Esteban lanzó el primer golpe desde el suelo, el cual impactó contra la mejilla de Efraín; aquello produjo un sonido seco. Al sentir el golpe, todo se volvió borroso por segundos; luego ambos comenzaron a forcejear como animales.
Efraín logró ponerse encima de Esteban; intentaba inmovilizarlo sujetándole los hombros, pero Esteban le respondió con un rodillazo brutal en las costillas.
El aire se le escapó de golpe.
—¡Maldito…! ¡Eres un puto idiota de m****a! —jadeó Efraín.
Esteban lo empujó con toda su fuerza y ambos rodaron otra vez. El impacto contra la mesa lateral hizo caer una lámpara que se estrelló contra el suelo.
El siguiente golpe fue directo al labio; Efraín sintió el sabor metálico de la sangre inmediatamente, pero no se detuvo; al contrario, se abalanzó sobre Esteban y le lanzó un puñetazo al pómulo que le hizo girar la cabeza.
Se abalanzó sobre Esteban y le lanzó un puñetazo al pómulo que le hizo girar la cabeza.
Los dos respiraban con dificultad, ambos estaban bañados en sudor, rabia y años de un resentimiento que no sabían que contenían.
Esteban lo agarró del cuello de su playera y lo atrajo hacia sí para golpearlo otra vez. El impacto hizo que la cabeza de Efraín se sacudiera hacia atrás, pero antes de que pudiera recuperarse, este respondió con otro golpe, esta vez en el estómago.
El aire abandonó los pulmones de Esteban, haciendo que emitiera un fuerte quejido.
Durante un segundo, ambos quedaron inmóviles, inclinados uno sobre el otro, respirando con violencia.
Luego de lo que pareció una eternidad para ellos, Esteban embistió de nuevo a su primo; su hombro chocó con el pecho de Efraín y ambos se estrellaron contra el suelo. La alfombra amortiguó la caída, pero aun así fue igual de dolorosa para ambos.
Ambos jóvenes estaban tan metidos en su pelea que no se percataron de que alguien los miraba de cerca.
Puños. Empujones. Golpes torpes pero llenos de furia; era increíble ver cómo aquellos dos primos estaban consumidos por el orgullo y el rencor.
Cuando Esteban logró ponerse encima, sujetó a su primo por el cuello de la playera; sus nudillos estaban blancos por la presión.
—Entiéndelo de una vez por todas y para siempre, ¡ella no es tuya! —escupió entre dientes.
Efraín, con el labio partido y la respiración rota, soltó una risa amarga.
—Tampoco es tuya… Ella se casa con la ilusión del hombre que cree que eres, pero un maldito día, créeme, se dará cuenta de toda la puta verdad.
—¡BASTA! —Una voz conocida retumbó en toda la habitación.
Aquello provocó que ambos jóvenes se quedaran inmóviles. En la entrada de aquel lugar estaba Dante Montemayor; su figura ocupaba el marco de la puerta con una presencia imponente y rígida. Sus ojos recorrieron la escena: la lámpara rota, los muebles arruinados, la alfombra revuelta, los dos jóvenes golpeados y sangrando.
—¿Esto es lo que han decidido hacer en la casa de su abuela? ¡Carajo! ¿Para eso se les pagó educación en escuelas carísimas? ¿Para que se comporten como bestias?
Esteban se incorporó primero, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano.
—Padre, yo… —intentó justificarse.
—Cállate.
Esa palabra la pronunció seca y sin subir el tono de su voz; luego su mirada se desplazó hacia su sobrino.
—Levántate, Efraín.
Aquello, lejos de ser una sugerencia, había sido una orden, lo cual hizo que el joven se levantara de inmediato; aún respiraba con dificultad y la adrenalina lo hacía sentirse mareado.
Dante avanzó un paso dentro de la habitación; bien se pudo escuchar cómo su zapato crujía sobre los trozos de lámpara que había en el suelo.
—Es una vergüenza —dijo el hombre con frialdad—. Dos hombres adultos comportándose como animales. ¿Acaso se les olvida quién putas son? ¿Acaso se les olvida el apellido que portan?
Ninguno respondió, entonces Dante se detuvo frente a Efraín.
—Recoge lo que hayas traído.
Efraín frunció el ceño, todavía alterado por la pelea.
—¿Qué?
—Te vas. —expresó Dante con los ojos cargados de un brillo difícil de descifrar.
———Actualmente ———
—¡Noooo! ¡Abuela!
Efraín se despertó sobresaltado, incorporándose de golpe en la cama. Su pecho subía y bajaba con violencia mientras el eco de los gritos de su abuela aún resonaba en sus oídos.
—¡Maldito seas, Dante Montemayor! ¡Mil veces, maldito seas!
Sin saber qué más hacer, se levantó de la cama y caminó hacia su balcón; aquello le hizo recordar cómo cuando él tenía 17 y ella 14.
Aquellos, definitivamente, eran muy buenos tiempos; ambos podían platicar por horas de teorías conspirativas, historias de terror y sueños locos para posterior.
La abuela, a pesar de que su nieto por varios años no había ido a visitarle, siempre guardó su habitación con la ilusión y la esperanza de que su nieto un día volviera a verle.
Sofía sabía que Efraín adoraba aquel lugar, pues su balcón daba hacia la casa de la familia Salas y, lo más importante, la habitación de Marina Salas estaba muy cerca de la de su nieto, por lo que, en más de una ocasión, los cachó platicando hasta altas horas de la madrugada.
Efraín miró hacia la habitación de Marina; aquello le generó algo raro en su interior, puesto que la habitación ya no estaba iluminada con luces navideñas todo el año.
Ver aquel lugar a oscuras le dio nostalgia; recordó las conversaciones simples, las anécdotas de la escuela, las pequeñas quejas y burlas a algún integrante de la familia o las historias de la infancia.
En ocasiones, estas pláticas se alargaban hasta que el clima se volvía frío y casi comenzaba a amanecer.
Un recuerdo que le sacó una sonrisa fue el verla, como ella trataba inútilmente de acomodar su cabellera rizada y rebelde, cómo usaba cualquier prenda vieja como pijama y cómo con ojos llenos de sueño le decía:
—Deberíamos dormir.
Pero ninguno de los dos se movía.
Efraín tragó saliva al recordar algo más; ahora que lo pensaba, Esteban había llegado hacía 3 semanas antes que él, solo para robarse todas y cada una de esas noches que le regalaban mucha felicidad.
Sí lo veía con claridad; ahora, en el presente, todo lo que veía parecía pertenecer a otra vida. Marina ya no estaba al otro lado de la calle, ya no le lanzaba piedritas para que saliera a verle. Ahora él ya era un hombre y ella, una mujer, pero… Ya no era tan fácil confesarle que hacía años le gustaba.

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