina. —¡Oh!

¡Ya entiendo! ¿Por eso me dejaste a las niñas, verdad? ¿Por este idiota? ¿Sabes, Marina?

Porque no le quitas el misterio; con todo lo que he visto, me queda claro que el padre de tus putos engendros es este idio...

Esteban no pudo terminar la oración, pues antes de ello, el hombre ya estaba tumbado en el suelo tras recibir un fuerte golpe en la cara.

—¡Esteban Montemayor! Te he dicho una y otra vez que yo no me ando con juegos. Si en tu familia no te han enseñado a respetar a las mujeres, en el mundo habemos hombres muy dispuestos a enseñarles a hombres o pedazos de hombres como tú a comportarse como lo que deben ser.

—¡Eres un idiota! ¿Acaso sabes con quién te estás metiendo? —dijo Esteban, intentando

levantarse al tiempo que masajeaba su rostro adolorido.

—¡Sí, sí lo sé! Me estoy metiendo con un puto hombre que no sabe respetar a las mujeres; me estoy metiendo con un hombre que no debería llamarse hombre solo por lo que le cuelga entre las piernas.

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